jueves, 15 de junio de 2006
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Revista Vitral No. 72 * año XII * marzo-abril de 2006
por Dagoberto Valdés Hernández
(Pinar del Río, 1955)
Ing. Agrónomo. Director del Centro de Formación Cívica y Religiosa y Presidente de la Comisión Católica para la Cultura en Pinar del Río. Trabaja en el almacén «El Yagüín», de Siete Matas, como ingeniero de yaguas.


“¡Hace falta reanimar la ciudad!”- es el clamor de muchos de nosotros. Es una necesidad que se pone más claramente de manifiesto cuando hay un respiro de tiempo por cualquier causa, porque la lucha cotidiana por la subsistencia no deja nada para darnos cuenta de esta deficiencia comunitaria.
Es sobre todo los fines de semana y en las noches donde se hace más evidente esa falta de animación. La evidencia se comenta en pequeños grupos alrededor de un parque, en las tertulias espontáneas de amigos que se visitan porque “no hay donde salir”.
El comentario de la falta de animación de la ciudad pasa de comentario callejero a reflexión seria en círculos más conscientes de intelectuales y artistas que no se dejan ganar por la desidia y la crítica amarga y se reúnen para compartir criterios, para buscar soluciones, para tomar iniciativas. Y esto es lo mejor que puede pasarle a una ciudad: que sus propios hijos, los que piensan con cabeza propia y los que crean con sus manos, su corazón y sus vidas «el ethos» de la ciudad, se decidan a darle alma, a insuflarle ese soplo de vida que necesita todo cuerpo social.
En efecto, es mejor que todos los que mantienen viva su subjetividad, todos los que están despiertos a pesar del sopor del agobio cotidiano, sean de las élites intelectuales o sean de la gente sencilla que tiene aún el chispazo del ingenio encendido, los que se dispongan a esta reanimación.
Porque de lo contrario, cuando la animación se reduce a planificar actividades en las calles y parques, con cualquier cosa que suene alto al oído, con cualquier cosa que llene pronto el estómago, con cualquier cosa que distraiga la vista o cualquier cosa que entretenga a la gente… entonces la pretendida reanimación se convierte en estertor patético de una pobre ciudad enferma del alma.
Sobran ejemplos tristes que dan eco y resonancias actuales al viejo y sabio adagio latino: “pueblo en miseria, pan y feria…y si no hay pan, más feria”. Pan y circo. Estómago y distracción, pasajeros y baratos. Así podemos encontrar un «área cerrada» donde venden las mismas pizzas en la mano y los mismos helados derretidos que deberían vender con más higiene y dignidad en la pizzería que languidece a unos metros o en la heladería ya en coma donde, entonces, comúnmente por falta de helado, se organiza una «actividad cultural».
Podemos encontrar gritos y saltos de payasos tristes que se ganan la vida porque no hay más nada, junto a otros que tienen el carisma de hacer reír, pero no lo logran, porque su fino humor y su decencia “no gusta” a los que gritan más desde la acera y la calle groserías al payaso obsceno que cosecha risas de la siembra de vulgaridades. Más triste aún cuando ocurre en ciudades de Cuba, uno de los países de mayor riqueza cultural, artística, literaria y humorística de nuestra región.
Más allá podemos encontrar, para nuestro asombro y tristeza, un cuadrilátero de boxeo en medio de un parque rodeado de niños y niñas que del brazo ingenuo o culpable de sus padres o abuelos, contemplan a dos hombres dándose golpes hasta caer a la lona, mientras otros hombres y mujeres vociferan como salvajes clamando: ¡mátalo, campeón, remátalo!; sin tardar vendrá a la mente de esos niños y adolescentes esas soluciones cuando sobrevengan los conflictos normales de la vida y recuerden que, en el mismo centro de su ciudad, se daba por bueno algo que recuerda aquellas plazas de lo más oscuro de la Edad Media, donde la diversión popular era la ejecución pública y «festiva»; o quizás, para ser más medidos, nos podrá traer el recuerdo de aquel «circo romano» donde la diversión y la animación del respetable público eran las peleas entre humanos o entre estos y los leones.
Pobre «animación» cultural y espiritual de la ciudad que coloca en su centro lo que en la inmensa mayoría de los países del mundo se reduce cada vez más a recintos bien cerrados y cuidados, donde lo que todavía es llamado deporte, se limita de la vista de menores y se brinda sólo a aquellos que escogen, libre y voluntariamente, acudir a estos espectáculos de la violencia en locales donde sólo ellos disfrutan de lo que consideran un derecho. Mientras esos deportes se extinguen o cambian, no deberían regresar otra vez a ser circo romano en parques contemporáneos de ciudades sin alma.
Mientras, sobreviven pequeños espacios de tertulias literarias, exposiciones de arte, debates de criterios, para nada bullangueros- no es su esencia ni su estilo, no lo necesitan- que no tienen, por desgracia, la necesaria, la mínima, indispensable promoción adecuada ¿Será por falta de recursos o de criterios? ¿Será por falta de patrocinadores o por falta de voluntad cívica?...será, en fin, por ignorancia de las raíces del problema o por miedo a la libertad de creación y expresión?
Cada cuál encontrará sus propias respuestas. Eso, ya sería buen comienzo para la animación de la ciudad: que nos lo preguntemos simple y honestamente, sin micrófonos que graben ni orejas que recojan para delatar o malinterpretar o sencillamente para chismear, otro virus que envenena el alma de las ciudades y la desaniman por dentro, sin ruido, como el comején, mientras le come el tuétano a la convivencia que es la amistad trasparente y sin puñaladas traperas.
Preguntarse ¿por qué está desanimada nuestra ciudad y otras ciudades? ¿por qué esas «actividades» no logran animarla? ¿por qué entretener se convierte en «entre-tener», es decir tener entre distraídos y descentrados a los ciudadanos de su vida interior, sacarlos de su sagrada subjetividad… en lugar de procurar entretejer hilos de arte, sabiduría y sano humor en el alma de los pueblos?...¿no es eso cultivar el espíritu?
Un segundo paso que ayudaría a ese meritorio deseo de animar es ponernos de acuerdo en qué significado le damos a ese verbo: ¿Qué es animar?
“Ánima” es alma, es decir, espíritu humano. Alma es subjetividad, esa conciencia de sí, de la propia identidad, y esa conciencia de ser con los demás y para los demás que nos diferencia de los animales. No se trata de la falsa dicotomía de los griegos entre alma y cuerpo; se trata, más bien, del concepto, venido de la cultura judeocristiana, que ilumina la actual antropología filosófica, que postula que toda persona es una unidad indivisible formada por una corporeidad-subjetivada o una subjetividad encarnada y expresada siendo -y no teniendo- simplemente un cuerpo como si fuera algo extraño y fuera de nosotros mismos.
Es por ello que entendemos que cuando se habla de animar una ciudad estamos hablando de «darle alma», de cultivar, al mismo tiempo y sin dicotomías, su corporeidad social y su subjetividad comunitaria. De ahí que, generalmente, fracasen los “planes” de pintorretear el cuerpo de la ciudad sin crear los espacios para que se exprese, sin miedo y sin tantos controles, el «color» interior de la ciudad que es la variopinta expresión del color del alma de sus ciudadanos, sin exclusiones y sin muros.
Muros invisibles son los que habría que derrumbar primero, luego los muros visibles serán por la voluntad libre de los de dentro y los de fuera, una cobija incluyente y no muros de exclusión para delimitar bien a los que no piensan igual o no son aceptados por los centros de animación oficial u oficiosos, y esos muros caerán por sí mismos o irán al museo o se venderán piedra a piedra como vergonzoso recuerdo de una época sin «aliento».
Pero, qué triste sería que confundiéramos los muros de ladrillos inertes con los muros de barreras excluyentes, agresivas, que dividen la corporeidad citadina y empobrecen la subjetividad de los pueblos. Eso sería el colmo del desánimo, es decir, la inhumación del espíritu trascendente de la ciudad y de las personas que la forman, acompañados por el triste cortejo de ingenuos o manipuladores planes de animación social.
Tengo la certeza y la confianza de que en esos debates entre pensadores y artistas, entre poetas y narradores de profunda y libérrima espiritualidad, entre verdaderos animadores culturales que logran trascender, no negar, ni traicionar su cargo de funcionarios, también necesarios para animar y organizar la ciudad, podremos encontrar, entre todos, la esencia y el método de reanimar nuestra convivencia.
Por lo pronto, y para participar de ese debate ya abierto por los que siempre y con razón se preocupan y ocupan de verdad por nuestras ciudades, expreso mi convicción serena de que la esencia, el secreto, el punto de partida, de toda auténtica animación de la ciudad radica en abrir la subjetividad de sus ciudadanos, en liberar la expresión sin miedo del alma de cada persona, en facilitar los espacios naturales de creación, no encorsetados, planificados, controlados y censurados, porque esto mata la subjetividad del creador y desalma y desarma el espíritu de la ciudad de las mejores armas de su cultura, que es el carácter creador y redentor de todos sus hijos sin exclusiones partidarias o ideológicas o seudoculteranistas.
Animar una ciudad no es planificar actividades sino dejar que el alma de sus ciudadanos ocupe y de vida a sus ambientes. Animar una ciudad no es hacer ruido y comida en sus calles , es hacer espacios para que sus habitantes se reúnan espontáneamente y se expresen sin miedos. Animar una ciudad es facilitar la articulación de redes de intercambio cultural entre las diferentes instituciones que existen en ella y que sean, a su vez, espacios de creación y pensamiento sano y honesto. Animar a la ciudad es soltar sus amarras, dejar hacer a la creatividad pacífica y cordial de sus vecinos, fomentar la pequeña y mediana empresa que se anima por el propio interés de sus gestores, al mismo tiempo que se les exige no solo impuestos sino calidad en sus ofertas. Animar a una ciudad es no planificarle su espíritu sino sanearle una atmósfera donde la gente pueda respirar tranquila, reunirse sin sospechas, pensar abierto y diferente, crear sin cortapisas ideológicas o religiosas, crear lazos de amistad; así, sin más, sin más pero sin menos.
Animar la ciudad es, como lo ha dicho uno de los mejores y más creativos de nuestros poetas jóvenes, a quien siempre recuerdo con cariño invariable:
“Si alguien me preguntara qué le falta a mi ciudad, ni siquiera tendría que pensarlo. No tendría que subir y bajar la calle, mirando, con la fijeza de un catador de vinos, hacia un alero en el que el musgo crece desordenadamente en un intento inútil de apoderarse de la luz; una puerta de cedro o de caoba, una gran puerta del siglo XVII seria y silenciosa como los familiares de un difunto; un amplio portal, cómplice y sombrío, lleno de esos fantasmas que el polvo y la cal van delineando en las fachadas, carceleras de otros fantasmas más humanos; un corredor en calma donde sin dudas se escuchará la voz de dos amantes rodeados de gorriones, bajo el frescor y la nostalgia que traen las mañanas hasta el paisaje ya sin color de un patio de provincia.
“Yo no tendría que andar entretenido, con ese aire de falsa ingenuidad que llevan los turistas de una a otra plaza. Ni siquiera posaría mis ojos, canarios de cristal, en el barroco bosque de figuras que el tiempo, con precisión de orfebre, ha dibujado en una reja. No abriría mi boca ante el asombro de un detalle apenas perceptible para un vagabundo. No me deslumbraría para decir amaneradamente: qué delicado aroma se desprende de ese rosetón art-nouveau, suave como los lotos que flotan en el Nilo... o, esa columna jónica tiene la perfección del pecho de mi amante... o, en ese balcón neoclásico relucen las huellas de oro, las delicias del ciervo que comía su mitad de luna encima de mi sexo...
“Todo rebuscamiento sería innecesario, pues mi ciudad siempre ha sido exacta y triste como una puesta de sol cuando uno se encuentra lejos de su casa. La ciudad ha tenido siempre sus miserias. Sus rincones oscuros. Sus bosquecillos de carencias y mezquindades ardiendo en los segundos pisos. Sus lluvias que la diferencian de Estocolmo con nieve colgando de los puentes. Estambul y sus pájaros rojos sobre los minaretes, Luxemburgo, o Londres, o París tan sobrios en la niebla atravesada por el paso inevitable de las horas.
“Yo no tendría que mirar a un lado y a otro lado, ni sentarme en el quicio de una acera buscando un nuevo signo, un gesto que transparente el alma de los transeúntes que recorren mi ciudad a las cinco de la tarde. Nada buscaría dentro de sus ojos cansados de esperar. Nada dentro de sus pechos llenos de toros dormidos. Nada dentro de sus bocas en las que crece la misma y siniestra canción.
“Si alguien me preguntara qué le falta a mi ciudad, diría sin pensarlo que es la alegría de un parque o una pequeña plaza donde paseen tranquilas las palomas.
“Una muchacha con una blusa azul que les dé de comer en el hueco de su menuda mano.
“Y un banco de madera. Un simple banco donde me sentaría para intentar atrapar en un dibujo: la plaza, las palomas, la muchacha y la paz de su mirada: todo lo que para mí pudiera ser la libertad.” (Nelson Simón, “Poema donde sueño una ciudad distinta”. Vitral no. 1, mayo-junio de 1994 p.13-14)
Animar una ciudad es, en fin, digo yo, dejar que su gente sea ella misma, que la ciudad se exprese con sus propios colores sin exclusiones y que cada espacio pueda ser y hacer la subjetividad del pueblo sin burocratismos ni sobreprotecciones.
El alma de la ciudad es el secreto de la animación de sus ambientes. Y el alma, cuando no es esquizofrénica ni paranoide, es siempre libertad incluyente y amorosa.
Está demostrado por la historia milenaria de la humanidad, que la exclusión mata la cultura de los pueblos, los desanima, los seca…
Nada nuevo digo, ni nada extraño…ya lo había dicho también de otra manera más poética, más radical y más concisa, nuestra poetisa mayor hace más de medio siglo:

“el que no ponga el alma de raíz, se seca.”
(Dulce Ma. Loynaz, Poemas sin nombre. III)
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