viernes, 01 de diciembre de 2006
por P. René Parra R. Pbtro.



El 27 de junio de 2006, a las 11:30 a.m., tocaban el timbre del apartamento donde vivo, en St. Dominic Gardens, tal y como me habían avisado. Se trataba de Mons. Pedro Meurice Estíu Arzobispo de Santiago de Cuba, acompañado de su hermana Pilar y de su buen sobrino “Talito”.


¡Qué alegría sentí al verlo! Grueso como está, le dije: “Dos pulgadas más de altura, y tenemos a Mons. Pérez Serantes”. Sonrió, y se sentó en una butaca.

Desde que lo nombraron obispo, Mons, Meurice ha sido un pastor para laicos y sacerdotes, en especial para los enfermos. Recuerdo que, cuando enfermé en 1970, me llevó en su auto desde Santiago de Cuba al Sanatorio de San Juan de Dios, en La Habana. Él me envió a Madrid a recibir atención médica.

Cuando se me presentó la amputación de una pierna en Puerto Rico, en 1992, allá se fue a visitarme y confortarme.

Dice mi hermana Carmina que Mons. Meurice es el buen pastor que va en busca de la oveja “herida” y se la pone sobre los hombros. Desde que estoy en Miami, siempre que ha pasado por la ciudad ha venido a interesarse por mí, del mismo modo que por el P. Rafael Escala, que se encuentra enfermo en Santa Ana. Es el obispo bueno que conforta a sus sacerdotes sanos y a los enfermos, a los cercanos y a los que están lejos de él.

Me dijo que habían puesto nuevas campanas en la Catedral de Santiago de Cuba. Lo dijo con alegría serena. Esto me hizo recordar que, cuando estábamos en el Seminario del Cobre, él era el campanero… Y tocaba con gran energía cada mañana. Pido a Dios que todas las campanas de todas las iglesias de Cuba sigan repicando con aquella fuerza que él ponía al despertarnos.

Me preguntó por mi pierna amputada. “Llevo ya 14 años de sufrimiento, y Cuba lleva 50… ¿Hasta cuando, Mons. Meurice?”, le dije. De manera serena, me respondió: “Se acercaron a Teresa de Calcuta para pedirle que hiciera oración por el pueblo de Cuba que sufría; ella respondió: Si Cuba sufre, no necesita oración”. ¿Cómo se entiende esto? Cada cual puede dar su interpretación. Pero, cuando el Papa Juan Pablo II estuvo en Santiago de Cuba, Mons. Meurice dijo, entre otras cosas: “El pueblo de Cuba sufre aquí y sufre allá”. El sufrimiento purifica.

Le mostré un cuadro de la Virgen con el Niño, que pinté para regalárselo. Encontró a la Virgen sufrida, triste... y resucitada.

Me dijo que ya había presentado su renuncia por razones de edad al Santo Padre, pues le costaba hablar. Pido a Dios que no se la acepten todavía, pues un “buen mudo también puede hablar”. La presencia de Mons. Meurice, por sí sola habla. Como buen obispo que es, vigila a su rebaño y, si es necesario, sabe decir cosas firmes y fuertes.

Cuando me pidió que le hiciera su escudo episcopal, quería que expresara algo así como que él era un retoño de Mons. Pérez Serantes. “Está bien”, le dije, “pero tú no vas a ser siempre un retoño”… Y ha resultado ser otro roble fuerte y frondoso. Así, le pinté las montañas de la Sierra Maestra con el cielo cubano, unidos éstos con el monograma de Cristo en oro, salido de las manos de la Virgen de la Caridad en plata.

Al despedirnos, me pidió la bendición. Se la di; le pedí su triple bendición, y se despidió diciendo: “Vuelvo pronto”.

¡Que así sea!
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