por Migule Leal Cruz leal.cruz@telefonica.net
Con la excepción de algunas voces determinadas, que disentían con el proceso llevado a cabo por Fidel Castro para Cuba, desde los inicios de la revolución, el clero y demás componentes de la Iglesia Católica cubana, apenas discrepaban de la política revolucionaria que pronto puso en marcha el propio Fidel Castro y sus principales allegados. Siguiendo al Dr. Manuel de Paz Sánchez, cuando nos dice: "que la Juventud de Acción Católica justificaba y elogiaba a aquellos jóvenes heroicos, que denominan como nuevos mártires de un ideal patriótico, la rebelión contra un sistema que, sin duda alguna, bajo la apariencia de un nuevo orden conculcaba (sic) los principios sagrados para la conciencia cristiana[1]".
El embajador de España en Cuba durante aquellos momentos revolucionarios, Juan Pablo de Lojendio e Irure, mantuvo informado en todo momento, al Ministerio español de Asuntos Exteriores, sobre cualquier asunto relacionado con la labor eclesial e institucional de la Iglesia católica en Cuba. Las especiales relaciones del régimen español del momento con la institución eclesiástica y la tradicional presencia en Cuba de numerosos sacerdotes españoles o de origen español, justificaban sobradamente la especial preocupación del Gobierno español por este asunto, como así se constataría en todo el proceso revolucionario castrista.
La Iglesia cubana siempre mantuvo un especial protagonismo ante los diferentes Gobiernos habidos, en especial a raíz del cambio de la administración española a partir de 1898, y en asumir la defensa de las clases menos favorecidas como es norma básica de esta Institución.
En julio de 1956, cinco meses antes del histórico desembarco de Fidel Castro y sus hombres en la Playa de Las Coloradas, procedentes del exilio en Méjico, la revista socio - religiosa editada por los franciscanos españoles de Cuba, La Quincena, dedicó uno de sus más substanciosos editoriales a enjuiciar la situación política ofrecida por el presidente Batista a la oposición. Consistía esencialmente en la celebración de elecciones parciales a las que seguiría una convocatoria general: las elecciones de 1954. Aunque lograron cubrir el expediente formal, sólo beneficiaban a los Estados Unidos y a sus intereses en Cuba, quienes valoraban de forma positiva el afán democratizador del general Fulgencio Batista. La organización de los franciscanos, una de más progresistas e implicadas en la dinámica social y política de la Isla, no dispensó críticas al sistema, observando, con acierto que Cuba se encontraba ante el dilema político más importante de su historia: “Elecciones o que la incipiente revolución castrista, arraigara en aquellos momentos. El continuismo podría conducir a una guerra civil, que habría que evitar de todas formas, por que los llantos, la sangre y los odios que conlleva no tendrían sino una ridícula compensación, un menguado provecho en el caso de que la revolución triunfara”.
Pero había más, porque en muchos sectores totalmente opuestos al régimen de Batista, existía la firme convicción de que la única salida a la situación pasaba por que el antiguo sargento taquígrafo, abandonase el poder y que, en definitiva, cualquier solución electoral planteada por el usurpador, estaba constitucionalmente pervertida desde el origen. Sobre todo porque, como apuntaban algunos franciscanos en La Quincena, existían obvias razones para dudar de la sinceridad del presidente, que consideraba punto neurálgico de la solución la pronta convocatoria electoral, según concluía la aún condescendiente revista religiosa desde siempre temerosa de la influencia “yanqui” con sus anticatólicos postulados para la feligresía mayoritaria de la Isla con origen devoto.
Como recordaba el corresponsal del periódico limeño La Prensa, Enrique Chirinos Soto, el pueblo cubano, en su inmensa mayoría desconfiaba de la política y de los políticos profesionales. Había dejado de creer en el sistema político imperante, cimentado en la corrupción y en la vulneración persistente del considerado pacto institucional que precisaba un fuerte revulsivo para salir del estado de postración en que se hallaba. En este estado de cosas se justificaba las conspiraciones y las proyectadas intentonas revolucionarias de Fidel Castro y sus seguidores, desde Méjico, o a través de los actos de terrorismo en suelo cubano.
El régimen de Batista, en efecto, no tardó en dar muestras de actitud represiva en la práctica cotidiana con numerosas detenciones en todo el país, además acababa de conocerse la noticia de "ejecución de veintiuna personas pertenecientes a partidos antigubernamentales en la ciudad oriental de Holguín, sin que el Gobierno haya dado explicación alguna sobre ello" según destacaba el analista político cubano Eduardo Groizard. El descalabro revolucionario en estos primeros momentos se debía al hecho, entre otros factores, de "contar el Gobierno con el apoyo fiel del Ejército", y al beneficioso estado económico del momento debido a las magníficas ventas del azúcar cubano durante el periodo precedente.
Hacia finales de 1960, el llamamiento a la unidad de los seguidores de Fidel Castro, llegó a afectar a grupos de mujeres de tradición católica en Cuba, pues en agosto de este año diversas organizaciones se unieron en la llamada Federación de Mujeres Cubanas, entre las que no faltaban las afiliadas al Movimiento 26 de Julio. También distintos frentes de mujeres humanistas, grupos sociales del Partido Socialista Popular y una organización católica llamada "Con la Cruz y con la Patria".
La revista religiosa, La Quincena, citada, tampoco guardaba silencio sobre estos hechos y, desde principios de enero de 1957, aplaudió los rumores sobre una "nueva mediación" que, como en tantas otras ocasiones anteriores, tendría que ser “a iniciativa de los Estados Unidos”. Una mediación que garantizase, de una vez por todas, "una solución genuina y permanente de la crisis política". También la misma revista, claramente eclesial, se preguntaba sobre las causas de aquellos males que aquejaban a Cuba que no dudaba en atribuirlos al propio sistema administrativo batistiano como gestores culpables de la crisis que se iniciaba con el golpe de Estado. Ellos tienen la fuerza y el poder, y: "con dos o tres decisiones viriles e inteligentes pueden encaminar al país hacia la normalidad institucional y política". Añadía el editorial de la misma que la gestión de concordia, en este sentido, debería depender de un organismo adecuado como el propio Bloque de Prensa, cuya actuación inmediata podría poner fin a las "trágicas consecuencias de estallidos de violencia, crueldad, terrorismo y represión" que tanto sacudían la sensibilidad popular[5].
En una carta a sus diocesanos, casi dos millones de fieles católicos distribuidos en 34 parroquias, el prelado oriental, arzobispo de Santiago de Cuba, Monseñor Pérez Serantes, exhortaba a la paz, y deploraba el constante estado de terror y violencia “que venimos contemplando, en una rápida carrera de disgustos, de incomprensión y de represalia, provocados por el hecho de todos conocidos en torno al claro enfrentamiento institucional – revolucionario”.
Acto seguido, tras justificar su evidente prudencia a la hora de hacer público un pronunciamiento eclesial, conminaba a los responsables de la caótica situación del país a una rápida terminación de la contienda, "pero no a sangre y fuego, por no ser estos los elementos que pueden propiciar la paz verdadera y estable que necesitamos urgentemente", sino que: "siendo el sacrificio la medida del amor", se debería estar dispuestos a "abrazarnos con sacrificio, el que sea, aunque más costoso, en aras de la paz, por la cual debe interesarse todo el que en verdad ame a Cuba".
Consciente, sin embargo, de la dificultad de su rogativa, el prelado invocaba el favor de Dios, ordenaba la exposición del Santísimo y el rezo del rosario en todas las parroquias de su jurisdicción aludiendo también a la "bellísima oración por la paz" que había redactado el obispo de Pinar del Río.
Las palabras de Pérez Serantes venían a unirse a las voces de protesta que, "casi todas las instituciones de carácter social de Santiago de Cuba", habían hecho llegar a Batista en un escrito contra la brutal represión que protagonizaban las fuerzas armadas y sus sicarios locales. A este respecto, el diplomático español Lojendio, afirmaba que el prelado, Arzobispo de Santiago, español de nacimiento, es personalidad de gran prestigio y popularidad en este país y en diversas ocasiones ha intervenido eficazmente para cortar los brotes de violencia que se producen en Cuba durante los últimos años, precisamente en fustrados intentos desestabilizadores contra Batista en la provincia de Oriente. Y añadía: “que fue a él a quien se entregó después del movimiento insurreccional de 1953, el jefe del movimiento revolucionario contra el Cuartel de Moncada, Dr. Fidel Castro, él mismo que figura ahora de nuevo al frente de la rebelión actual”.
Por otro lado la misma prensa, aún la más timorata y conservadora, pareció adherirse al llamamiento por la paz y periódicos como El Diario de La Marina, no dudaron en resaltar el citado pronunciamiento episcopal, así como condenar a las instituciones civiles de Oriente y su actuación represiva. Un alto responsable militar, el general Rodríguez Ávila, tras dolerse por que estas mismas instituciones no hayan protestado por los atentados sufridos por las Fuerza Pública y la colocación de bombas, recaba que se ayude a mantener la paz y el orden en la ciudad.
Las críticas del prelado Pérez Serantes, no cayeron en saco roto. Batista, en un discurso dirigido a sus seguidores, omitió deliberadamente cualquier referencia al documento pastoral, sin duda para tratar de minusvalorar la interpretación del mismo como una censura a su política en lucha contra la insurrección fidelista. En cambio el embajador español, Pablo de Lojendio e Irure, marqués de Velisca, elogió, además, otras claras intervenciones de elementos de la jerarquía eclesiástica como las del condescendiente cardenal arzobispo de La Habana y las del obispo de Pinar del Río, cuyo texto sí fue mejor acogido en el campo gubernamental.
Sin embargo, en aquellas circunstancias, la imagen de Fidel Castro, poco a poco, fue perdiendo aceptación y su actuación fue tomando cuerpo negativamente en la conciencia ciudadana, ajena a temores desestabilizadores para el futuro de Cuba. Incluso para el representante de España, que llegó a afirmar: "que un interlocutor y amigo me ha puesto en guardia respecto a las versiones que circulan en torno a las ideas extremistas de Fidel Castro, a quien considera ante todo un idealista, pero hombre con suficiente contacto con la realidad para darse cuenta que los Estados Unidos no consentirían jamás en Cuba un poder capaz de turbar la política general del hemisferio. Que el Movimiento 26 de Julio, que el Dr. Castro encabeza, es avalado económicamente por gentes de elevada condición social y acreditada seriedad y porque, de entre los muchachos que le acompañan en su aventura los hay de muy buena formación católica y que, de momento, predomina también en ellos un sentimiento idealista y una protesta contra las formas habituales de la política en Cuba no que solamente no están contra el régimen de Batista, sino también en contra de los partidos de oposición que sólo aspiran a la obtención de las ventajas materiales del poder... ".
Estaba fuera de cualquier duda la simpatía hacia el movimiento insurreccional que tenía lugar en las montañas de Oriente avivado por la continua y cruel represión llevada a cabo por los servicios policiales y de información de Batista.
Así lo acredita la meticulosa información suministrada por el embajador Lojendio al Ministerio de Asuntos Exteriores español, estudiada en profundidad por el Dr. Manuel de Paz Sánchez en Zona Rebelde, citado.
Todo ello nos permite reconstruir la evolución experimentada por los católicos cubanos y por sus sacerdotes a lo largo de 1959. En este año, en el que tuvo lugar la caída del régimen de Batista, comenzó a perfilarse claramente esta posición, tanto civil como eclesial a partir de los primeros meses. El movimiento civil decidió unir sus esfuerzos, a pesar del fracaso de la huelga general convocada en abril, para dar un paso más, hacia un cambio en la nefasta política del país. En este sentido, el diplomático español otorgó su apoyo a esta única opción claramente sincera y plausible en aquellos momentos, como era la que representaban Fidel Castro y sus compañeros idealistas de la Sierra Maestra.
Al respecto el Dr. De Paz, reproduce un documento inédito "muy reservado" de Lojendio, fechado en marzo de 1959, que contiene: no sólo la descripción detallada de los principales acontecimientos relacionados con los católicos cubanos en este último año de la insurrección contra Batista sino, también, valiosas observaciones personales sobre las frustradas esperanzas a partir del triunfo revolucionario de enero de 1959, en lo que se refiere a algunos aspectos esenciales del credo católico, especialmente en el campo pedagógico. Aquel giro revolucionario hacia un radicalismo extremo, como anotaría Lojendio en diferentes momentos, terminó con las ilusiones de importantes sectores del catolicismo local que vieron en la revolución una posibilidad de construir la Cuba deseada por muchos sectores expectantes. "El fantasma del comunismo ha hecho su aparición en forma temible en el panorama nacional. En medios católicos más responsables la preocupación es muy grande", aseguraba el diplomático desde el mismo mes de marzo de 1959. Más tarde, resumiría esta situación como: " una inclinación cada día mayor de una parte de la Jerarquía católica, una gran parte del Clero y una gran mayoría de la masa religiosa hacia la simpatía, primero, y la abierta colaboración, más tarde, con la causa revolucionaria, menor acentuada y cauta en otro sector, pero con una creciente crítica a esta actitud que tenía lugar entre muchos católicos".
Sin embargo, no existían pactos o convenios entre representantes del catolicismo con dirigentes revolucionarios, ni acuerdos o programas ideológicos o de acción, o compromisos para el futuro. Es de constatar que en términos generales, la actitud de Batista hacia la Iglesia o a los católicos no había sido hostil, como había acaecido en otros lugares de la geografía americana.
El primero de enero de 1959, "la masa casi total del catolicismo cubano estaba sumada a la Revolución" y, en tal sentido, añadía el representante de España: "Yo creo que la actuación de todos los sectores del catolicismo cubano, con sus diferencias de matiz que he señalado, no solamente es defendible sino que ha sido la adecuada a la realidad política del país y al cumplimiento de su deber", puesto que, en definitiva, "el régimen caído no merecía la adhesión de las conciencias católicas". Por otra parte, la citada actitud del gobierno de Batista "de consideración hacia la Iglesia y sus autoridades no daba ocasión a la más alta Jerarquía de adoptar medidas extremas que algunos revolucionarios exigían" y que, a la postre, aceleraron el proceso de identificación de la masa católica con el ideal revolucionario.
La batalla de la Iglesia por ocupar un espacio propio en la nueva sociedad y por difundir sus principios morales con libertad y eficacia, no tardó en convertirse en una causa perdida. Incluso aquellos sectores del catolicismo rebelde más allegados al gobierno revolucionario se vieron desplazados, algún tiempo después, de su menguada situación de cercanía al poder.
Siguiendo al Dr. De Paz Sánchez en el referido análisis, hacemos hincapié en la tesis anteriormente expuesta, en especial sobre la actitud eclesial cubana ante el proceso revolucionario, cuando nos dice: “El papel desempeñado por la Iglesia católica durante el primer año de la Revolución, resulta de gran interés para aproximarnos a la consolidación del mismo proceso revolucionario. La diplomacia española, en la Isla antillana, dadas las especiales características del régimen nacional- católico imperante en España bajo la férrea dictadura del General Franco, prestó particular atención a las relaciones entre la Iglesia y el nuevo estado revolucionario que ya se gesta en la Gran Antilla”.
Pero, es más, se añade: “la actitud de la Embajada española en la Habana respecto a determinados problemas como la protección otorgada a numerosos elementos de la oposición contra el régimen de Batista, tuvo su justificación principal en las solicitudes del clero católico, cuyos integrantes eran en buena parte de origen peninsular, incluidos los altos niveles jerárquicos” No pocos de ellos, “se sintieron identificados con los postulados revolucionarios que pregonaba Fidel Castro, en su primer momento”. Pero, más tarde, se produce la desconexión inicial de apoyo, por la actitud filo comunista y de persecución religiosa, que incidió en un profundo enfrentamiento con el propio régimen español y que dio lugar al llamado “incidente Lojendio”, por el que fue expulsado de Cuba el embajador español Juan Pablo de Lojendio e Irure, tras encuentro personal poco amistoso con el propio Castro.
A pesar de todo, Pérez Serantes, el mítico prelado oriental, utilizó todo su prestigio revolucionario, a más de su amistad personal con Fidel Castro, para exigir, al menos, el derecho a la educación religiosa, pero sus empeños fueron vanos. Tampoco las grandes manifestaciones de fe popular, como la acaecida en el congreso Mariano celebrado en La Habana a fines de 1959, con la visita a la capital de la Patrona de Cuba; los comportamientos espectaculares de algunas individualidades del clero que optaron por el exilio o, avanzada ya la implantación del régimen socialista y la presión desde el exterior, las propias protestas colectivas del episcopado cubano permitieron un cambio mismamente significativo en la situación.
La voz de la Iglesia en Cuba acabó siendo silenciada por el peso de los acontecimientos, tras la expulsión masiva de numerosos sacerdotes y miembros de las órdenes religiosas, especialmente de origen español, los prelados y sus escasos sacerdotes se limitaron, durante décadas, a realizar una mínima labor pastoral en condiciones precarias. El sueño de la libertad se había convertido, para muchos de ellos, en una dramática pesadilla, y el fruto de la nación, oculto tras un espejismo socialista y tropical, parecía haber prescindido de la religión para siempre. Mas, el posicionamiento inical de la Iglesia no fue adverso si atendemos a un manifiesto de la Juventud de Acción Católica Cubana, con ocasión de la celebración del treinta centenario de la Institución, que a su vez remite a Madrid el dignatario español en Cuba, Pablo de Lojendio, destaca, entre otros aspectos la alusión a los discursos de Fidel Castro. Son considerados tópicos: “el terror policial de la época, el vicio del juego, la injusta distribución de la riqueza, bajos salarios, condiciones precarias de las clases más necesitadas, proliferación de universidades privadas con ánimo de lucro y no de cultura, sin menoscabar la alusión a la lenidad de la ley y de los tribunales de justicia, la deficiente educación de la juventud, la facilidad del divorcio o la corrupción política y administrativa”. La juventud de Acción Católica justificaba en su declaración, en la que elogiaba a los jóvenes "nuevos mártires de un ideal patriótico", la rebelión contra un sistema que bajo la apariencia de "orden", conculcaba principios sagrados para la conciencia cristiana. Es por todo ello que desde un principio la Revolución de Castro contó con el apoyo de elementos católicos. Destacado como los primeros en enfrentarse al régimen batistiano fue el Dr. Enrique Canto, que desde Santiago de Cuba, cuna precisamente del hecho revolucionario, denunciaba en acaloradas homilías las injusticias de todo tipo del régimen imperante.
La fuerza y el prestigio de Fidel Castro, en aquellos cruciales momentos, le hacía la figura representativa con el liderazgo máximo para encauzar aquella deseada revolución del cambio a través de la doctrina que más tarde, una vez triunfada de hecho a partir de año 1959, no cumpliría. Fue su personal actitud medio-militar, medio-deportiva ante la presión del régimen durante dos años, la que polarizó y galvanizó a todos los que desde las más diversas ideologías y con dispares fines querían un cambio de escena en Cuba. Con ellos iban a marchar los católicos que buscaban no un simple cambio sino una renovación radical y profunda, y de esta forma, gran parte de la opinión católica y sus instituciones seglares más representativas, fueron pronto embarcándose paulatinamente en la nave revolucionaria.
La promulgación, en el mes de enero de 1959 a sólo días del inicio revolucionario, de una Ley sobre enseñanza universitaria, pretendiendo derogar o modificar otras anteriores, “cayó como un mazazo” a decir del Dr. De Paz Sánchez. Mediante esta ley con tintes revolucionarios, las Universidades de La Habana, Las Villas y Oriente, quedaron reconocidas oficialmente como las únicas del país, y fueron abolidas las de Pinar del Río, Camagüey y Norte de Oriente, creadas a iniciativa de Fulgencio Batista, así como la Universidad Católica de Santo Tomás de Villanueva y la Universidad masónica “José Martí”. Pero, además, fueron anulados los títulos académicos obtenidos y convalidados por tribunales del Estado, a partir del 30 de noviembre de 1956, “quedando inhabilitados para el ejercicio profesional todos los que los hayan obtenido”.
La medida produjo una fuerte convulsión en los medios sociales y profesionales, aunque se pretendió justificar como medida objetiva a aplicar por los incipientes principios revolucionarios en curso. Así lo aprecia el embajador español al argumentar en otro de sus despachos, que: “mientras la juventud seguidora de Fidel Castro, luchaba desde el 30 de noviembre de 1956, los indiferentes aprovechaban el tiempo para cometer el delito (sic) de estudiar, en vez de pelear contra la tiranía”.
La polémica citada Ley sobre enseñanza, ya revolucionaria, agredía frontalmente a los principios de la Universidad Católica la que, en opinión del embajador español, era la más prestigiosa de Cuba, dirigida por la orden de los agustinos norteamericanos y españoles, de amplia raigambre hispana en sus actuaciones docentes. Contaba, en su claustro, con destacados profesores en la vida cultural habanera y había concedido muchos títulos, sobre todo por que su auge coincidió con el cierre de la Universidad Central. Las protestas no se hicieron esperar y, a causa de ellas, algunos portavoces del gobierno revolucionario, declararon que no se trataba de unas medidas totalmente resolutorias, puesto que, en su momento, se procedería a una reglamentación más precisa. Pero, el joven titular del ministerio de Educación cubano, Armando Hart, no estaba dispuesto, en aquel momento, a revisar sus planteamientos de ruptura, en lo docente, con el régimen anterior. En consecuencia, los problemas de enseñanza fueron, a decir de Lojendio, “los primeros en plantear reacciones internas contra el Gobierno revolucionario”.
Sin embargo, otro político español del momento, Alfredo Sánchez Bella, representante diplomático español en República dominicana, recordaba en uno de sus despachos oficiales: “ la fuerza del catolicismo en Cuba no es grande”, tal vez por la proximidad a países laicos como los Estados Unidos, Méjico y otros del área, por lo que, de hecho, se reducía a pequeños núcleos obreros encuadrados en la Juventud Obrera Católica (JOC) y a algunos universitarios en la Agrupación Católica Universitaria que, unos veinte años antes, había fundado el jesuita español Rey de Castro. Es indudable, añade Sánchez Bella que: “también el Arzobispo de Santiago de Cuba, Monseñor Pérez Serantes, será de entre toda la jerarquía eclesiástica cubana el que tenga con el nuevo líder una mayor influencia”.
El Obispo de Pinar del Río y el citado Obispo oriental, fueron los únicos “representantes de peso en la Iglesia Católica que se encuentran bien situados dentro del proceso revolucionario emprendido por Castro en Cuba”.
Efectivamente, siguiendo otras fuentes netamente cubanas, están de acuerdo en afirmar que “los elementos católicos pro-revolucionarios tenían al Arzobispo de Santiago Monseñor Pérez Serantes como su guía y modelo y contraponían su actitud a la de los citados colaboradores de su Eminencia el Arzobispo de La Habana, que se hallaba más próximo a Batista y a su régimen institucionalizado.
No se puede olvidar que tras el fracasado intento de asalto al cuartel militar Moncada, en la memorable fecha simbólica para los revolucionarios cubanos, 26 de julio de 1953, Fidel Castro sería capturado pocos días después. Logró escapar a una ejecución inmediata, que se hubiera ejecutado según todas las fuentes, de no haber sido la intervención del citado prelado, Perez Serantes, amigo de la familia Castro desde hacia varios años. También habría que destacar la intervención del militar que mandaba la operación, teniente Sarria (que era negro y masón), que obedeciendo órdenes superiores, a más de criterio personal según afirma Jean Lamore, citado, entregó al detenido sano y salvo.
Estaba claro el trato directo de los citados prelados con los gobernantes, y la influencia de medios que en mayor proporción disponían, por lo que su postura y la de sus personeros fue siempre menos belicosas y más cauta en sus actitudes con respecto al Gobierno de Batista y su Administración. Todo lo contrario que la actitud del joven y activo Obispo de Matanzas, Monseñor Alberto Martín Villaverde, que fue considerado siempre como afecto a la causa revolucionaria al defender como única solución a los problemas de Cuba la salida del poder del General Batista y por ende la entrada del previsible poder revolucionario que se gestaba en Oriente.
La misma actitud se atribuía al Obispo de Pinar del Río Monseñor Evelio Díaz, quien en momento álgido de la revolución, redactó e hizo leer en todas las Iglesias de su Diócesis la conocida: "Oración por la paz en de Cuba", que más tarde se rezó en todos los templos de la Isla y que causó gran disgusto a Batista, que seguía la política del avestruz al no querer darse cuenta de la grave situación por la que atravesaba el país. Una actitud más distante con la revolución y más tolerante con el Gobierno se atribuía al Obispo de Camagüey, Monseñor Ruiz Anglés, catalán de nacimiento y a Monseñor Alfredo Müller Obispo Auxiliar de La Habana, persona muy tímida y callada que no simpatizaba lo “más mínimo”, a decir de Lojendio en uno de sus despachos, como tampoco Monseñor Ruiz Anglés, con los procedimientos del Gobierno de Batista.
Un caso aparte es el de Monseñor Martínez Dalmau, que fue Obispo de Cienfuegos, sede a la que renunció porque su actuación durante el periodo revolucionario fue excesiva y personalmente vinculada con el régimen. La ciudad de Cienfuegos fue teatro de graves sucesos con ocasión de la rebelión de Oficiales de la Marina que provocó dura represión por parte de las Fuerzas de Batista y causó profundo dolor a la ciudad que simpatizaba con los rebeldes fidelistas. El Obispo, no se mostró anti solidario (sic) con la actitud de sus propios diocesanos en las peticiones de clemencia y protestas por el excesivo rigor policial, sino que habiendo visitado al Presidente Batista, recibió de éste un cheque por sustancial cantidad para obras en la Catedral. Pero, también recibió dádivas para atenciones del propio Prelado que, parece, se encontraba a la sazón en dificultades económicas derivadas de un negocio familiar. Por todo ello Monseñor Martínez Dalmau, que se encontraba en La Habana al triunfar el movimiento revolucionario, no regresó a su diócesis, presentando la dimisión que le fue aceptada, sin que, a decir de Lojendio, influyera para nada el nuevo Gobierno revolucionario de Fidel Castro.
En cuanto al clero, tanto regular como secular, la simpatía por la revolución era creciente y más patente en directores y consiliarios de agrupaciones de miembros de seglares y especialmente de las distintas ramas de Acción Católica. Entre los Padres Jesuitas, que recordaban con cierta satisfacción, en aquellos momentos, que Fidel Castro fue antiguo alumno de Belén, muchos tuvieron que salir del país, por disposición de sus propios superiores para evitar mayores complicaciones. Los Padres Franciscanos procedentes de Aranzazu aportaron buen número de activos simpatizantes con la causa revolucionaria. Con las naturales diferencias de matiz, se sumaban al descontento general del país y ponían sus esperanzas en el triunfo de la revolución.
En otro orden de cosas el Nuncio Apostólico en La Habana Monseñor Luis Centoz, recibía innumerables personas, no solamente procedentes del campo del catolicismo activo, quiénes le daban cuenta de penosas situaciones y la solicitud orientación, ayuda y de consejos a seguir. Seguía con gran responsabilidad cuando se le planteaban en el seno del clero y de la colectividad católica militante problemas relacionados con la revolución y la situación política del país. El Embajador español dejó escrito en uno de sus despachos que: " Su preocupación ha sido y es la de evitar que la intromisión de los debates políticos quiebre la unidad de la grey católica cubana y poner en todo momento a cubierto de ataques y críticas inevitables en un medio tan apasionado... Por desgracia el Sr. Nuncio ha alcanzado, con notoria injusticia, el grosero ataque de la Revolución triunfante, a través de su órgano filocomunista, trató de ofender a la Iglesia Católica”.
Sin embargo, fueron muchos los sacerdotes idealistas en el campo rebelde durante el periodo revolucionario, iniciándose con la adscripción del Padre Sardiña a los campamentos de Sierra Maestra, reforzada después, con la aquiescencia del Arzobispo de Santiago, con la de otros religiosos y sacerdotes que ejercían su ministerio en la zona controlada por las fuerzas revolucionarias castristas. Pero, en todo caso, los religiosos que acuden a la llamada Zona Rebelde, según interpreta Manuel de Paz de los extractos de los despachos de Lojendio, lo hacen, no sólo en perfecto acuerdo con los rebeldes, sino siguiendo las instrucciones del Arzobispo de Santiago, Pérez Serantes. Ya era conocida la actitud del mitrado en lo que respecta a la atención religiosa en el llamado campo rebelde, a lo que se une la referida amistad personal con Castro y su familia.
Concluye, Manuel de Paz, siguiendo los citados despachos diplomáticos en torno a la actitud de las fuerzas católicas cubanas en el último periodo del Gobierno de Batista, con las siguientes características: “Una inclinación cada día mayor de una parte de la Jerarquía, una gran parte del Clero y una mayoría de la masa católica hacía la simpatía, primero, y la abierta colaboración después, con la causa revolucionaria. Una actitud más cauta de otros Prelados y una creciente crítica de su actitud por parte de muchos católicos. Señala también dos puntos esenciales para la comprensión de todo el panorama en su conjunto: Uno de ellos la inexistencia de pacto o convenio alguno entre representantes del catolicismo con dirigentes revolucionarios, la falta de compromiso para el futuro, la ausencia de acuerdo o programa ideológico o de acción. Otro es el hecho por el que, aunque en la lucha con la policía cayeron algunos jóvenes católicos, no pueda decirse, como ya se conoce, que el Gobierno de Batista persiguiese a la Iglesia o a los católicos. Lo cierto es totalmente lo contrario, al parecer, por la gestión personal que el mismo Lojendio realizaba acerca de Batista desde el año anterior”.
Al triunfar la revolución el 1 de enero de 1959, con inesperada antelación a los más optimistas cálculos, la masa casi total del catolicismo cubano ya se hallaba sumada a la Revolución donde era acogida con entusiasmo y sana esperanza, en aquellos momentos. Prueba de ello fue la presencia en lugar destacado de Monseñor Pérez Serantes durante la proclamación del nuevo régimen e investidura del Presidente, en Santiago de Cuba.
Los católicos cubanos se unieron a la algazara general y hubo actos religiosos, Te Deums, en las Iglesias y se aplaudió desde todos los ángulos del catolicismo las disposiciones del Gobierno, las promesas de Fidel Castro y hasta la práctica de la justicia revolucionaria mereció el aplauso de algunos sacerdotes y desde luego de la revista Quincena en un artículo de su Director el Padre franciscano Biaían. Pero este franciscano, con notable jerarquía en el clero cubano adoptó, sin embargo, en algunos momentos posicionamientos bastante polémicos, como el relativo a la postura eclesial en torno a la aplicación de la pena capital tras el triunfo revolucionario. A preguntas de periodistas no tuvo reparo en defender la aplicación de la justicia revolucionaria con todas sus consecuencias, si bien distinguió entre los principales responsables, con iniciativa de mando, y sus subordinados que obedecían órdenes: “En el caso cubano ha habido numerosos y horrendos crímenes, cuyos autores merecen la pena máxima, como castigo y escarmiento. Ahora bien, aclara, yo distinguiría entre los grandes responsables y los subalternos, meros ejecutores. El asesinato y la tortura venían a ser medios normales de conducta de las autoridades militares y policiales. Los jefes de los cuarteles y estaciones policiales con autonomía para implantar el terrorismo, son responsables directos de los crímenes ordenados por ellos y éstos sí son merecedores de la pena máxima. En cuanto a los subalternos, también lo merecerán si lo hicieron por su cuenta, como interpretando la voluntad del régimen. Pero no merecen, en mi opinión, esa pena los meros ejecutores de órdenes”. Ya se sabe hasta que punto el régimen pervirtió la mentalidad del ejército y de la policía, creyendo muchos hombres pertenecientes a estos cuerpos, hombres rudos y sin cultura, que hacían un servicio a la patria, asesinando rebeldes, insurrectos y simpatizantes.
Incluso, el obispo auxiliar de La Habana, Alfredo Müller, que estaba junto a Fidel Castro cuando éste ofrecía una conferencia de prensa en el Hotel Habana Hilton sobre fusilamientos, manifestó que, aunque su criterio personal era contrario a la pena de muerte y la Iglesia católica en su espiritual misión se inclinaba siempre por el perdón, y parece que dijo: “en algunos casos muy especiales la Iglesia admite la pena capital cuando estos casos son justificados”, si bien realizó sus declaraciones en inglés, lo que dio lugar a interpretaciones confusas.
No obstante, Biaín insistió en la necesidad de llevar a cabo “una justicia bien hecha”, para lo que hacía falta cierta perspectiva temporal, con el fin de que se serenasen los ánimos y se calmase el “paroxismo emocional del momento, que impide con libertad a los testigos de descargo y a los abogados defensores. En su opinión, tampoco era conveniente, la excesiva publicidad que se ha dado a los juicios, aspectos que denotan la posición de moralidad religiosa del mismo, pero también justificó el principio moral de la rebelión contra la tiranía, aludiendo tal vez al “maquiavelismo graciano”, cuando aclara que: “ los teólogos afirman que una revolución puede ser lícita como último medio de legítima defensa, recordando al respecto la tradición histórica cubana de enfrentamiento primero, con la administración española y, posteriormente, a la presión norteamericana. Fidel Castro, aludiendo a Biaín, afirmó: “es una viva estampa martiana. Sabe lo que quiere, y lo que quiere es una profunda transformación de Cuba... ”.
En cambio el religioso, refiriéndose al líder revolucionario cubano dijo: “Fidel es el hombre de gran poder de voluntad, lo que me hace pensar que los postulados de la revolución no se irán ablandando y destiñendo. Resultan en él la sinceridad y la cordialidad, y una mente lúcida conocedora de la historia. El momento crítico para el líder revolucionario advendrá cuando la revolución entre por las vías más lentas de la evolución. Habrá que mantener enhiesta entonces la mística de Sierra Maestra”.
Sin embargo, en los nombres que se daban a conocer para ocupar los altos puestos del Gobierno (según otro de los despachos del Diplomático español), no figuraba ningún católico militante. Tampoco en las palabras del líder de la revolución se escuchaba la menor alusión religiosa ni la apelación a la ayuda de Dios, habitual en la oratoria política en todo el Continente católico.
Algunos factores protestantes aparecían en diarios y emisiones de radio y televisión como figuras más o menos destacadas del nuevo régimen y la tacha de vinculación con el comunismo, desde tan temprano momento, y hasta de afiliación al mismo, marcará en el comentario público a algunos de los más populares personajes de la revolución triunfante.
Ahora bien, pese a las esperanzas que, sin duda, levantó el proceso revolucionario, en principio aparentemente social y altruista, los católicos cubanos, en mayoría, no acabaron de encajar este proceso novedoso. En el despacho del 31 de enero del primer año revolucionario, Juan Pablo Lojendio, nos dice: Me parece que los elementos católicos, que en gran parte como V.E. sabe, contribuyeron al movimiento revolucionario, no terminan de encajar dentro del mismo en su etapa de acceso a la gobernación del país.
En efecto, como apunta Manuel de Paz Sánchez en uno de sus libros+++: a pesar de la aparición de sacerdotes barbudos y en traje de campaña, y asimismo, la publicación de declaraciones revolucionarias por parte de las Juventudes Obreras Católicas y de los caballeros de Colón, el “signo de la actuación revolucionaria no parece tender a disposiciones ni actitudes de tipo católico”, sobre todo si se tenían en cuenta determinadas tomas de postura de las nuevas autoridades académicas, como la agresión a la Universidad católica de Santo Tomás de Villanueva. También, por algunos pequeños detalles que, poco importantes en otras ocasiones, cobraban relieve en aquellos momentos. Fue imposible, aunque Pérez Serantes lo intentó hasta lo indecible, convencer a Raúl Castro y su novia, Vilma Espín, para que contrajeran matrimonio canónigo en Santiago. Su boda civil no sólo constituyó un escándalo entre la buena sociedad cubana, sino que, sobre todo, significó un indicio evidente del “absoluto laicismo de la revolución y sus dirigentes” ya desde estos momentos de su inicio.
De todas formas, los católicos cubanos prefirieron insistir, durante estos primeros tiempos, en el carácter eminentemente nacionalista de la Revolución y, de hecho, no cejaron en este empeño, hasta que el giro hacia la izquierda del proceso revolucionario con su máximo líder se hizo incontrastable. En un manifiesto que dirigieron a la opinión pública el 24 de febrero de este primer año revolucionario, coincidiendo con el aniversario del Grito de Baire contra la España colonial, rechazaron cualquier compromiso con el comunismo y, al mismo tiempo, hicieron constar su adhesión al nuevo régimen. “La proyección nacionalista de la Revolución triunfante, dirigida a exigir a las otras naciones, por grandes y poderosas que sean, el respeto que merecen nuestras determinaciones como pueblo libre y soberano, no pueden comprometerse con los intereses internaciones del comunismo ateo, cuya presencia y actividades son motivo de alarma para la sociedad cubana. “En este contexto”, el establecimiento de relaciones diplomáticas con estados totalitarios y la legalización de agrupaciones y partidos políticos de este tipo, podrán ser fuente de hondas perturbaciones, y correría grave riesgo nuestro régimen democrático – republicano, no alterado en la tradición política cubana desde la histórica Asamblea de Guáimaro.
En opinión de los dirigentes católicos, aclara Manuel de Paz, la Revolución triunfante habría gozado del concurso más eficaz del catolicismo, en razón “al aporte de vida y sangre de sus mejores líderes, con la colaboración de heroicos sacerdotes, con la participación de parroquias, comunidades y asociaciones. Todas ellas, guiadas por las luminosas orientaciones de venerables figuras de la jerarquía” y, por lo tanto, enmarcaban la Revolución en el ámbito de un “sano nacionalismo” que repudiaba toda ingerencia extraña, “ con lo que la revolución triunfante ha coronado la obra truncada de nuestras gestas gloriosas de 1869 y 1895”.
[1] De Paz Sánchez, Manuel, citado, Artículo aparecido en prensa digital, La Cuba Nuestra, Suecia, bajo título “La Iglesia Católica y la revolución cubana. Un informe del embajador Lojendio”, 1998, p.5
Asimismo en Zona Rebelde, La Diplomacia española ante la revolución cubana (1957-1960), Taller de Historia, CCPC, Santa Cruz de Tenerife, 1997, p.182 y s