martes, 16 de enero de 2007
Por padre Antonio Ropdríguez Días (Espacio Laical, Cuba)

Evangelizar la cultura es una expresión reciente en la vida de la Iglesia. Incluso no se hace reflexión
teológica alguna sin que se contemple dicho quehacer. En la misma línea, el primer desafío de la actividad
de la Iglesia lo constituye esta realidad. De ahí que, al mirar los mensajes escritos de Juan Pablo II a lo
largo de su pontificado, este es el tema que sobresale en primer lugar, y, para muchos, es el hilo conductor de su
Magisterio. Por otra parte, si como ya indiqué, la expresión es reciente –quizás no más de 60 años-, la actividad
evangelizadora de la Iglesia durante estos dos mil años, no ha sido otra cosa que la de evangelizar los ambientes a
los que llegaba. Primero al judío de Palestina, después al de la diáspora, más tarde al grecorromano, y así en todos
los lugares donde existe la Iglesia. No puede existir la Iglesia sin que evangelice la cultura.

La palabra cultura proviene de un vocablo latino con el que se designaba el cultivo de la tierra en el mundo
romano antiguo. Fue Cicerón quien, de una manera muy audaz, lo aplicó metafóricamente a las personas que
realizaban lecturas y tenían conocimientos de poesía. De este modo, el culto era el hombre bien trabajado, con un
espíritu refinado. Por eso la cultura era de pocos. Para Cicerón era un adorno de la persona, era algo añadido a ella.
Sin embargo, en las primeras décadas del siglo XX, y debido a los estudios de Antropología Cultural y Antropología Social, esta palabra adquirió otro significado. Desde entonces es el diseño de la vida que surge en un medio. Los pueblos son los autores de los diversos diseños de la vida y, por consiguiente, existen diferentes
culturas. Cada una tiene su cosmovisión, sistema de valoración de la realidad, sistema de normas morales, técnicas
de manejo de las cosas, formas de proceder con los otros…
En la cultura de cada pueblo entran los hábitos culinarios, los ritos fúnebres y religiosos, las costumbres y
normas de comportamiento, el modo de celebrar el amor y la vida, los vestidos y la idiosincrasia. Es la vida de las
personas. A este segundo significado de la palabra me referiré en este artículo, y no al de adorno de la persona. La
cultura, entendida como cosmovisión, entró en la vida oficial de la Iglesia a partir del Decreto Ad Gentes Divinitus,
del Concilio Vaticano II (1965), que trata de la actividad misionera de la Iglesia. Más tarde fue desarrollada, de
modo magistral, por el gran Pablo VI en la Exhortación Apostólica Evangelii Nuntiandi, en 1975.

En el diálogo entre la Fe Cristiana y la Cultura, del cual deriva la evangelización de esta última, la Fe Cristiana
no puede situarse en el mismo nivel que la Cultura, pues se estaría considerando a la Fe Cristiana como una cultura.
Además, la Fe Cristiana trasciende a todo sistema de relaciones, y, por consiguiente, no se halla vinculada
indisolublemente a ninguna cultura específica, de manera que entonces pudiera excluir a las supuestamente no
cristianas. Asimismo, fruto de la evangelización de la cultura, la Fe Cristiana está llamada a expresarse en todos los ámbitos. ¿De qué modo? Reforzando los valores, normas, actitudes y comportamientos buenos, así como
purificando o rechazando los contravalores, costumbres y normas negativas que provienen de aquellas. Aquí, en
pocas palabras, está definido el quehacer de la evangelización.

La relación de la Fe Cristiana con cada cultura puede realizarse de diversas maneras: que la Fe Cristiana borre la
cultura en cuestión, o que esta borre la Fe Cristiana, o que ocurra un sincretismo entre algunos elementos de ambas
(en este caso, estamos ante el fenómeno llamado adaptación), o que se efectúe la verdadera evangelización de la
cultura. Como vemos no es lo mismo adaptación que enculturación. La primera solo logra llegar a la superficie,
puede ser entendida como una etapa previa a la enculturación, pero solo previa. Es un error confundir enculturación
con adaptación, y desde el punto de vista del quehacer pastoral de la Iglesia, resulta una fatalidad, pues pensamos
que tenemos lo que en realidad no es. La evangelización de la cultura, para que sea tal, debe llegar al subsuelo de la
misma, a fin de que pueda producir experiencias fundantes. Cuando esto ocurre, nos hallamos ante la enculturación.
La Cultura cubana, como se ha repetido hasta la saciedad, es la resultante de la colonización española (con muchos elementos católicos, pero no totalmente católica), la cual ha aportado el elemento valorativo y costumbrista
más fuerte y decisivo; también de la Cultura africana –que no llegó homogénea, debido a que está constituida por
diferentes etnias-, pero que sus aspectos vitalistas y religiosos han sido los que más la han expresado; la
norteamericana, presente sobre todo a partir de la primera intervención de ese país en Cuba, y que ha dado la
impronta de su pragmatismo y consumismo; y finalmente, desde 1960, la ideología marxista leninista, con su
cosmovisión propia y su praxis política, social y económica, cristalizada en su concepción de Estado.

Sin embargo, la Cultura cubana actual, como todas las contemporáneas, está integrada por distintas subculturas.
Estas son, entre otras, la urbana, la rural -me refiero a la que existe más distante de los centros urbanos-, la juvenil,
con toda la expresividad del gusto por lo novedoso y desenfadado de esta etapa de la vida y con sus pautas de
comportamiento muy propios derivados de una valoración ética y vivencial modernas, y la marginal, perteneciente
a las personas que viven o se mueven en esos ambientes.
Al final de estas consideraciones, hago la pregunta que titula el presente artículo: ¿Cómo evangelizar la cultura
cubana actual? Nunca debe desaparecer de cualquier acción pastoral de la Iglesia el objetivo de llegar al subsuelo
de ella, a fin de crear experiencias fundantes cristianas que generen valores, criterios, normas morales, actitudes y
comportamientos humanos, que, por ser humanos, son cristianos. Al decir de Juan Pablo II: la evangelización es la
fe que se hace cultura.

Para lograrlo, la Iglesia en Cuba, como en todos los lugares del mundo, debe tener en cuenta, a la hora de
organizar su pastoral, las diferentes culturas del tejido social cubano. También ha de contar con cada subcultura.
Así, por ejemplo, si la Iglesia no estudia las expresiones de la subcultura juvenil nunca podrá llegar a hacer una
acertada pastoral juvenil que sea transformante, para que pueda ser fundante. De la misma manera: ¿cómo llegar a
las personas de un ambiente marginal? El desafío es grande, grandísimo.

El trabajo misionero no se puede planificar de otro modo, si quiere enculturar la Fe Cristiana, sino a partir de un
estudio serio de la cultura y las subculturas. Esto lo debe tener muy presente la Comisión Nacional de Misiones, a
fin de evitar la adaptación. También la Comisión Nacional de Cultura, encargada de enculturar la Fe Cristiana en
las personas y en los ambientes del mundo del Arte, la Literatura, la Ciencia…

Pero ambas deben saber dos cosas: que el Cristianismo no es “puritanismo fundamentalista” que destruye, como
anatema, todo lo que existe, y, por otro lado, no es adaptación, porque la Fe Cristiana lleva en sí misma la semilla de la crítica y ruptura de los contravalores del medio circundante.
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