miércoles, 29 de agosto de 2007

22 de Agosto de 2007


Queridos Diáconos Permanentes:


Es una gran alegría dirigirme a todos vosotros en el
día de la fiesta de San Lorenzo, diácono y mártir, en
mi primer año como Prefecto de la Congregación para el
Clero.

Los Diáconos ocupáis desde siempre un lugar especial
en mi corazón. Os admiro y, además, quisiera deciros
que siempre he visto en la restauración del Diaconado
Permanente, fruto del Concilio Vaticano II, una
preciosa gracia del Señor para su Pueblo y un
ministerio ordenado de gran potencialidad y actualidad
en la misión de la Iglesia.

Doy gracias a Dios por la llamada, que vosotros habéis
recibido y por vuestra generosa respuesta. Para la
mayoría de vosotros que estáis casados, esta respuesta
también fue posible gracias al amor, a la ayuda y a la
colaboración de vuestras esposas y de vuestros hijos.

Hablando de los diáconos, el Concilio Vaticano II dice
que «confortados con la gracia sacramental, sirven al
Pueblo de Dios en el ministerio de la liturgia, de la
palabra y de la caridad» (LG 29). Vuestro ministerio
es «diaconía de la Iglesia en las comunidades
cristianas locales, signo o sacramento del mismo
Cristo Señor, quien no vino para ser servido sino para
servir» (Pablo VI, Ad Pascendum, Introducción).
Justamente Ignacio de Antioquia afirma que los
diáconos son «ministros de los misterios de
Jesucristo... ministros de la Iglesia de Dios» (S.
Ignacio de Antioquía, Ad Trallianos, II,3).

El Concilio Vaticano II explica además que la gracia
sacramental conferida a través de la imposición de las
manos os capacita a realizar vuestro servicio de la
palabra, del altar y de la caridad con una eficacia
particular (Cf. Ad Gentes, 16).

Por lo tanto habéis sido ordenados para el servicio de
la Palabra de Dios. Esto quiere decir que todo lo que
se refiere a la predicación del Evangelio, a la
catequesis, a la difusión de la Biblia y a su
explicación al pueblo, os está confiado
ordinariamente, pero siempre bajo la autoridad de
vuestro Obispo. Hoy, la Iglesia llama nuevamente a
todos sus miembros - en modo particular a los
ministros ordenados - a la misionaridad, es decir a
levantarse e ir en modo organizado al encuentro, en
primer lugar, de nuestros bautizados que se han
alejado de la práctica de su fe cristiana, pero
también de todos aquellos que conocen poco o nada a
Jesucristo y su mensaje, para proponerles nuevamente
el primer anuncio cristiano, el kerigma y, de este
modo, conducirles nuevamente a un encuentro vivo y
concreto con el Señor. En tal encuentro se renueva la
fe y se refuerza la adhesión personal a Jesucristo,
condición para una fe viva y para ser testigo fiel en
el mundo. No podemos reducirnos a la sola espera de
nuestros bautizados en nuestras iglesias. Tenemos que
ir a encontrarlos donde viven y trabajan, mediante una
actividad misionera permanente, con atención especial
a los pobres en las periferias urbanas. Este
ministerio de la Palabra espera de vosotros, mis
queridos Diáconos, una familiaridad constante con la
Sagrada Escritura, especialmente con los Evangelios.
Que vuestro esfuerzo permanente sea escuchar, meditar,
estudiar y practicar la Palabra de Dios. Así se
convertirán cada vez más en discípulos del Señor y se
sentirán llamados e iluminados por el Espíritu Santo
para la misión.

Habéis sido ordenados para el servicio litúrgico
sacramental. Actuáis con funciones litúrgicas propias
en la celebración y distribución de la Eucaristía,
centro de la vida de la Iglesia y, por ello, centro
también de la vida de los ministros ordenados. Poseéis
un ministerio que os confía una especial
responsabilidad en el campo de los sacramentos del
Bautismo y del Matrimonio. El Obispo os puede confiar
todo lo que se refiere a la pastoral bautismal y
matrimonial - familiar.

Habéis sido ordenados para la caridad. ¡Cuántas cosas
para hacer, organizar y animar! Los pobres, los
excluidos, los desocupados, los hambrientos, quienes
están reducidos a la miseria extrema que son una
cantidad inmensa, levantan sus manos y sus voces hacia
la Iglesia. Entonces, los diáconos tienen, por origen
histórico y por ordenación, una responsabilidad
central hacia todos ellos. La caridad, la solidaridad
hacia los pobres, la justicia social, son campos de
altísima urgencia que desafían a los cristianos,
porque Cristo dice: «En esto reconocerán todos que
sois mis discípulos, si os amáis unos a otros» (Jn
13,35).

Queridos Diáconos Permanentes, os saludo a todos con
afecto y gratitud. Saludo a vuestras esposas y a
vuestras familias. ¡Sed testigos del amor de Dios! Os
confío a María Santísima que continúa a proclamar: «Yo
soy la sierva del Señor» (Lc 1,38). Y siguiendo su
ejemplo de servicio, sirvamos a nuestros hermanos en
la gran familia humana y en la Iglesia. ¡Sobre todos
vosotros mi bendición!

Fiesta de San Lorenzo, diácono y mártir

Cláudio Card. Hummes Prefecto


Colaboración de: Miguel Ángel Ortiz .
Comisión del Diaconado Arzobispado de Camaguey
Agosto de 2007

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