Año XIV. no. 80
julio-agosto de 2007
Editorial de la revista vitral
Desde hace tiempo, entre los analistas de la sociedad cubana, y entre el ciudadano cubano de a pie, se abre la convicción de que una de las mayores un cuanto a la propuesta educativa porque la decadencia que afecta al ámbito individual, familiar y social, puede ser debido a la debilidad de dicha propuesta.rgencias en Cuba es la educación, no como un derecho social que haya que exigir, ya que el acceso a la educación está al alcance de todos, pero sí e
Tanto en un niño, un adolescente, un joven como en un adulto, la falta de una verdadera educación lleva a una vivencia distorsionada, parcial, superficial y casi sin capacidad de análisis y discernimiento, con la realidad, y hace que lo único que interese sea lo que le apetece a uno, donde todo se vuelve relativo: lo bueno o malo, lo verdadero o falso, lo justo o injusto.
Por ello al comenzar el curso escolar consideramos oportuno tratar de reflexionar acerca del proceso educativo en el cuál están inmersas personas de todas las edades de nuestro país.
¿El programa educativo que se aplica realmente en nuestra enseñanza a los distintos niveles, profundiza en la formación de valores y en la responsabilidad ciudadana? ¿Tiene como finalidad formar profesionales o formar personas con un verdadero sentido de la vida? ¿Enseña a los estudiantes a elegir, asimilar y expresar los valores por sí mismos, de forma tal que sean capaces de descubrir aquellos que son necesarios para una vida sana, fuerte y correcta? ¿Es la persona, es decir, el educando y el educador lo más importante dentro del proceso educativo, o lo es la ideología que se expone y se defiende? ¿Juega la familia de una manera real un papel protagónico en la educación de sus miembros?
Si la respuesta a estos cuestionamientos es negativa, entonces es muy probable que al final de dicho proceso educativo logremos un profesional capaz y competente en su especialidad, pero no necesariamente una persona que pueda vivir de una manera responsable su vida.
Si por el contrario la respuesta es positiva, entonces además de un buen profesional estamos formando personas autónomas que saben elegir por cabeza propia y asumir con responsabilidad las consecuencias de sus actos, que respetan la riqueza de la diversidad sin caer en el relativismo moral donde “todo vale”.
Personas que reconocen el valor de la opinión de los demás utilizando el diálogo y no la polémica o la imposición para defender sus ideas, y que actúan con conciencia crítica y recta e interpretan los problemas de la sociedad, buscan sus reales causas y están siempre dispuestas a revisar comportamientos y proyectos que beneficien realmente a los individuos y a la comunidad.
Todos los cubanos y cubanas de buena voluntad, independientemente de sus creencias religiosas o políticas, desean que nuestra sociedad avance hacia una humanización integral, y para ello es necesario en el campo de la educación una proyección que permita y que ayude a los hombres y mujeres de nuestro país a encontrar el sentido de sus vidas, que es un auténtico desafío sobre todo cuando la tendencia a la masificación y a la despersonalización conjuntamente con la búsqueda afanosa de bienes básicos de subsistencia atrapa hoy a los cubanos de una manera casi absoluta y los convierte en hombres y mujeres fragmentados en su interioridad.
Para lograr esta proyección educativa, es necesario poner a la persona humana, tanto el educando como el educador, como centro, principio y fin de todas las estructuras e instituciones y éstas a su vez, al servicio de la persona y no a la inversa.
Para ello deben emplearse métodos, donde se tenga en cuenta las características personales, que por supuesto difieren de una persona a otra, porque todos nacen con determinadas aptitudes características, con cierto ángel sui géneris que debemos ayudar a descubrir y alimentar y determinadas vocaciones que también debemos contribuir a su desarrollo pleno.
Pero esta atención no debe descansar en la clasificación excluyente de alumnos buenos, regulares o malos, como si fuesen simples objetos, donde para muchos, valer y comportarse como persona, depende única y exclusivamente del proceso de instrucción, de su rendimiento académico y no de su crecimiento interior en valores personales. El proceso formativo no se limita a la instrucción, su objetivo es preparar en, por y para la vida.
Generalmente cuando hablamos de educación nos quedamos con la sola idea de instrucción. Pensar esto es asimilar una parte integrante del término y olvidar los elementos que la comprenden.
La instrucción es la comunicación de ideas o conocimientos, como puede ser el teorema de Pitágoras que un profesor enseña a sus alumnos. Estos contenidos se dirigen a la inteligencia; sin embargo, la persona humana no es sólo inteligencia, es también voluntad y corazón.
En este sentido podemos definir la educación como el desarrollo de lo humano en el hombre, la promoción de todas sus virtualidades perfectivas que están latentes en su naturaleza humana y le hacen alcanzar el estado de virtud, es decir, hacer realidad las palabras de José de la Luz y Caballero “instruir puede cualquiera, educar sólo quien sea un evangelio vivo”.
La verdadera labor formadora, permite concientizar que todos los estudiantes hacen falta, cada cual con su posible capacidad académica, profesión o misión en la vida, de lo contrario la falta de esa diversidad que muchas veces criticamos y rechazamos, mataría la propia existencia del hombre.
No es encasillar a los estudiantes en diferentes grupos académicos lo que nos permite garantizar el progreso de la sociedad, sino el ponerlos en un solo grupo que es el de las personas humanas y lograr que cada cual desde su posibilidad académica y cognitiva desarrolle los valores humanos que lo caractericen como una persona que aporta al prójimo y a la comunidad.
También es necesario, recuperar y promover el sentido de que la familia es la máxima responsable de la educación de sus miembros, que no se limita el reconocimiento de este derecho a promover actividades extraescolares en las que participe la familia conjuntaente con los educadores, sino donde los padres puedan elegir libremente el tipo de educación que creen mejor para sus hijos, que significa poder escoger el estilo pedagógico, los contenidos éticos y cívicos y la inspiración religiosa en los que desean formarlos integralmente, y para lograr este fin se hace necesario, una educación pluralista, que no se identifique con una única ideología.
Es un reto y una necesidad superar el anacronismo de pensar que la única encargada y responsable de la labor educativa en la sociedad es la escuela estatal, porque esto no es un derecho solo del Estado y dar espacios de participación real a otras formas de educación informal provenientes de la iglesia o de grupos de la sociedad civil.
Hay que recuperar hoy en Cuba, y con urgencia la figura del educador, como alguien que siente una vocación a enseñar y no como el que asume un compromiso de una manera emergente, porque ser educador nunca debe ser una emergencia, sino que debe ser un reto, un riesgo y un compromiso, por cierto, muy útil para la sociedad.
Para esto, es necesario que sea una persona con determinadas características en su personalidad, entre las que se deben destacar: educado en la humanidad y la convicción de que nunca ha terminado, ser capaz de educar en el gusto estético, coherente en el pensar, el decir y el hacer, ser capaz de despertar en el educando la responsabilidad de tomar las riendas de su vida, educar no solo en conocimientos sino en sentimientos, desarrollando valores tales como la tolerancia, la humildad, la paciencia y la capacidad de diálogo. Debe ser un elemento de unión y nunca de exclusión, porque solo así podrá ser un abridor de puertas y un derribador de muros y optar siempre por una educación desde el acompañamiento.
La batalla por la educación nace de la pasión por responder al desafío educativo que nuestros tiempos inquietos plantean y que hoy en Cuba piden pasar de una instrucción, que en el mejor de los casos, prepara para una determinada profesión, y no puede ser el ombligo de la labor educativa, a una educación verdadera que prepara para la vida, porque lo más importante es lograr que cada educando, según sus propias capacidades intelectuales alcanzadas, sea ante todo una persona humana, en constante crecimiento y desarrollo en la calidad de su relación psicológica y afectiva consigo mismo, con los demás, con el entorno y con el trascendente.
Pinar del Río, 15 de agosto de 2007
Día de la Asunción de la Virgen