martes, 02 de octubre de 2007
Homilía pronunciada
por S.E.R. Cardenal Jaime Ortega Alamino,
Arzobispo de La Habana ,
en la Solemnidad de Ntra. Sra. de la Caridad.
Santuario Diocesano de la Virgen de la Caridad ,
8 de septiembre de 2007.


Queridos hermanos y hermanas

Cuando Cuba era aún un conjunto de caseríos, alrededor del año 1608, y no había tomado conciencia de nación, ocurrió el hallazgo de una pequeña imagen de la Virgen María flotando sobre las aguas de la bahía de Nipe.

Así lo relata un antiguo documento que recoge las tradiciones transmitidas a las generaciones sucesivas:

Reinando en España el señor Felipe III, señor de Real Minas de Santiago, como aconteciera haber una gran carestía de sal, mandaron para las salinas de Nipe a Juan Diego, a Juan Hoyo, hermanos indios y a Juan Moreno, negrito, como de diez a doce años, esclavo de su Majestad, para recoger sal. Pero el mal tiempo les impidió continuar viaje durante tres días.

Al amanecer el cuarto día serenó el tiempo y estando el mar ya tranquilo, emprendieron el viaje y bogaron los remos en dirección a la playa de Serón los encargados de ir a recoger la sal. Apartados del cayo al rayar la aurora, en los primeros resplandores de luz descubrieron los navegantes a larga distancia un bulto blanco, que les parecía que venía volando hacia donde ellos estaban. Ya más claro el día y cercanos a aquella visión, Juan Diego dijo: Es una niña. Y fijándose todos reconocieron que era una imagen de María Santísima que venía navegando sobre una débil tablilla.

Llegó al fin la imagen a la canoa y ésta a la imagen, descubriéndose y tomándola en sus manos, de rodillas. Con gran respeto, asombro y amor la introdujeron en la canoa, notando que no se hubiese sumergido por el propio peso y que el vestido no estaba mojado ni salpicado.

Tenía la imagen un rostro encantador, algo moreno, ojos dulces, clementes y vivos; traía un niño hermosísimo en su mano izquierda y una cruz de oro en la derecha. Les llamó la atención que la tablita en que venía navegando se les quedaba sobre el mar y tenía unas letras mayúsculas escritas de bastante proporción, la que también recogieron, en la que se leía esta inscripción: Yo soy la Virgen de la Caridad.

Llenos de admiración, estaban como encantados. Hicieron una especie de andas y, cargando cada uno con un tercio de sal y la imagen, partieron para el hato de Barajagua. Don Francisco Sánchez Moya ordenó que se construyese una ermita y entregó un vaso de cobre para que sirviese de lámpara, recomendando que estuviese siempre encendida. Ante la imagen, se postraron, oraron, entonaron cánticos y resolvieron trasladarla en procesión con la mayor solemnidad a Santiago de Cuba.

Reunidas unas veinticinco personas, conducían con gran veneración la sagrada imagen entre oraciones y cánticos; más, al llegar al lugar donde partía el camino para Santiago, tomaron sin darse cuenta el que los conducía al Cobre. Cerca de la entrada del pueblo, detuvieron la marcha, hasta que fuese avisado el administrador y los vecinos, que prepararon un solemne recibimiento. Después de adornar las casas, precedidos de la guarnición y del administrador, quien, al llegar ante la imagen de Nuestra Señora, puesto de rodillas, manifestó su gozo, por haber escogido el Cobre como morada, y entre luces, salvas y cánticos, la acompañaron hasta dejarla colocada en el altar mayor de la iglesia.

La imagen representa a la Madre de Jesucristo, el niño que trae en los brazos es el Hijo de Dios hecho hombre y la Madre de Jesucristo es también Madre nuestra. Porque desde lo alto de la Cruz , el Hijo de Dios nos hizo el regalo más precioso de su amor a los hombres, cuando nos dijo: “Hijo, ahí tienes a tu Madre”. Así la tomaron ellos y, siguiendo también las palabras del Evangelio, desde aquel día los cubanos la recibieron en su casa.

Así entró en nuestra historia la Virgen de la Caridad del Cobre, que fue el lugar donde finalmente se levantó la capilla. A través de los acontecimientos ordinarios de la vida, del trabajo de todos los días, tres hombres de faena divisan algo que les sale al paso de manera inesperada, pero que les habla como símbolo de una realidad superior. De este modo actúa Dios en nuestras existencias. Todo el hecho hay que mirarlo a la luz de esa cotidianidad y al mismo tiempo de esa manera admirable de la providencia de Dios para actuar a través de lo común, de lo que forma parte de la trama de nuestra vida.

En el hallazgo de la Virgen de la Caridad había dos indios y un negrito que había sido arrancado de su mundo, de su entorno vital, para someterlo a los trabajos duros y crueles de la esclavitud en esta América recién descubierta. La escena toda se convierte también en un símbolo para los cubanos de todos los tiempos.

Todo el mensaje que Dios quería dejar a los cubanos está perfectamente representado en esa escena. Aquella que reconocen los pobladores primeros de nuestra isla como la Madre de Jesucristo, tiene un título especial con el cual el pueblo de Cuba la venerará siempre: Virgen de la Caridad , que significa Virgen del Amor, del amor cuidadoso y atento, del amor sacrificado y abnegado.

La Virgen de la Caridad es Madre del pueblo cubano y como madre protege y alivia, anima y consuela, guía y acompaña. Porque ése es el papel de María en la Iglesia. Ella se nos presenta trayendo a su Hijo Jesús en su seno, en sus brazos, acompañándolo al pie de la Cruz , acompañándonos a nosotros, como acompañó a los novios que celebraban su bodas en Caná de Galilea, cuando dijo a Jesús que se habían quedado sin vino, es decir, sin la posibilidad de alegrar el corazón de sus invitados al brindarles algo de tomar en una fiesta. Allí María, como hoy y como en todo momento de nuestra vida, dijo: “Hagan lo que El les diga”. Y Jesús cambió en vino el agua las tinajas. Es decir, la Virgen nos dice, en sus vidas, para tener alegría, para tener paz, para poder hacer el bien hagan lo que mi hijo Jesús les diga. Así está la Virgen María de la Caridad del Cobre presente a través de toda nuestra historia, invocada por nuestros patriotas en las guerras de independencia, acogiendo siempre las suplicas de los cubanos de todos los tiempos para que la paz y el amor reinen entre todos sus hijos de Cuba.

Quiso Dios que el evangelio de Jesús, el Hijo amado del Padre, llegara a los pueblos de América Latina y el Caribe por medio de la Virgen María , como llegó Jesucristo a la humanidad por medio de ella. Dos indios y un niño negro esclavo de doce años hallan su imagen en Cuba, uno de ellos se llamaba Juan Diego, el mismo nombre del indio mexicano, en cuyo manto quedó grabada la imagen de la Virgen de Guadalupe en México. Tres pescadores en un río hallaron la imagen de la Virgen María en Brasil y hoy es venerada en su santuario de Aparecida, por el cual desfilan cada año nueve millones de peregrinos. Allí nos reunimos los obispos de América Latina y el Caribe para pensar y proyectar cómo el mensaje salvador de Jesucristo Nuestro Señor puede ser llevado a todos nuestros pueblos. Porque en Jesucristo, el Hijo de Dios hecho hombre, nacido de la Virgen María , está el camino, la verdad y la vida para todos los que peregrinamos en esta tierra, a veces caminando sin sentido, no sabiendo qué hacer ni a dónde ir, atraídos en muchas ocasiones por el vicio y el pecado, o hundidos en las miserias humanas, con nuestros corazones cargados de odios, de tristeza o de desesperanza. Y abrimos las páginas del Nuevo Testamento y encontramos a Jesús que nos dice: Yo soy el camino y la verdad y la vida, vengan a mí los cansados y agobiados y yo los aliviaré. Él nos invitó por todos los modos posibles a ser sus discípulos, es decir, a ponernos en su escuela de amor, de bondad, de felicidad.

Pero nosotros, como dice el evangelista San Juan, hemos preferido “las tinieblas a la luz”. Sin embargo, “para el pueblo que andaba en tinieblas apareció una luz grande”, nos dice el profeta en la lectura que hacemos la noche de Navidad. Esa luz grande es Jesucristo, el Señor. El nos dirá más tarde: “Yo soy la luz del mundo, quien me sigue a mí nunca andará en tinieblas”. Nosotros oímos sus palabras, escuchamos la invitación que El nos hace: “Quien quiera ser mi discípulo que tome su cruz y me siga”, sentimos que en El está el camino verdadero de la vida, pero nos da miedo seguirlo, le tenemos miedo a la cruz, le tenemos miedo al sacrificio, nos parece que realizando nuestros propios caprichos y arreglando la vida a nuestro modo nos vamos a sentir mejor, que es mejor no pensar para no preocuparse, que pensar lo bueno y proponerse realizarlo nos costará dificultades y trabajo.

Para invitarnos a cambiar de vida, a ser de verdad cristianos, a vivir como discípulos de Cristo que estamos bautizados y recibimos la gracia del Espíritu Santo en nuestros corazones, Jesús empleará todos los medios posibles. Nos aconsejará que no seamos violentos ni duros con el prójimo, “aprendan de mí que soy manso y humilde de corazón y encontrarán el reposo para sus almas”; nos dirá que no tengamos miedo a los desafíos que presenta la vida: “no teman, pequeño rebaño mío, yo he vencido al mal”.

Pero a veces preferimos ritos mágicos, resguardos extraños, creencias supersticiosas que llenan de temor nuestros corazones antes que poner toda nuestra confianza en Jesús que ha vencido el mal y que ha arrancado el miedo de nuestras mentes. Todo lo ha hecho Jesús por nosotros, nos ha querido reunir como la gallina reúne a sus polluelos, pero no hemos querido escuchar, no hemos querido decidirnos. Y cuando llegó al sacrificio supremo por nosotros, cuando moría en la Cruz para mostrar hasta donde nos había amado, Jesucristo nos entregó a la Virgen María , Madre suya, como Madre nuestra. Dijo desde lo alto del madero: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y refiriéndose a nosotros dijo: “Hijo, ahí tienes a tu madre”. Desde aquella hora, dice el evangelio, el discípulo la recibió en su casa.

Reciban a María en su casa, queridos hermanos y hermanas. Ella es la Madre que el Hijo de Dios nos da a todos nosotros, ella es la mujer por la cual la luz eterna, Jesucristo Nuestro Señor, llegó a nuestro mundo. Nadie como ella puede cuidar de nosotros, nadie como la madre puede hacer que todos los hijos se traten como hermanos, nadie puede resistirse a la dulzura de la madre que quiere el bien para nosotros, que pide a su hijo como en las bodas de Caná, que nos dé el vino de la alegría, de la paz y del amor.

¿Por qué ha aparecido María siempre al comienzo de la historia del evangelio en estas tierras de América Latina y el Caribe, por qué apareció María con el título de Guadalupe en México, con el título de la Caridad en Cuba, con el título de Aparecida en Brasil? Porque Jesucristo ha querido que su evangelio, que el anuncio de su palabra llegue a nuestros corazones de la mano de la Virgen María. Si Cuba es de verdad mariana, si el amor a la Virgen de la Caridad se hace no sólo sentimiento, y sentimiento muy extendido entre nosotros, sino también compromiso de hacer lo que Jesucristo nos dice como ella nos aconseja, nuestras vidas cambiarán, el agua insípida de nuestras existencias se transformará en el vino lleno de color y de sabor que alegra el corazón del hombre y entonces Cuba será cristiana no sólo porque estemos bautizados la mayoría de los cubanos, sino porque estaremos viviendo de verdad como bautizados, como hijos de Dios que ponen toda su confianza en el Salvador del mundo y abandonan sus temores, sus angustias, sus supersticiones y todo aquello que atenaza el corazón humano y que no lo deja ser feliz. Cuando María Virgen supo por la voz del ángel que iba a ser la Madre del Salvador fue a visitar a su prima Isabel, quien al recibirla en su casa la saludó diciéndole que era dichosa María porque había creído.

Queridos hermanos, la dicha, la felicidad en la vida no puede existir sin la fe en Dios, pero no en un dios cualquiera, no en dioses que nosotros nos inventemos, no en creencias que no llegan a colmar las ansias del corazón humano, que siembran en nosotros más inquietud que paz, la dicha de la fe es la liberación del corazón de todo lo que lo oprime para vivir en la gozosa libertad de los hijos de Dios. Por eso María respondió al saludo de su prima diciendo: “proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios mi salvador”. Sí, había dicha en la Virgen María porque llevaba a Cristo en su seno, se alegraba su espíritu porque tenía a Dios consigo. Ojalá cada uno de nosotros pueda decidirse de verdad a vivir su fe en Dios de tal modo que sepamos que El está en nuestros corazones venciendo nuestros miedos y tristezas. Que experimentemos la dicha de estar con Dios, de saber que Dios está con nosotros y de hacer siempre su voluntad. Ese es el saludo que el sacerdote siempre les dice a ustedes en la misa, que el Señor esté con ustedes. Ese es nuestro deseo, ese es el deseo que se realiza en el corazón de todos cuando nos hacemos verdaderos discípulos de Cristo.

Termino, repitiéndoles las palabras que el Papa Benedicto XVI nos dijo a los pueblos de América Latina y el Caribe en el gran Santuario de Aparecida, Brasil, cuando visitó aquel país para inaugurar la V Conferencia General de los obispos de América Latina y el Caribe. Nos dijo el Santo Padre:

“María Santísima, la Virgen pura y sin mancha es para nosotros escuela de fe destinada a guiarnos y a fortalecernos en el camino que lleva al encuentro con el Creador del cielo y de la tierra. El Papa vino a Aparecida con viva alegría para decirles en primer lugar: permanezcan en la escuela de María. Inspírense en sus enseñanzas. Procuren acoger y guardar dentro del corazón las luces que ella, por mandato divino, les envía desde lo alto”.

Que Ella, María Santísima de la Caridad desde su altar de El Cobre bendiga al pueblo cubano y nos lleve a todos a conocer y amar a Jesucristo, su Hijo Nuestro Señor.

tomado de: www.palabranueva.net
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