Rosendo Lopez-Gottardi
North Miami, Florida USA
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El semblante y el físico de Ahmadinejad me recuerdan al de aquellos parqueadores de La Habana Vieja que tomaban como suyas ciertas calles cercanas a centros importantes de la ciudad, como restaurantes, casinos de juego, teatros, cines, etc.., y que amablemente alertaban a las personas que circulaban en sus autos por la zona, en busca de estacionamiento. Eran carros 'con grandes colas de descocados diseños'. Era la época de 'Superman' ,sin lugar a dudas.
Estos parqueadores eran amables, de trato cortés y alegre, y en la gran mayoría de los casos poseí an una chispa que alegraba la vida de todos. Bien podía n llevarse a casa $20 (dólares) diarios trabajando 'part-time' unas cuatro horas en la noche. Ese dinero equivaldría a unos $500 pesos cubanos (diarios) de hoy di a. En aquel entonces, La Habana era "La Habana", y no la triste sombra de lo que hoy es . Les estoy hablando de los 50s. Poli ticamente estábamos en dificultades, pero sin lugar a dudas la república avanzaba, con una clase media pujante y con esperanzas de mejorar las dificultades (*) que nos preocupaban a todos.
El diálogo típico de un 'parqueador' comenzaba así: -"Parquée aquí Dócto"-, y si el chofer asentía, lo próximo era: -"Córtalo todo, -un poquito pa' tra, -más, más-, -ahí-ahí- , ahí mismitico". Después de la complicada maniobra, ya que se trataba de calles estrechas de adoquines y espacios limitados, te abrí an la puerta y te decía n: -"Dócto, ni se preocupe, yo se lo cuido como si fuera mío"- e indagaban: -"?Quiere que le pase balleta?", y si su auto era de color verde, un poquito subido de tono, le podían decir: -"Se lo voy a dejar como una cotorrita; Ni-se-preocupe Dócto".
Esta "estampa criolla" me trae a la mente una historia real; unas de mis favoritas, que me contaron ya hace algún tiempo, y que después de haber visto en la televisión a Ahmadinejad y haber conocido al politico cubano de la época de quien trata la historia, se las voy a relatar.
Pues bien, resulta que dicho distinguido poli tico gustaba de "empinar el codo y de probar suerte" en uno de los casinos de La Habana Vieja de finales de los 50s. Era un asiduo visitante a ese casino y ya conocí a al parqueador de marras. Había llegado y estacionado su auto asistido por él y se dirigió caminando al casino, a unas dos o tres cuadras de distancia.
Después de varias horas y de muchos tragos y mucho juego, regresa abatido, con 'tremenda curda y dando tumbos' y se encuentra con su parqueador y éste le pregunta: -¿Qué le pasa Dócto?- -"Ni me Hables", respondió, - "Me han limpiao". Había resultado una noche patética, y cuando el parqueador reacciona y se recupera de lo que estaba oyendo le dice: - "No me diga eso Doctor" -!Ay Dios Mio!, -" Dócto, espero que no se haya jugado lo mío"-
Hace un par de años le pregunté a otro polí tico de entonces, que goza de muy buena salud y me dijo que ésto no fué un cuento; que ésto fué realidad. Así de alegre transcurría la vida en "La Cuba de Ayer"; sin envidias, sin odios y sin rencores. Era sin lugar a dudas, un lugar muy especial.
(*) Os voy a referir una historia. Había una vez una república. Tenía su Constitución, sus leyes, sus libertades, Presidente, Congreso, tribunales; todo el mundo podría reunirse, asociarse, hablar y escribir con entera libertad. El gobierno no satisfacía al pueblo, pero el pueblo podía cambiarlo y ya solo faltaban unos di as para hacerlo. Existía una opinión pública respetada y acatada y todos los problemas de interés colectivo eran discutidos libremente. Había partidos políticos, horas doctrinales de radio, programas polémicos de televisión, actos públicos, y en el pueblo palpitaba el entusiasmo. Este pueblo había sufrido mucho y si no era feliz, deseaba serlo y teni a derecho a ello. Lo había n engañado muchas veces y miraba el pasado con verdadero terror. Creí a ciegamente que éste no podría volver; estaba orgulloso de su amor a la libertad y viví a engreí do de que ella sería respetada como cosa sagrada; sentí a una noble confianza en la seguridad de que nadie se atrevería a cometer el crimen de atentar contra sus instituciones democráticas. Deseaba un cambio, una mejora, un avance, y lo veía cerca. Toda su esperanza estaba en el futuro. (Párrafo tomado de "La Historia me absolverá" - Fidel Castro - Cuba 1953)