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Homilía pronunciada durante la Misa por el Encuentro de Iglesia a Iglesia, entre representantes de la Iglesia en Cuba y de la Iglesia de los cubanos en la diáspora, que tuvo lugar en la Ermita de Nuestra Señora de la Caridad, de Miami, el 20 de septiembre de 2007.
Mis queridos amigos:
Un fariseo, una mujer de mala vida y Jesús son el tema central que nos presenta el evangelio de hoy. Todos han venido a escuchar las enseñanzas sobre el perdón y la reconciliación.
Simón, el fariseo, invita a Jesús a su casa pero no le da la bienvenida con el acostumbrado ritual: no le dio agua para sus pies ni lo saludó con un beso.
La mujer pecadora, conocida por su mala vida, irrumpe en el banquete de Simón, se pone a los pies de Jesús, llora desconsoladamente por sus pecados y seca con sus cabellos los pies del Maestro.
Jesús responde con una historia, cuestiona a Simón y, valiéndose de su propia respuesta, le dice: “El que ama mucho es perdonado más”. Luego le dice a la mujer: “Tus pecados te son perdonados. Tu fe te ha salvado, vete en paz.”
Durante la semana pasada, representantes de la Iglesia en Cuba y de la Iglesia de los cubanos en la diáspora se han reunido en presencia de Jesús con el propósito de alcanzar entendimiento, sanación y reconciliación.
El relato del evangelio de hoy nos ofrece una reflexión sobre el proceso del perdón espiritual y de la reconciliación.
Tanto Simón como la mujer pecadora representan a la Iglesia en su búsqueda de una completa y total reconciliación con Dios. Por una parte tenemos a Simón, un hombre religioso pero que, obviamente, se consideraba mejor que esta pobre mujer que interrumpió su fiesta. Sin embargo, Simón no quiso reconocer la poca cortesía con que él recibió a Jesús. El orgullo y la arrogancia lo cegaron ante sus propias faltas, y ante la belleza de la fe y la sinceridad de esta mujer.
Por otra parte, de acuerdo con las costumbres judías, esta mujer pecadora era considerada como una desgraciada, una paria. Todo contacto con ella debía ser evitado, sobre todo el contacto físico, que haría impura a la otra persona. Así es como Simón y sus invitados la consideraban.
Pero Jesús observa algo más profundo. Él ve un corazón sincero y arrepentido. Él ve su genuino amor y su profunda fe.
Al reunirse ustedes, las dos Iglesias cubanas, tienen la excelente oportunidad de alcanzar perdón en el Señor y reconciliación con Él y con ustedes mismos.
Para que esto ocurra, cada Iglesia debe ir más allá en la manera en que ustedes se miran y se perciben el uno al otro. Mientras ésa sea la base de sus conversaciones, ello no es más que puro diálogo y, a la larga, se convertirá en una perenne discusión sobre historia, política y viejas heridas.
El diálogo de la Iglesia tiene que ver con las cosas de Dios, las cosas de más arriba, las cosas que atañen al alma del individuo a los pies de Jesús. Tiene que ver con amar mucho y con reformarse a sí mismo. Tiene que ver con mi continua conversión al Señor y no con lo que yo creo que ustedes tienen que hacer para convertirse al Señor.
En cada uno de nosotros existe un Simón y, por la gracia de Dios, en cada uno de nosotros existe también una mujer pecadora. Esta lucha entre los dos en nosotros es una desafiante batalla espiritual. Pero, a menos que se libre esa batalla, las decisiones y los diálogos no serán más que una simple conversación.
Las diferencias culturales e ideas políticas siempre han existido y siempre existirán en la gente de Iglesia. San Pablo lo experimentó con regularidad. Pero, como nos enseña el evangelio de hoy, las personas de Iglesia, sin importar de dónde procedan ni cuáles sean sus costumbres o sus ideas políticas, están llamadas a un discernimiento más profundo. Estamos llamados a ocuparnos de las cosas de Dios. El lenguaje de la Iglesia debe tratar sobre la fe y el amor.
Mientras cada alma no enfrente esto con honestidad y un corazón arrepentido, el relato del evangelio de hoy no pasará de ser más que un cuento.
Ustedes han mantenido este fructífero diálogo durante diez años en busca de un mayor entendimiento y paz para toda la nación cubana. Que el Señor, que ha comenzado este buen trabajo en ustedes, lo lleve a su término.