Memoria y compromiso
Año XIV. no. 81 septiembre-octubrede 2007
EDITORIAL www.vitral.org
Así se llamó el movimiento cívico que en las décadas del 40 y 50 del siglo pasado hizo mucho, y muy bueno por esta ciudad. En 1940 la ciudad de Pinar del Río era llamada “la Cenicienta”, por el poco desarrollo ur-banístico, la falta de salubridad y los problemas de vialidad, entre otras señales de atraso, en compa-ración con otras provincias.
Un grupo de 16 pinareños de diferente profesión y posición social, encabezados por el médico Tebelio Rodríguez del Haya, se reunió el 26 de noviembre de 1941 para fundar el Comité Todo por Pinar del Río, con carácter no lucrativo, que tenía como objetivo principal “conseguir por todos los medios lícitos a su alcance el mejoramiento sanitario, educacional, cultural, moral y social de la ciudad de Pinar del Río y sus alrededores”, sin tendencia partidista, religiosa o sectaria alguna.
Esta organización realizó obras de entubamiento de arroyos albañales como el Galiano y el Yagruma, asfaltaron 18 kilómetros cuadrados de calles, eliminaron basureros, letrinas y pozos negros, limpiaron solares, presionaron a las autoridades para que se ocuparan debidamente de la salubridad y el progreso de la ciudad y sacudieron a los ciudadanos para que tomaran conciencia de los problemas de la ciudad y dieran su aporte para eliminarlos, en dinero o en trabajo. También animaron en varias ocasiones la feria de San Rosendo, Patrono de la Ciudad, para recaudar fondos. Tuvieron una influencia sistemática en los medios de difusión locales, la cual tuvo su máxima expresión en la revista mensual Pinar del Río, que fue su órgano oficial varios años. Se preocuparon además por la vida de los reclusos en las cárceles (Comité Pro-Presidio Modelo), por la ecología (contra la tala de árboles) y la recreación, destacándose los esfuerzos que hicieron por convertir a Las Canas en un centro de recreo para los pinareños. Presionaron con éxito al gobierno para la construcción de la carretera a Minas y la carretera Panamericana, que llegaba al cabo de San Antonio, y la ampliación del acueducto de la ciudad incluida la apertura de pozos.
El Comité Todo por Pinar del Río dividía el trabajo en varias secciones: Salubridad, Cultura, Construcciones, Sección Femenina, etc. Al principio crearon comités de zona, para ocuparse cada uno de una parte de la ciudad, pero en la medida que fueron trabajando, crearon unidades cívicas a nivel de barrio, con lo que aumentaron su influencia en sanear el ambiente y mejorar las costumbres, ocupándose de construir tramos de acueductos, albañales, pozos, y exigir a las autoridades para que atendiesen problemas específicos. Estas unidades también realizaban trabajo persuasivo con los vecinos en temas como educación y salud.
Tebelio y su equipo tocaron lo mismo puertas gubernamentales que privadas, ricas que pobres, sin vergüenza de pedir, porque quien pide para las causas nobles se honra y honra dicha causa. Recogían de casa en casa: “Buenos días, somos del Comité, ¿tiene algo para Pinar del Río? -Un momento, voy a buscar algo,…” casi siempre se daba algo, porque “la gente veía el fruto”. De la recaudación se ocupó la sección llamada “Comité de los 1000”, surgida a partir del momento en que la organización alcanzó 1000 miembros.
La presidencia del Comité y de las secciones era rotativa, de modo que Tebelio fue su primer presidente y luego sustituido por elección, ningún cargo era vitalicio, sólo el honorífico de Consejero, concedido en 1949 al insigne médico.
Todo por Pinar del Río transformó visiblemente el panorama de la ciudad, no sólo en sus calles, acueducto o canales, sino también en las personas; porque la ciudad es más que sus muros, parques o casas, son los servicios a los que se puede acceder, la forma de convivir, y la manera de ser de las personas. Una ciudad donde falta el espíritu de progreso en las personas y las autoridades es una “ciudad en cuclillas” como fuera calificada Pinar del Río; una ciudad donde la convivencia se enrarece por la violencia o la desconfianza y faltan los espacios para el entretenimiento y el sano cultivo del espíritu es una ciudad vacía, es sólo la superposición de casas y estructuras que no sirven a su esencia, porque la ciudad surgió como una respuesta humana a la necesidad de convivir en paz y de colaborar para el progreso. La ciudad es el sucesor natural de la tribu, donde ya no hay “caciques”, sino personas que ejercen el poder al servicio del mejoramiento humano de quienes los eligieron por un periodo de tiempo. La ciudad es el lugar geográfico y el marco legal donde conviven personas y familias que se relacionan entre sí de forma autónoma y se agrupan a su vez en diversas organizaciones, conformando la Sociedad Civil.
La clave del éxito del Comité Todo por Pinar del Río, y por tanto de su credibilidad, estuvo en la probidad y la eficacia de su gestión. Probidad se refiere a la honradez probada, a la transparencia que deja al desnudo los errores, pero que permite afirmar que “cada peso del aporte de los contribuyentes rinde al máximo”. La corrupción y aprovechar la gestión cívica y política para la obtención de prebendas son los peores enemigos de la democracia, de la que ya está instituida, y de la que está naciendo en cualquier proceso de transformación social. Y lo son, no tanto por la riqueza que se desvía o las obras buenas que se omitan, sino porque estos males arrancan del corazón de los ciudadanos la fe en los métodos democráticos y pacíficos y los hace poner su esperanza en los que terminan poniendo la “ciudad en cuclillas”. La eficacia de la gestión del Comité fue otro de sus grandes éxitos: la ciudad cambió su panorama, y no solo en lo externo, sino en la conciencia de personas y grupos. La eficacia así medida es el mejor criterio para evaluar cualquier gestión de individuos, grupos o gobierno. Los ciudadanos entregan sus esfuerzos a un determinado grupo en virtud de su vocación de socialización y entregan buena parte de su soberanía al Estado en virtud del Contrato Social. Lo que esperan a cambio es que “cambie el panorama”, y que cambie para mejor, que la vida sea mejor, que se abran cada vez más puertas para el progreso, para todo el que quiera esforzarse en ello, y también para los limitados; que dé gusto andar por la calle, comer en un timbiriche o restaurante, que haya donde divertirse y también donde pensar, soñar, orar y trabajar.
Los que fundaron y trabajaron en Todo por Pinar del Río demostraron que no lo hicieron para enriquecerse, ni para tener fama o reconocimiento, ni porque fueran tan ricos que les sobrara el dinero, o tan pobres que quisieran un cambio rápido, total y definitivo de su situación. Fueron personas que creyeron en la honradez y la eficacia de los pequeños cambios, hechos por personas concretas y del barrio, no por superhombres o iluminados de fuera.
La convivencia pacífica y el espíritu de la democracia nacen del corazón de los ciudadanos y de la articulación de pequeñas iniciativas, como el Comité Todo por Pinar del Río. También necesitan del buen gobierno, que no cierre la puerta a la iniciativa ciudadana, pero que tampoco permanezca en la indolencia ante los males sociales, que dicho sea de paso, no se curan de una vez ni de un plumazo, requieren el esfuerzo sistemático, honrado y eficaz del gobierno, de los grupos de la sociedad civil, de las familias y de los ciudadanos.
La hermosa experiencia del Comité, y del resto de organizaciones de mejoramiento local que han existido en Cuba, lega varias lecciones a estos difíciles tiempos. La primera es que la iniciativa ciudadana es ilimitada, tanto para bien como para mal. El mal hay que atajarlo con un buen marco legal y unas autoridades públicas que tengan un mínimo de eficacia en combatir delitos, sin ahogar las iniciativas éticamente aceptables. El buen gobierno basado en leyes debe reconocer la libertad de asociación y cuidar a la sociedad civil de las mafias y pandillas que perjudican la “ciudad” e impiden la convivencia pacífica, al tiempo que debe “dejarse ayudar” en su gestión por quien quiera hacerlo, más aún, actuar como un colaborador más en la gestión a favor del bien común, desde los roles que le son propios al Estado.
Nada puede suplir la gestión de un buen gobierno, ni siquiera iniciativas tan buenas como el Comité, pero al mismo tiempo, nada puede sustituir a la sociedad civil o a la iniciativa ciudadana, porque nadie tiene la última palabra, sólo Dios, quien la ejerce sólo para invitarnos a vivir como hermanos y en libertad.
Ciertamente el altruismo es una virtud rara, contra la que atentan tanto la miseria como el consumismo, pero la historia del Comité Todo por Pinar del Río muestra que cuando se ofrece a las personas espacios concretos para mejorar su vida, éstas responden positivamente, aunque en ello vaya cierta cuota de sacrificio personal. En los cubanos, el ansia de progreso es mayor que la indolencia o la ingratitud.
¿Qué estamos dispuestos a hacer los pinareños del siglo XXI por nuestra ciudad? Aquellos precursores intentaron hacerlo “todo”, y lograron mucho. Confiamos en que hoy no hagamos menos.