por MONS. CARLOS MANUEL DE CÉSPEDES GARCÍA-MENOCAL
www.vitral.org/ septiembre-octubre de 2007
Estatua del Padre Varela en el jardín de la Catedral de Pinar del Río
"Lávame el alma, lávala te digo
antes que caiga de pecados muerta!
Límpiale el odio del combate, el fiero
tesón y el polvo cruel de la derrota;
la inanidad del triunfo y la ventura.
A ver si brilla al fin como el lucero
del cielo de la tarde, cuando flota..."
(Rafael Esténger, Mar de estío.)
Introducción
1.-Me resulta imposible evitar que los lectores de Vitral, ante este artículo, tengan la impresión de que ya lo han leído. Durante más de veinte años he hablado y escrito sobre el Padre Félix Varela, en Cuba y fuera de ella, tanto en ambientes eclesiásticos, como en ambientes culturales de diversa índole. Además, al contemplar las cualidades del Padre Varela en su momento histórico, casi siempre hago referencia a su proyección sobre la sociedad cubana actual, como imagen real de ejemplaridad católica y más precisamente, sacerdotal, y como paradigma de civilidad razonable. Si el personaje tomado en consideración es el mismo, si el escritor también es el mismo, si los lectores son homologables a los anteriores y si el tema está enlazado con los tópicos previos, las repeticiones resultan ineludibles.
2.-Por otra parte, la estrofa de Mar de estío, de nuestro Rafael Esténger, aparece citada por mí en más de una ocasión cuando me refiero a sociedades en cambio. Según mi criterio, para ser agentes positivos de cambio social, es imprescindible tener el alma limpia de los odios del combate y vacía de la inanidad del triunfo y, con mayor razón, si de ventura se tratase. Tesón sí, pero nunca fiero, sino humilde. Dolor, quizás, ante algunas derrotas personales, pero sin la arrogancia y la cobertura de polvos crueles, sino con el brillo de la paz serena del que empeñó lo mejor de sí teniendo ante los ojos el bien de los otros, no el suyo propio. El Padre Varela encarna las cualidades buenas que poetiza Esténger, resumiendo en su poesía tersa lo que yo trataré de expresar en estas cuartillas en prosa.
3.- Durante los últimos decenios y, muy en particular, con ocasión del Encuentro Nacional Eclesial (ENEC), en 1986, y de la visita pastoral de S.S. Juan Pablo II a Cuba, 1998, se ha plantado ante los ojos de los cubanos la personalidad modesta y radiante del Padre Félix Varela. Para muchos de nuestros compatriotas se había convertido en un icono cubierto de polvo y casi olvidado en el desván universal de la memoria. Para otros, nunca fue icono; lo clasificaron simplonamente como una persona más en el desfile de nombres que se aprenden en los libros de Historia; uno de esos personajes que se momifican y a los que se levantan monumentos de piedra o de metal y que, pasado el tiempo, muchos ni siquiera saben de quién se trata. Otros le conocían el nombre y nada más; ignorándolo todo acerca de la condición de este hombre de luz. Ignoraban hasta su condición sacerdotal, que le marcó la vida. Otros, sí, lo han conocido y apreciado siempre, pero tengo la sospecha de que, en general, en el mejor de los casos, se le conocía y recordaba como figura histórica, como monumento, sin trabajar por su vigencia efectiva en las situaciones contemporáneas.
4.-Sin embargo, también tengo la sospecha de que nunca ha estado totalmente ausente de la entraña de nuestro pueblo esa minoritaria estirpe vareliana, la integrada por aquéllos que, no conformándose con saber quién y cómo fue, han hurgado en su persona, en su ser y su existir y en su enseñanza, para extraer de semejante fuente el agua lustral y la nutrición necesarias para recorrer los senderos de la vida, la personal y la comunitaria, a veces tan sorprendentes, con ánimo positivo y con honra indoblegable. Estos últimos, tienen la convicción, de que el Padre Varela podría tener vigencia y no sólo recuerdo histórico en la Cuba de hoy. Estamos convencidos de que no se trata solamente de un icono, de un monumento o de una momia bien conservada; sino de una antorcha que nos puede iluminar, de una voz que todos los cubanos deberíamos escuchar y de un testimonio válido cuya imitación y seguimiento nos enriquecería sobremanera: estímulo y catalizador.
5.- Además, no olvidemos que del 17 al 20 de diciembre de 1997, o sea, un mes antes de la visita pastoral de S.S. Juan Pablo II, había tenido lugar, en la Universidad de La Habana, un encuentro internacional vareliano, patrocinado por la Casa de Altos Estudios "Don Fernando Ortiz" de la misma Universidad y por la UNESCO. El tema unificador de conferencias y paneles fue Félix Varela, ética y anticipación del pensamiento de la emancipación cubana. Tuvo un alto nivel científico, pero el alcance de estos eventos —en lo que a número de enterados y participantes se refiere— suele ser muy limitado y éste no fue excepción. En realidad, tendríamos que esperar a la cuidadosa preparación y a la visita de S.S. Juan Pablo II para que Félix Varela saliera de los locales eclesiásticos y de las aulas a las plazas, y comenzara a aparecer frecuentemente en las pantallas de la televisión. Pero dar a conocer y ser conocido no equivale todavía a tener vigencia, pero es ya un primer paso irrenunciable.
6.- En más de una ocasión, durante su estancia en Cuba, el Santo Padre nos habló del Padre Varela, pero las referencias amplias y enjundiosas las reservó para su visita a uno de los sitios más emblemáticos de nuestra identidad nacional, el Aula Magna de la Universidad, en la tarde del 23 de enero de 1998, junto a los restos del Padre y frente a un nutrido grupo de representantes del ámbito eclesiástico, de las autoridades civiles, incluyendo a nuestro Presidente, el Dr. Fidel Castro, y del mundo de la cultura, en todas sus diversificaciones. Me parece que no hiperbolizo este encuentro si lo califico como uno de los momentos más enjundiosos, como una de las claves de la presencia del Papa entre nosotros. A la luz de lo que dijo el Sumo Pontífice en el Aula Magna, los gestos realizados y las palabras dichas en Cuba, en otras situaciones, encuentran su sentido más pleno.
7.- Después de definir la cultura como "aquella forma peculiar con la que los hombres expresan y desarrollan sus relaciones con la creación, entre ellos mismos y con Dios, formando el conjunto de valores que caracterizan a un pueblo y los rasgos que lo definen", Juan Pablo II nos dijo que "la Iglesia Católica no se identifica con ninguna cultura particular, sino que se acerca a todas ellas con espíritu abierto” y, al proponer su propia visión del hombre y de los valores,"contribuye a la creciente humanización de la sociedad". Afirma luego el Papa que "toda cultura tiene un núcleo de convicciones religiosas y de valores morales que constituye como su alma", para subrayar que "es ahí donde Cristo quiere llegar con la fuerza sanadora de su gracia. La evangelización de la cultura es como una elevación de su «alma religiosa», infundiéndole un dinamismo nuevo y potente, el dinamismo del Espíritu Santo, que la lleva a la máxima actualización de sus potencialidades humanas. En Cristo, toda cultura se siente profundamente respetada, valorada y amada; porque toda cultura está siempre abierta, en lo más auténtico de sí misma, a los tesoros de la Redención". En estas últimas frases descubro el núcleo del discurso del Santo Padre y, creo, la clave de todos sus mensajes en Cuba.
8.- Continúa Juan Pablo II centrando ahora su concepción de cultura, de alma de la cultura y de evangelización de la cultura. Destaca entonces el Papa las raíces y los componentes de la cultura cubana. No podía faltar la mención al Seminario San Carlos y San Ambrosio para llegar, por ese camino, al Padre Félix Varela, a quien llama "piedra fundacional de la nacionalidad cubana", porque "él mismo es, en su persona, la mejor síntesis que podemos encontrar entre la fe cristiana y la cultura cubana". Menciona su ejemplaridad como habanero, patriota y sacerdote, así como su fuerza renovadora, en la Cuba del siglo XIX, que se proyectó sobre los contenidos de la educación cívica y los métodos pedagógicos de la enseñanza científica, filosófica, jurídica y teológica. Explicitando el legado de Varela, el Papa recuerda que él fue quien primero habló de independencia política de España y de democracia en estas tierras, así como de las exigencias que demanda ese proyecto, "el más armónico con la naturaleza humana". Demanda:-a) "personas educadas para la libertad y la responsabilidad, con un proyecto ético forjado en su interior, que asuman lo mejor de la herencia de la civilización y los perennes valores trascendentes, para ser así capaces de emprender tareas decisivas al servicio de la comunidad";-b)"que las relaciones humanas, así como el estilo de convivencia social, favorezcan los debidos espacios donde cada persona pueda, con el necesario respeto y solidaridad, desempeñar el papel histórico que le corresponde para dinamizar el Estado de Derecho, garantía esencial de toda convivencia humana que quiera considerarse democrática." El Papa recuerda entonces que, para el Padre, la independencia política de España era todavía un ideal inalcanzable, pero que esta convicción no lo paraliza, sino que le mueve a realizar lo que estaba a su alcance en orden a la consecución de tal meta: "formar personas, hombres de conciencia".
9.- En el caso del Padre Varela, añade Juan Pablo II, "la motivación más fuerte, la fuente de sus virtudes", fue su "profunda espiritualidad cristiana (...)buscar la gloria de Dios en todo". "Esta es la herencia que el Padre Varela dejó: —nos dice el Papa— "el bien de su Patria sigue necesitando de la luz sin ocaso que es Cristo. Cristo es la vía que guía al hombre a la plenitud de sus dimensiones, el camino que conduce hacia una sociedad más justa, más libre, más humana y más solidaria". No deja de recordar el Papa que "la antorcha que, encendida por el Padre Varela habría de iluminar la historia del pueblo cubano, fue recogida (...) por José Martí (…) profundamente democrático e independentista, patriota, amigo leal aún de aquellos que no compartían su programa político (...) hombre de luz, coherente don sus valores éticos y animado por una espiritualidad de raíz eminentemente cristiana".
10.- El Papa, conociendo nuestro pluralismo religioso e ideológico y despojado de todo afán hegemónico, reconoce que en Cuba ya se da "un diálogo cultural fecundo" y anima a todos a proseguir por este camino para "encontrar una síntesis con la que todos los cubanos puedan identificarse, (...) consolidar una identidad cubana armónica que pueda integrar en su seno sus múltiples tradiciones nacionales. La cultura cubana, si está abierta a la Verdad, afianzará su identidad nacional y la hará crecer en humanidad". En este diálogo debería estar incluida la Iglesia ya que ella, como las instituciones culturales del país, desea "servir al hombre, cultivar todas las dimensiones de su espíritu y fecundar desde dentro todas sus relaciones comunitarias y sociales". La pastoral de la cultura, imprescindible en la vida de la Iglesia, debe desarrollarse "en diálogo permanente con personas e instituciones del ámbito intelectual."
11.-Terminó el Santo Padre su discurso poniendo "de nuevo en las manos de la juventud cubana aquel legado, siempre necesario y siempre actual, del Padre de la cultura cubana; aquella misión que el Padre Varela encomendó a sus discípulos:"Diles que ellos —los jóvenes— son la dulce esperanza de la Patria y que no hay Patria sin virtud, ni virtud con impiedad".
12.- Las palabras de Juan Pablo II en el Aula Magna de la Universidad de la Habana, revestidas por la autoridad intelectual y moral de quien las pronunció, ratifican nuestra convicción acerca del lugar que debería ocupar el Padre Varela en Cuba. No es sólo una persona sobre la que deberíamos, sencillamente, estar bien informados —memoria histórica, lo que no sería de poca monta—, sino es alguien que demanda una vigencia real, en las personas y en el tejido social de nuestro pueblo. No de manera exclusiva, pues hay otros cubanos cuya personalidad y enseñanza también son demandantes de vigencia, pero sí como alguien cuyo lugar se encuentra entre las piedras vivas fundacionales de nuestra identidad. Su lugar no es cualquier lugar, no es un elemento más en la construcción. Es piedra viva fundacional, savia y antorcha. Podríamos, sin embargo, desglosar la vigencia que deseamos, su contenido y sus destinatarios, sin agotar sus posibilidades, y especificar algunos aspectos de la misma que requieren, a mi entender, una mayor atención en la Cuba de hoy. Pienso, sobre todo, en los jóvenes, en los "Elpidios" contemporáneos. No dejemos de tener en cuenta que el nombre “Elpidio” se deriva de la palabra griega elpis, que significa esperanza; Elpidio podría traducirse como hombre esperanzador o esperanzado; hombre de esperanza. El destinatario simbólico de las Cartas a Elpidio, la obra más válida hoy del Padre Varela, es el joven de esperanza: o porque la tiene, o porque quizás sin tenerla, la genera en quienes colaboran en su educación. En este último sentido todos los jóvenes son “Elpidios”, porque sean como sean o estén en donde estén, son susceptibles de crecimiento integral. Esto también nos lo enseña el Padre. Sólo animados por esperanzas múltiples, ante todo en Dios, pero también, de otro modo, en tirios y en troyanos, podremos sintonizar con el Padre Varela.
13.-Al pensar en él y en su legado, destaco, en primer lugar, unido a S.S. Juan Pablo II, la misma persona de Varela y las cualidades que hacen de nuestro sacerdote un hombre poco frecuente en la historia de nuestro país. Fue un sacerdote ejemplar y coherente; en él no se descubren quiebras o contradicciones entre la Fe, la condición humana, la adhesión temprana y sostenida a la espiritualidad propia de la Ilustración católica, el patriotismo razonable, la existencia sacerdotal ejercitada en servicios tan diversos como fueron el estudio, la investigación y el magisterio, la actividad política, el ministerio parroquial y la participación el gobierno pastoral de la Diócesis de Nueva York y, por último, el testimonio de la ancianidad, la soledad, la enfermedad y la muerte, asumidas con serenidad y entereza de ánimo notables. Varela fue ejemplo de sus contemporáneos y lo sigue siendo, porque fue, simultáneamente, un hombre integérrimo, articulado y cercano. Suscitaba admiración y respeto, sin menoscabo de la proximidad y de la simpatía.
14.- Por sus contemporáneos sabemos que no inspiraba temor reverencial. Con él se sentían igualmente bien las personas de grandes vuelos intelectuales o de alta categoría social y eclesiástica, y los hombres y mujeres más sencillos que conoció en La Habana, en España y en los Estados Unidos. Vivió sus realidades compartiendo con todos y de manera tal, confiriéndoles tal sentido y tan tocado habitualmente por el buen humor, que despertaba y despierta la apetencia de ser como él y todo el que se le acercaba percibía que esto era posible. Que requería esfuerzo, que exigía poner en acción todas las facultades humanas, pero que no sería un esfuerzo inútil. La mejor enseñanza del Padre Varela reside, pues, en su manera de ser y de existir y en el aliento, transmitido en su entorno, de ser y de existir como él, lo que no quita valor a su obra escrita, sino que la ensalza con la plusvalía de la coherencia entre obra y vida.
15.- Sin duda, todos conocemos personas que nos estimulan a ser mejores, a cultivar uno u otro aspecto de la existencia humana. Pocas veces, sin embargo, encontramos una persona que reúna armónicamente, en grado tan eminente, las cualidades del Padre Varela. Él es una personalidad demandante de vigencia para los sacerdotes que vivimos nuestro ministerio en Cuba. Deberíamos contemplarlo como él, enraizados en la realidad de Jesús de Nazareth y de Su Iglesia, tal como es, pero en sintonía con nuestro tiempo y lugar y despojados de actitudes pseudo espirituales que poco tienen de cristianas; con la misma amplitud de miras e idénticas generosidad y disponibilidad con que supo contemplar el Padre su sacerdocio diocesano, sin encerrarnos en concepciones tan estrechas, limitadas y deprimidas de "lo pastoral", que podríamos acabar por dejar de ser pastores al estilo abierto de Jesús.
16.- Con relación a los intelectuales, la vigencia vareliana hoy tendría también sus tonos peculiares. Todo intelectual está llamado a ejercer, directa o indirectamente, alguna forma de magisterio. Del Padre Varela los intelectuales cubanos podrían aprender un cierto estilo que supone, ante todo, vivir coherentemente su vocación, con actitud congregante y participativa, sin pedantería, ni distanciamientos elitistas. Lo que el intelectual conoce, debe compartirlo; para eso lo recibe. No debería ignorar que dando lo que tiene, él también recibe. Esta observación resulta enriquecida si tenemos en cuenta la variedad de las cuestiones en las que se ocupó el Padre. Bastaría revisar el elenco de los libros que componían su biblioteca, la que quedó en Nueva York cuando el Padre marchó a San Agustín, debido a su salud quebrantada.
17.- Ya podrían aprender del Padre algunos intelectuales del patio a no ser personas unius libri, de un solo libro, de un solo foco de interés. ¡Qué pobreza la del que se concentra en una disciplina intelectual, de manera tan exclusiva, que ignora todo lo que no sea ella misma! ¿Cómo podrá relacionarse adecuadamente con la realidad y con las demás personas y cómo podrá, incluso, relacionar su disciplina con todo lo que de un modo u otro la afecta? Ya sabemos que hoy no podríamos ser humanistas al estilo de los renacentistas, como lo fueron Juan Picco de la Mirándola, Santo Tomás Moro o Erasmo de Rotterdam. Pero una buena dosis de “cultura humanista” es imprescindible para sustentar con racionalidad una ética sólida, personal y social. Una cosa es elegir un centro focal al que se dedique un esfuerzo preferencial, y otra es abandonar el cultivo de todo lo que enriquece a la persona y le permite integrarse con suficiente equilibrio en el mundo en que vivimos.
18.-Varela estudió, primero, latín y griego; luego, Filosofía y Ciencias; más tarde, Teología y Derecho. Siendo todavía estudiante, enseñó Latín; luego, Filosofía y Ciencias, después Derecho Constitucional. Mientras tanto, continuaba con sus estudios y lecturas de La Biblia, de los Padres de la Iglesia, de los maestros de la Teología católica, de los autores espirituales y de los buenos cultivadores de las letras; tocaba el violín y escribía poesías y piezas de teatro; asistía a conciertos y espectáculos teatrales; participó activamente en los quehaceres múltiples de la Sociedad Económica de Amigos del País y fundó la institución que, con los años, llegaría a ser la Sociedad Filarmónica de La Habana, promotora de la buena música en nuestra ciudad. Por cierto, todo parece indicar que, aunque gustaba de los compositores de óperas románticas de la época, o sea de los inicios del siglo XIX (Bellini, Donizetti, Rossini), su compositor preferido era Ludwig Van Beethoven. ¡Estaba al día nuestro Padre...y no tenía mal gusto! La multiplicidad de intereses continúa presente durante su estancia en Nueva York, aunque en esa etapa el mayor acento estuvo puesto en los menesteres de la Parroquia y de la Vicaría General y en la atención a los cubanos y a las realidades cubanas. O sea, prácticamente, el pluralismo de intereses y de dedicación estuvo presente hasta el final de su vida terrenal, pero no se trataba de una diversidad desparramada, sino de un mundo rico, muy bien articulado en su personalidad equilibrada, cristiana y sacerdotal.
19.- En Cuba hoy, la formación "general" y humanística es sumamente pobre. En épocas pretéritas, antes de los planes de estudio actuales, ya era deficiente, pero ahora la carencia ha llegado a extremos alarmantes, lo cual no es un morbo exclusivo de Cuba; es casi una pandemia. Entre nosotros, que de ello es de lo que nos ocupamos ahora, un joven graduado de la enseñanza preuniversitaria apenas tiene conocimientos elementales de Gramática española, Geografía, lenguas foráneas, Historia de Cuba e Historia Universal y Literatura; nada de lenguas clásicas, Lógica, Filosofía, apreciación artística (musical, artes plásticas, etc.), y muy escasamente acerca de principios cívicos y jurídicos, etc. Adquieren sólo un conocimiento aceptable de ciencias exactas y de tecnología. Posteriormente, quienes acuden a facultades universitarias relacionadas con las Humanidades, pueden adquirir un conocimiento sólido de las disciplinas humanísticas, pero quienes se inscriben en facultades de ciencias exactas o de estudios técnicos, quedan en ayunas con relaciona a la "cultura general" y a las Humanidades. Constituyen esa marea de profesionales universitarios que todos conocemos y que son incapaces de leer un buen libro de otra materia que no sea la propia de su carrera, que ni han aprendido a pensar correctamente con cabeza propia, ni saben expresarse con corrección; que nunca han puesto un pie en un buen concierto, en una función de ópera o ballet, ni se interesan en una pieza de teatro, ni saben discernir cuál es el buen cine del que no lo es, ni son capaces de situar un personaje en su contexto histórico, etc.
20.-.Podríamos añadir, en el proceso de gestación y henchimiento rápido de ese caos del conocimiento intelectual y de la formación existencial, los contravalores aportados, con excesiva frecuencia, por los medios de comunicación, sobre todo por la televisión. Se supone que la orientación del contenido de los medios de comunicación esté en manos de profesionales de la cultura. Vivimos en un país que tiene una política cultural. Sus responsables, en principio, valoran la cultura y no la consideran como si fuese una hierba cualquiera de crecimiento silvestre. Quizás —y lo escribo con pena, con mucha pena— los profesionales universitarios, responsables de la organización de los estudios superiores y de las orientaciones en el ámbito cultural, no se preocuparon debidamente por indagar cuál es la historia, cuál la identidad y qué significa la palabra “Universidad”, esa institución a la que acudimos con más que justificada ilusión al terminar los estudios medios. Ignoran que cuando éstas —las universidades— fueron creadas por la Iglesia, en la ya lejana y tantas veces injustamente menospreciada Edad Media, se dio el nombre de “Universitas Studiorum” —Universidad o Totalidad de los Estudios— a esas, entonces nuevas, instituciones en las que se reunían, articuladas, todas las disciplinas conocidas en el momento, a cargo de profesores capacitados, que se ponían a disposición de los estudiantes. Acudían a las Universidades y a sus profesores, como sin duda acudimos nosotros, como quien busca afanosamente un baño de luz.
21.- La niñez, la adolescencia y la juventud son las etapas de la vida más aptas para adquirir la formación señalada en el párrafo anterior, para formar la sensibilidad, despertar los intereses e introducir en un camino de conocimientos que terminará sólo con la invalidez intelectual o con la muerte. A los padres, a los maestros y a los mismos destinatarios de la educación, que son también sus autoartífices, Varela tiene mucho que decir: con su ejemplo personal en este ámbito y con sus criterios al respecto. Los “Elpidios” de ayer y de hoy, los que deben sustentar a Cuba en pie, deben aspirar a ser genuinamente humanos, condición que nos demanda tener el más amplio abanico posible de intereses y de los conocimientos que enriquecen el espíritu. La formación ética de la conciencia no debería prescindir ni de la estética, ni de los caminos que nos acercan a una mejor aprehensión de la condición humana. Por otra parte, sabemos que Varela deseaba que los “Elpidios” fuesen cristianos sólidos, pues estaba convencido de que la genuina Fe cristiana confiere al hombre su mayor estatura, pero sabía Varela —como hombre inteligente y buen hijo de la Ilustración— que la donación y la aceptación libre de la Fe se sitúan en el diálogo íntimo e inefable entre Dios y la persona humana; que la Fe no se impone, se propone y los que la tienen, como la tuvo él, llamados están a proponerla con la vida y la palabra oportuna, en diálogo respetuoso. No más, pero tampoco menos. Y todos, llegado ese momento de la juventud en el que tomamos la vida propia en mano, responsablemente, deberíamos preguntarnos, con elementos sólidos de juicio, con criterios bien articulados, acerca de la calidad de la propia Fe, si se cree que se tiene, o acerca de ese camino no asumido, si se cree que no se tiene. El Padre Varela no pretende imponer la Fe, pero sí desea que los jóvenes se pregunten con seriedad acerca de ella.
22.- En este ámbito de lo religioso y en la ética, una persona ilustrada, razonable, no puede eludir en Cuba el tema de los sincretismos culturales y religiosos, si tratamos de veras de discernir cuáles son nuestros paradigmas. Y no estoy pensando sólo en el sincretismo católico-africano, sino también y sobre todo en el sincretismo contemporáneo, nacido a la sombra del «todo vale» de la postmodernidad. Es imposible ignorar este tópico al referirnos a la dimensión evangelizadora de la Iglesia y, dentro de ella, muy particularmente al ministerio pastoral de los sacerdotes; pero tampoco lo podemos ignorar al referirnos a quienes en la sociedad cubana tienen responsabilidades culturales, de manera muy especial a los que se desempeñan en profesiones magisteriales; tampoco podemos dejar de tener en cuenta quienes, siendo intelectuales o artistas genuinos, aunque no desempeñen funciones explícitas de magisterio, por el hecho de ser intelectuales o artistas, deben sentirse responsables de la cultura de nuestro pueblo. De la que ya existe y se debe ayudar a crecer, no a involucionar, y de las pseudoculturas o culturas enfermizas, que debemos ayudar a sanar.
23.- El espacio y la naturaleza de este breve ensayo no permiten tratar el tema con toda la amplitud que requiere. Por consiguiente, me limito al señalamiento escueto de la cuestión, tal como la considero. a) En Cuba los dos troncos culturales predominantes son el europeo y el africano. El europeo, primordialmente en su vertiente hispana, nace a partir de la colonización española, pero se prolonga durante todo el tiempo posterior, sea por la inmigración en los primeros sesenta años republicanos, sea por las otras vías de comunicación hasta nuestros días. El tronco africano, de diversas raíces, se deriva fundamentalmente de la importación de esclavos que acompañó casi todo el período colonial. Algunos especialistas prefieren hablar de un solo tronco, el hispano-europeo, y de un injerto, el africano, fuerte injerto, pero injerto, no tronco, valorando que este último es la cultura dominada y el tronco hispano europeo fue la dominante y, que, además, no hubo importación significativa de nuevos esclavos africanos desde poco más allá del segundo tercio del siglo XIX, ni comunicaciones africanas culturales significativas nuevas durante el período republicano, hasta las que surgieron como consecuencia de la Revolución Socialista, o sea, después del año 1960.-b) Sean dos los troncos o trátese más bien de un tronco y de un injerto fuerte, lo cierto es que, probablemente, la realidad que mejor define la identidad cubana actual es el mestizaje; no sólo el mestizaje racial corporal, creciente, sino también, insisto, el mestizaje cultural. El mestizaje cultural incluye, a partir de los troncos primordiales valores y contravalores, así como transiciones religiosas, éticas y estéticas. –c) El sincretismo es una realidad dinámica, nunca concluida, y el resultado de tal mestizaje contemporáneo es, al menos por el momento, sumamente ambiguo. Incluye enriquecimientos, pero incluye también involuciones de todo tipo. Por una parte, fundamentalmente del mundo europeo y norteamericano —injerto añadido desde el siglo XIX—, se esparcen e incorporan, casi inconscientemente, elementos deteriorantes, elusivos, sobre todo en el ámbito de la ética, debido a ese fenómeno difícil de definir, que calificamos como, «New Age», para la que todo vale; por otra parte, componentes de origen africano, en su mayoría no permeados por la racionalidad, o sea, por la Ilustración y la modernidad consecuente, que estuvieron siempre presentes en Cuba, desde el siglo XVI, adquieren una amplitud contagiante y un casi derecho de primacía cultural y religiosa, que no pueden dejar de romper nuestro equilibrio social y, frecuentemente, hasta el mismo equilibrio personal.-d) El resultado en el ámbito cultural, ético y religioso global es realmente caótico, pues por una parte se postula la racionalidad de corte vareliano y la de todos los fundadores de nuestra nacionalidad e identidad, desde los tiempos del Padre Varela hasta la de los gestores de la Revolución actual y, por otra, se promueven contravalores propios de la resurrección pagana del «mundo desarrollado» y de los restos de paganismo y de la irracionalidad que trajeron consigo los esclavos africanos en etapas anteriores a la modernidad.
24.-Me da la impresión de que no existen paradigmas éticos y culturales claramente definidos, ni jerarquización de medios eficaces en la promoción de la ética y de la cultura cubana, que incluiría —evidentemente— los valores de toda estirpe y, según mi criterio, hasta la promoción del mestizaje racial, sin marginaciones, pero que no debería incluir ni la irracionalidad postmodernista, ni los rezagos de la irracionalidad que se han venido arrastrando en nuestro país debidos, primero al hecho de la esclavitud como tal, la más vergonzante de nuestras lepras sociales, y luego a las sutiles y no tan sutiles discriminaciones raciales. El Padre Varela no se expresó muy concretamente sobre este tema, al menos en los términos en que lo juzgamos hoy, pero tanto en sus concepciones filosóficas, cuanto en sus textos de índole legal y, sobre todo, en las Cartas a Elpidio, cuyo título completo —no lo olvidemos— es Cartas a Elpidio sobre la impiedad, la superstición y el fanatismo en sus relaciones con la sociedad, nos aporta sobrados elementos de juicio que, de tenerse realmente en cuenta, nos ayudarían a una mejor conducción de un tópico tan complejo, respetuoso de identidades pero no del libertinaje ético, cultural y religioso. Ello contribuiría a pulir mejor la vigencia del Padre en Cuba hoy, sin las contradicciones kafkianas que encontramos a diario.
25.- En nuestra contemporaneidad vale, pues, el testimonio personal del Padre Varela, su manera de ser y de existir, que nos revela, casi por transparencia, cuáles fueron sus criterios acerca del sentido de la vida y del quehacer humano. Pero entrelazados con su magisterio testimonial, deberían estar vigentes también la actitud y los criterios pedagógicos del Padre, que no pueden faltar en este desglose de la eventual vigencia de Félix Varela para nosotros. No abundo en lo que ya he expuesto en otros ensayos y en lo que otros han escrito con mejor pericia profesional que yo, pero insisto en cuán necesario sigue siendo atender no sólo a lo que se enseña, sino también al cómo se enseña, a la manera de enseñar. Lamentablemente seguimos teniendo muchos maestros, a todos los niveles y en todas las disciplinas, poco capacitados en la materia que enseñan y tan simplonamente repetidores y autoritarios, exigentes sostenidos de una actitud pasiva del alumno, que no pueden ni despertar interés, ni colaborar al desarrollo del entendimiento. El Padre deseó barrer el método del magister dixit, frecuente en una cierta Escolástica decadente de los siglos XVIII y XIX; pues bien, el Padre podría darse un paseíto por nuestras aulas y descubriría muchas actitudes análogas, a más de un siglo de su muerte. Hoy el ejercicio de esa metodología es tanto más irresponsable y censurable cuanto en estos últimos ciento cincuenta años se ha avanzado sobremanera en el conocimiento de la persona, del psiquismo, de los resortes de la comprensión y, en términos generales, de los caminos del aprendizaje. Lo que, en este terreno, se podía excusar todavía en los inicios del siglo XIX, es francamente inexcusable al comenzar el siglo XXI. A la participación activa del alumno en las clases —especie de mayéutica vareliana que sus alumnos tanto agradecieron y nunca olvidaron—, habría que añadir, como una expresión de esa participación activa, la experimentación en el estudio de las ciencias (Física, Química y Ciencias Naturales) que sí se da entre nosotros, aunque quizás no con los niveles deseados..
26.- Otro punto capital en la metodología pedagógica del Padre fue su utilitarismo, o sea, su empeño por enseñar lo que resulta verdaderamente útil, tanto en el orden del pensamiento filosófico, incluyendo en él la ética, como en el del pensamiento científico. Utilitarismo que no se debe equiparar al pragmatismo burdo, pensado en términos de inmediatez y despojado de eticidad. Para el Padre nada es más útil que la búsqueda de la Verdad y la práctica de la Virtud. Es en este horizonte el que se debe colocar el utilitarismo del Padre, empeñado en barrer las cuestiones bizantinas, que sí son inútiles y que tanto contribuyen a apagar el interés de los estudiantes, pues no pueden descubrirles la utilidad para la vida, ya que no la tienen, y razonablemente piensan que no vale la pena dedicarles algún esfuerzo.
27.- El cimiento del aprendizaje reside en aprender a pensar bien, lo que equivale a decir que la responsabilidad cimera del maestro es enseñar a pensar bien, con cabeza bien estructurada y con pensamiento propio. Es el sentido del dictum de Don José de la Luz y Caballero sobre su maestro, el Padre Varela: "Mientras se piense en la Isla de Cuba, se pensará en quien primero nos enseñó a pensar” (o “en pensar”, según otra versión del dictum que no cambia el sentido del mismo). De ahí la importancia concedida por el Padre a la enseñanza de la Lógica, como fundamento de cualquier estudio ulterior, para que el joven estudioso sea capaza de proceder con pensamiento veraz, bien articulado y rectamente dirigido, y pueda llegar así al conocimiento de la verdad propia del estudio en cuestión (científico, filosófico, jurídico, político, teológico, etc.). Tengo la impresión de que este empeño por enseñar a pensar bien, articuladamente y con pensamiento propio no ocupa el lugar debido en nuestra pedagogía contemporánea: ni en la de los «mayores» en el hogar, ni en la de los maestros en los centros de enseñanza.
28.- La metodología pedagógica vareliana también incluía, junto al estímulo por ampliar el campo de los estudios (o, dicho de otro modo, los focos de interés), el señalamiento de las relaciones de diversa naturaleza que pueden existir entre las materias de estudio: concatenación, dependencia en una u otra dirección, condicionamientos de tiempo y lugar, etc. Tampoco veo esta realidad como una adquisición generalizada en la pedagogía cubana contemporánea.
29.- Podríamos preguntarnos razonablemente si los contenidos de las disciplinas que enseñó Varela tienen todavía alguna vigencia. Se impone el discernimiento, pues es cierto que el pensamiento humano, las ciencias y las tecnologías, la práctica política y la experiencia eclesial han recorrido un largo e intenso camino desde los tiempos del Padre Varela hasta nuestros días. Sin embargo, en el terreno de los principios, el contenido de las enseñanzas varelianas acerca de lo religioso —en sí y en Cuba—, de la ética, de la persona, de la sociedad civil, de la Patria, de la valoración de las ciencias y de la experimentación, etc., mantiene su validez. A todos los que tenemos la responsabilidad de enseñar y, muy especialmente, a los sacerdotes, nos convendría un baño nutricio en esas aguas varelianas.
30.- La fidelidad al pensamiento vareliano trae consigo el distanciamiento de toda forma de fanatismo, de idealización o mitificación deformante de la realidad y de pseudo - espiritualismo desencarnado, sin incidencia en la vida concreta. De las actitudes contrapuestas, o sea, de racionalidad y de fe razonable, de sano realismo y de espiritualidad evangélica, la vida de Félix Varela es testimonio y enseñanza y en sus escritos aparecen, esparcidos, mensajes de esta índole, concentrados, sin embargo, con mejor diafanidad, en las Cartas a Elpidio. Estas tres notas tienen vigencia suma en la Cuba de hoy, pues a pesar de las que D. Fernando Ortiz llamara "revoluciones racionalistas", los cubanos seguimos inclinándonos fácilmente al fanatismo, a la mitificación de la realidad y a diversas formas de pseudos - espiritualidad desencarnada, tanto en el ámbito estrictamente religioso, como en el de la vida civil. Por lo general, forman una madeja, se entrelazan: quien, sin dejar de contemplar las mayores alturas, se esfuerza por cultivar una espiritualidad asentada en lo real, normalmente trata de aprehender la realidad aunque ésta no sea de su agrado y mantiene sus actitudes vitales sujetas por una sana racionabilidad. Por el contrario, quien consciente o inconscientemente cultiva el delirio espiritual que ignora la naturaleza, percibe una imagen muy distorsionada de la misma y, fácilmente, cae en cualquier suerte de fanatismo (religioso, político, cultural, etc.)
31.- Para el Padre Varela —y esto no se puede obviar al exponer la deseada vigencia del Padre en la Cuba de hoy— esa espiritualidad capaz de cimentar una existencia humana de manera tal que ésta pudiera crecer hasta alcanzar la mayor plenitud posible, es la espiritualidad católica. Sin embargo, él conoció, trató familiarmente, respetó y admiró a personas que profesaban religiones no católicas y a personas que no profesaban ninguna religión, pero para él las mayores posibilidades de desarrollo humano estaban en el seguimiento e imitación de Jesús en la Iglesia Católica. Dicho de otra manera, en la vivencia genuina de la Fe en el Dios de Jesucristo. Expuso y propuso su pensamiento con humildad y respeto pero, al mismo tiempo, con claridad y firmeza, sin quiebras. Los errores y los pecados de los miembros de la Iglesia Católica, le generaban dolor, pero no «complejos» y, mucho menos, simulaciones en su conducta o en la exposición de su pensamiento. En esto también tiene vigencia el Padre, sobre todo para los católicos. Estamos llamados al diálogo, forma de la caridad fraterna en una sociedad pluralista como la nuestra, frente a cualquier forma de conflictividad religiosa o social. Pero el diálogo supone el compromiso de las partes con la parcela de verdad que poseen y que las posee, así como, la capacidad de escucha, de tomar en cuenta con seriedad el pensamiento del "otro". El mejor aporte que la Iglesia Católica puede ofrecer a la nación cubana en este momento de su historia, es la exposición y el testimonio de la verdad católica acerca de Dios, acerca del hombre y acerca del mundo en el que el hombre vive y se desarrolla, pero con el estilo dialogal que siempre debería asumir y que está integrado en su tarea evangelizadora. De todo ello, el Padre Varela puede darnos lecciones eminentes, sea durante su vida en La Habana, como en su desempeño como Diputado a las Cortes en España, sea durante su prolongada estancia en los Estados Unidos de Norteamérica, principalmente en Nueva York.
32.- Sus convicciones católicas, en nada menguaron su capacidad de comprensión y de tolerancia para con los cristianos de otras confesiones, con los que se sostuvo, incluso, ejemplares polémicas en las que el respeto y la caridad siempre estuvieron presentes. En el ámbito político, si habló de guerra como medio necesario para la independencia política de España, él que no era hombre de violencia, fue debido a la convicción de que ya nada se podría obtener del gobierno español por medio de las vías civilistas; convicción que adquirió en España durante su estancia en las Cortes. Sabemos que su proyecto original no era ni siquiera de independencia, sino de autonomía y que contaba con los medios parlamentarios para obtenerla. Sólo al fallar éstos, postuló la guerra. Me pregunto si ante la naturaleza de las guerras contemporáneas, continuaría postulando la guerra como una solución apropiada al fallar otros medios, o si hablaría de ella más bien como la última de las posibilidades y como una derrota de la persona humana, al no ser otra cosa que la derrota de las fuerzas de la razón a favor de las falsas razones de la fuerza.
33.- Con el tema de la independencia se enlaza una actitud frecuentemente señalada en relación con el Padre. Sea en este ámbito sociopolítico, sea en otros, la constatación de la imposibilidad temporal de aquello que consideraba óptimo, no lo paralizaba; se lanzaba entonces el Padre a lo bueno posible. Por ejemplo, para él la independencia política de España y el establecimiento de un régimen democrático de corte parlamentario era una meta sociopolítica que no creía realizable por el momento; se dio entonces a la tarea de formar —en la medida de sus escasas posibilidades— hombres capaces para asumir la independencia y la democracia parlamentaria cuando llegara el momento oportuno.
34.- En nuestro país, muchos experimentan la imposibilidad transitoria de construir una sociedad de acuerdo con su visión de la misma. Se sienten incómodos en la sociedad cubana contemporánea; querrían otro tipo de organización sociopolítica y económica para la misma, y no ven por el momento el camino de realización de su proyecto. Esto los lleva a una apatía social o al distanciamiento geográfico. La lección de Varela, a mi entender, es otra. Creo que él se preguntaría cuáles serían sus posibilidades de realizar algo positivo, en el seno de su Iglesia y de su pueblo, en la línea de su proyecto, dentro del marco real de la sociedad cubana actual y siempre en actitud dialogal, que no ignora a "los otros"; qué podría sembrar, sabiendo que probablemente no le tocaría realizar la cosecha. Sería éste, según mi criterio, el estilo vareliano de trabajar hoy por el bienestar integral de los cubanos: aportar lo bueno posible, con realismo (que no equivale a conformismo estéril) y, simultáneamente, con visión amplia, abarcadora y ungida por la nostalgia de la futuridad mejor. Los que asumimos la paternidad de Félix Varela, deberíamos seguir, sin ruido pero con tenacidad, ese camino generoso, cuesta arriba y sabio. A lo largo de ese camino nos encontraremos con los cubanos que desean mejorar el proyecto socialista actual, lograr que resulte más eficaz para la consecución del mayor bienestar posible de todos los cubanos. Encontraremos también a los cubanos que estiman que cualquier proyecto socialista ha quedado descalificado por historias recientes y, siguiendo esa línea de pensamiento sociopolítico, se afanarán por el tránsito hacia una sociedad liberal, de corte neocapitalista, con mayores o menores retoques que den cabida al bienestar compartido. Me parece que los dos caminos pueden ser coherentes con una visión cristiana del hombre, de la sociedad nacional y de la sociedad internacional.
35.- No le pidamos al Padre Varela precisiones contemporáneas sobre la polis. El mundo contemporáneo, globalizado, presenta otras oportunidades y otros riesgos desconocidos en la primera mitad del siglo XIX. Pero si buceamos en su manera de proceder y en sus escritos acerca de todo lo relacionado con las realidades sociopolíticas y económicas, no resulta un descubrimiento del Mediterráneo estimar que el Padre deseaba para Cuba —ya lo dije con anterioridad— una sociedad política democrática, participativa, de corte parlamentario, pensada y llevada a efecto por todos los cubanos, actores y no simples espectadores de la cosa pública, ungida en todos sus aspectos por lo que hoy calificaríamos como justicia social. Rechazaba muy explícitamente la esclavitud, o sea, la mayor enfermedad social del momento. Rechazaba, también de manera explícita, toda forma de anexionismo. Recordemos su expresión: “Cuba debe ser en lo político tan Isla como lo es en lo geográfico”. Los medios para realizar tal ideal incluían, ante todo, la ética o virtud (compromiso responsable con la búsqueda incansable de la Verdad, de todas las formas posibles de Honestidad y de las mayores cotas de libertad responsable), así como la formación intelectual seria para los diversos menesteres que la sociedad democrática requiere.
36.- Ya está afirmado en párrafos anteriores de este texto que la construcción de la polis supone, desde siempre, desde mucho antes de la existencia del Padre Varela y con mayores razones hoy, el pluralismo de opiniones en los ciudadanos-actores. Al respecto, ya los antiguos romanos afirmaban “Tot sententiae quot capita” (Hay tantas opiniones cuantas sean las cabezas). El pluralismo político inevitable, bien encarado y nunca disimulado bajo máscaras de unanimidades casi nunca logradas, es una realidad enriquecedora y purificadora, siempre que se viva con espíritu de diálogo franco y respetuoso de las diversas identidades, y con el empeño por la concertación, noble y generosa, de las voluntades concernidas. Con el vocabulario propio de su época, que no es el nuestro, el Padre Varela contempló con inteligencia y virtud esta realidad, rechazando la violencia de la guerra y de las marginaciones sociales a los últimos lugares de las opciones posibles. Su escenario era la mesa de negociaciones, no el campo de batalla, aunque haya llegado a afirmar que la guerra, al fin y al cabo, sería el único camino posible para lograr la independencia política de Cuba con relación a España. Pero como simultáneamente postulaba la preparación previa —no tanto la militar cuanto la capacitación ética y profesional—, para la creación de la república, quizás el tiempo habría corrido en otra dirección diversa a la que de hecho vivimos en la segunda mitad el siglo XIX en Cuba y en España. Porque si los gobiernos coloniales en Cuba nos resultaban impresentables, mucho menos presentables eran entonces los de España, que daban origen a los de su colonia antillana.
37.-Y termino esta reflexión sobre el legado de Varela en el ámbito sociopolítico reiterando —lo repito en muchas ocasiones— que, al Padre, lo imposible circunstancial ni lo paralizaba, ni lo orientaba hacia caminos errados o erráticos, sino que lo estimulaba certeramente hacia lo bueno posible, o sea, hacia lo que conduciría a la obtención de las metas deseadas...Bien cantaba Eladia Blázquez, en su Buenos Aires de 1971, una canción que hago mía hoy y que, me parece, podría haber cantado el Padre Varela, haciéndose acompañar por su violín inseparable, allá por el año 1823, al llegar a Nueva York en el barco “Draper”, cargado de sal y de almendras, una tarde gris, muy lluviosa por cierto: “No, permanecer y transcurrir/ no siempre quiere sugerir honrar la vida./Hay tanta pequeña vanidad/ en nuestra tonta humanidad enceguecida.../Merecer la vida es erguirse vertical /más allá del mal de las caídas./ Es igual que darle a la verdad, /y a nuestra propia libertad, la bienvenida.” Quiera Dios quenuestros Elpidios de hoy, deseen erguirse verticalmente, porque tienen vértebras de acero y de titanio, y no dejen de entonar esta cancioncilla, tratando de hacerlo bien, todo lo bien que puedan... sin introducir ruidos ajenos en el sistema.
Mons. Carlos Manuel de Céspedes García-Menocal.
La Habana, 15 de agosto de 2007.