por Pbro. Alberto Ramírez Mozqueda
Una ocasión una madre llevó a su pequeña hija al doctor, preocupada por su salud. Y al auscultarla, el medico le preguntó a la pequeña si le dolía estómago y dijo que no, si le dolía la garganta y volvió a decir que no, la cabeza, entonces, ¿te duele? Todo fue una constante negativa. Cuando iban de camino a casa, la pequeña le dijo a su madre: ¡Engañé al médico, le dije que nada me dolía!
Ese ¡nada me duele!, quizá sería la actitud de un hombre del tiempo de Cristo que subió al templo con actitud de oración, pero en el fondo no buscaba a Dios sino a sí mismo. No era un hombre malo, todo lo contrario, era un hombre espiritual que se esforzaba por cumplir la Ley y era muy formal para pagar los impuestos o donativos que le exigía su religión, pero su dificultad estuvo en que se creía bueno, seguro de sí mismo y en su inconciencia despreciaba a los demás; él se rezaba a sí mismo y se contaba su historia desde el pedestal de sus virtudes: “Dios mío, te doy gracias porque no soy como los demás hombres: ladrones, injustos y adúlteros…y tampoco soy como aquél hombre…ayuno dos veces por semana, y pago el diezmo de todas mis ganancias…” . Erróneamente él estaba seguro de que si cumplía los mandamientos, Dios tendría que salvarle y premiarle, lo cual quería decir que la salvación no le vendría precisamente de Dios sino de sí mismo. Estaba hablando consigo mismo, no con Dios, aunque lo pusiera como testigo de su bondad y de sus obras. Su plegaria era una acción de gracias pero no por las obras recibidas por Dios sino por sus propias obras. Pero más grave en su oración, era que despreciaba a los demás. Aunque buscaba la perfección, la quería sobre todo para los demás, y encontraba indigno a todos los demás. Era más exigente que Dios, que es perfecto, olvidándose de que Dios prefiere y sabe que el hombre es pecador, pero que no deja de ser su hijo y de invitarlo a reclinar la cabeza sobre su hombro. Él no quería darse cuenta que Cristo busca a la oveja perdida aunque tenga que dejar momentáneamente solas a las otras noventa y nuevo, que sólo los enfermos son los que necesitan de médico, que solo es ensalzado y salvado el que se humilla, que sólo lo que está vacío puede ser llenado por Dios y que sólo el que está tumbado puede levantarse.
En una palabra, aquél hombre estaba tan lleno de sí mismo, que no había ni un lugarcito para que Dios habitara en él. Cuando terminó su oración regresó más lleno de sí mismo pero definitivamente no de Dios.
En cambio, en esa misma hora en que el fariseo, subió también a orar otro hombre, que a la vista de todos y sobre todo del fariseo, era un pecador, un publicano, un colaboracionista de Roma, que cobraba los impuestos para los romanos, pero que siendo judío, se llevaba buenas tajadas para su propio bolsillo. Éste hombre no se atrevía a levantar la vista al cielo, sino que en su interior sólo acertaba a declarar su pecado, su indignidad, su nada, empleando uno de los salmos judíos: “lo único que hacía era golpearse el pecho, diciendo: `Dios mío, apártate de mí porque soy un pecador`”. Éste segundo hombre consideró que ser pecador no es una desgracia, sino un gozo, una profunda alegría, un regreso a los brazos de Dios, quien se goza en salvar a los que no tienen manera de salvarse. ¿Qué hubiera pasado de no haber entrado el pecado en el mundo? No lo sabemos, pero lo cierto es que Cristo se encarnó para salvar a los pecadores, y no pidió nada a cambio. No exigió un precio ni una recompensa. En lo alto de la cruz Cristo no estaba exigiendo nada a nadie, si acaso a su Padre celestial, para que aceptara su sacrificio y poder salvar a la bola de pecadores que somos nosotros. En las palabras y en la actitud del publicano se nota su humildad, su arrepentimiento y su abstención de juzgar a los demás en su corazón. Comienza su camino de salvación, reconociéndose pecador y culpable ante Dios. Él sabía que su única carta de recomendación ante Dios era reconocer su condición de pecador. Se siente pequeño, sin pretender levantar sus ojos, y eso le valió la mirada de Dios, su perdón, su bondad y su misericordia.
Es tiempo ahora, si es que mis lectores me han seguido hasta aquí, para algunas pequeñas consideraciones sobre esta parábola de Cristo, y no preguntaría directamente a mis lectores a cuál de los dos personajes nos parecemos cada uno de nosotros, sino más bien, esa parábola ¿Podría darse hoy en nosotros?
Echando un vistazo a la actitud de los católicos podríamos encontrarnos con la sorpresa de que ni siquiera hacemos oración. No confiamos en ella. Confiamos en la ciencia, en la técnica y todo con la intención de salir beneficiados y pasárnosla lo mejor que sea posible. Vamos al psiquiatra y olvidamos la confesión. Vamos al café para que nos lean la mano y los asientos del café, pero ni se nos ocurre pasar al encuentro con Cristo al momento de la comunión. Se nota que para los católicos el último y casi único contacto con Dios es la asistencia a la misa dominical, pero aún en el momento de la Eucaristía se siente a los cristianos distraídos, pensando en sus propios problemas, o quizá observando a los demás e incluso quejándose de la hipocresía de los que sí se acercan a Cristo eucarístico. A lo mejor acudimos a la Misa para descargar nuestras preocupaciones y nuestros proyectos. A lo mejor la misa se nos ha convertido en una clase de turismo religioso barato, y una oportunidad para encontrarnos con nuestras amistades.
Y no se diga de lo que pensamos de los demás. No seremos muy cercanos al Cristo eucarístico pero sí nos damos el lujo de ver con desprecio y sobre el hombro a los más pobres, a los más mal vestidos, al pobre borrachillo que no acierta a salir de su vicio, a los divorciados, que aumentan en número cada día, a la pobre mujer que tuvo que vender su cuerpo porque tenía que alimentar a 6 chiquillos que le dejó el irresponsable de su marido, al homosexual que no tuvo orientación en su vida afectiva, y no me digas de los que pertenecen a otra religión, los “protestantes” o los Testigos de Jehová que tocan y tocan cada día a la puerta anunciando el Evangelio aunque incompleto o distorsionado. Así podríamos seguir con la lista interminable de los que despreciamos porque no piensan como nosotros los buenos, los que sí cumplimos, los que nos consideramos el sostén y lo mejor de nuestra Iglesia.
¿No será hora de dejar atrás nuestro falso orgullo, nuestra vanidad, el dejarnos ya de ritos vacíos para dar más cariño, más amor, más respeto y más servicio a nuestros hermanos? Nuestra oración, de la cuál necesitamos todos, ¿no tendría que ser el momento de hablar con Dios y no un monólogo, un diálogo con nosotros mismos? ¿Y no sería posible que todo momento de oración nos acercara al final a las necesidades de los más pobres, de los más indefensos, de los que hemos visto siempre como los más despreciables de todos?