Por: Maritza Beato.
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Las tradiciones Navideñas eran parte del patrimonio religioso y cultural de nuestro pueblo, y estaban arraigadas en su memoria histórica. Era la temporada festiva más esperada por los cubanos de la época republicana. Por su aceptación casi universal, la Navidad es la única celebración que impone normas idénticas a gentes de diversas culturas, idiomas y razas.
A pesar de la influencia norteamericana, la Navidad en Cuba se celebraba a la española, por la influencia de nuestros antepasados: con Nochebuena y los Tres Reyes Magos. Eran días mágicos de planeamiento; de compras de víveres y regalos para disfrutarlos con familiares y amigos; del envío de tarjetas postales; de la decoración festiva de nuestros hogares, tiendas, calles y ciudades, rebosantes de luces y colores.
La víspera del 25, la tradicional cena de Nochebuena era la gran ocasión de la temporada. La fiesta comenzaba desde la noche del 23, cuando las madres adobaban el lechón y ponían en remojo los frijoles negros. En la mañana del 24, muy temprano comenzaba el asado en el horno de tierra o en una caja china, sobre una camada de hojas de guayaba, casi siempre a cargo del padre y de los hijos varones. Y esa noche de noches, ¡que magnífica era la mesa que lográbamos preparar!
La cena con lechón, gallinas de Guinea, yuca con mojo, mucho ajo, fricasé de pollo, congrí, plátanos maduros, y ensalada de lechuga y tomate. Todo rociado con sidra o con vino tinto, y complementado con una serie de exquisitos postres: cascos de guayaba con queso blanco; dátiles, nueces, avellanas, buñuelos, y los clásicos turrones de yema, de almendras, de Jijona o de Alicante. ¡Y qué momento más feliz el de la sobremesa, cuando disfrutábamos jovialmente de la compañía de nuestros familiares y amigos, camino a la Misa de Gallo!
El día 25, día de Navidad, la celebración era más bien religiosa, aunque se solía hacer un almuerzo con la "montería", o sobrantes de la noche anterior. Así, una vez más, nos hacíamos partícipes del ritual anual navideño tan universalmente conservado.
En la noche del 31, noche de San Silvestre, despedíamos al Año Viejo y acogíamos al Nuevo comiendo las 12 uvas al filo de la medianoche, entre el resplandor mágico de los fuegos artificiales y la bulla de pitos, matracas y serpentinas. Algunos hasta arrojábamos un cubo de agua supersticiosamente a la calle para despojarnos de los espíritus malignos.
Unos días después, en lugar de Santa Claus, el 6 de enero se celebraba el día de los Tres Reyes Magos, el más esperado por los párvulos. ¿Que niño cubano no anticipó en la víspera, trémulo de excitación, los regalos que le serían obsequiados a la mañana siguiente por los míticos Reyes? Era, sin duda, uno de los días más felices de nuestra infancia.
Desgraciadamente, después del derrumbe castrista de 1959, todo cambió. Las festividades navideñas fueron suspendidas desde los primeros años de la década de los 60's, y el carácter festivo del 25 de diciembre fue eliminado por decreto oficial del dictador a partir de diciembre de 1969, por considerarlo el régimen un estorbo a la principal actividad económica del país, cuando se obligó a la población a sumarse masivamente a la llamada Zafra de los 10 Millones, que resultó un espectacular fracaso.
Cancelada y celebrada clandestinamente por 28 años, la Navidad en Cuba no fue restaurada oficialmente hasta diciembre de 1997, poco antes de la histórica visita del Papa Juan Pablo II a la isla, cuando el tirano Castro, tratando de mejorar su deteriorada imagen ante los ojos del mundo, por medio de otro decreto declaró al 25 de diciembre como día feriado no laborable de carácter permanente.
Pero aunque en los últimos 9 años la Navidad ha sido reconocida por el poder político, la actualidad nacional dista mucho de propiciar un ambiente festivo. El énfasis propagandístico es en el fin de año y en un aniversario más del triunfo de a revolución y no en la fiesta religiosa. La celebración acentúa la extrema desigualdad social establecida con la dolarización de la economía. La escasez de víveres, los apagones, la crisis económica y la indiferencia de los más jóvenes, que conocen la celebración sólo por referencia de padres o abuelos, hacen que la Navidad nunca será igual que antes, y nuestra nostalgia de ella, irrepetible.
Más que una autorización a disfrutar de días de asueto, la Navidad es un estado de ánimo y de fe que sólo se goza en las sociedades libres.