www.palabranueva.net/noviembre de 2007
por Anette Jiménez Marata
Hace unos años la red de comercio nacional adoptó como
una de sus divisas identitarias la expresión Lo mío
primero. La frase (que aparecía en pullovers, gorras y
bolsitas de nylon) tenía como propósito resaltar y
defender los valores territoriales frente a los
foráneos y atraer la atención desde y hacia nuestras
fortalezas. Sin embargo, pese a sus buenas
intenciones, este programa propagandístico recibió el
rechazo de no pocos ciudadanos que se percataron de su
ambigüedad semántica y advirtieron que podía
interpretarse como una loa al individualismo y a la
supremacía del yo frente al nosotros.
Estas perspicaces personas temieron que el egoísmo y
la indolencia encontraran, en esta campaña,
condiciones favorables para su reproducción. Y es que
muchas veces el mayor obstáculo de la dinámica social
cotidiana no es el calor o los problemas del
transporte sino una ley que llega a ser más fuerte que
las acuñadas por la Matemática o la Física: la ley del
sálvese quien pueda.
Esta es una práctica muy común (demasiado diría yo) en
nuestros días: la aplica el individuo que atropella a
una anciana en la parada, con tal de subir a la
guagua, la emplea el vecino que remodela
arquitectónicamente su vivienda, sin tener en cuenta
las posibles afectaciones que producirá, a los
habitantes del edificio, el derrumbamiento de una
pared o la transformación de la puerta de entrada. La
táctica es utilizada también por el vendedor que
cierra el establecimiento público, aun cuando el
horario laboral contradiga su conducta. ¿Será que nos
rigen husos horarios distintos? Debe ser…porque de los
contrario, ¿cómo se explica que las 3:00 pm (en mi
reloj) sean para él las 5:00 pm? ¿O que un viernes
(según mi calendario) le permita adelantar el descanso
dominical? Sí, definitivamente nos rigen husos
horarios distintos.
También se ha hecho habitual que las personas se hagan
“las de la vista gorda”. Este modo de mirar el mundo
impide que algunos conductores de transportes
estatales ofrezcan un adelanto a la estudiante o la
embarazada que les solicita ayuda, y vuelve casi
ciegos a muchos choferes particulares ante el reclamo
de un enfermo que necesita llegar con urgencia al
hospital. Pero ¡oh milagro!, enseguida recuperan la
visión si descubren un billetico inofensivo en las
manos del doliente.
Y ¿qué decir de los padres que educan a sus hijos en
el amor por las posesiones materiales y le inculcan
que prestar sus costosos juguetes, compartir su
merienda o llevar a sus amiguitos en el carro los
rebaja o les afecta su caudal personal? ¡Pobres de
aquellos que sólo cuenten con inmensas riquezas
materiales! ¡Cuánta carencia la de sus vidas!
Las crisis económicas traen consigo crisis de valores
y estos en la Cuba de hoy han sufrido una nueva
jerarquización con la cual, muchas veces, el yo
derriba y atropella al nosotros, ustedes y ellos. Lo
mío es importante pero lo nuestro también. No estamos
en la jungla: todos podemos salvarnos.