Entrevista telefónica concedida a LVC por el P. José Conrado Rodríguez, el 7 de diciembre de 2007 en horas de la tarde, acerca de los hechos ocurridos el 4 de diciembre en la iglesia Santa Teresita de Jesús, de Santiago de Cuba.
Emilio de Armas y Yédica Leal
La Voz Católica
Padre, ¿cómo relata y cómo valora usted lo que sucedió en su iglesia el martes 4 de diciembre?
Me dio mucha tristeza que ocurriera este gravísimo incidente del 4 de diciembre, el día de Santa Bárbara; en primer lugar, porque cualquier uso de la fuerza –sobre todo si es perpetrado por personas que debieran cuidar la integridad física de las personas y el respeto a la ley– es realmente muy grave. Cuando ocurren desmanes causados así, por la fuerza de la autoridad, o ejercidos por la autoridad, es sumamente grave. Al parecer, por las explicaciones que han dado, esto fue iniciativa de algunas personas que no contaban con el apoyo de las autoridades políticas; es decir, no sé si fue cuestión de las autoridades policiales o de ciertas iniciativas de los cuerpos de seguridad, pero eso no lo tengo claro; pero, ciertamente, encuentro muy positivo que la autoridad máxima, que es la autoridad política, se haya desmarcado del proceder ciertamente inaceptable de estas personas o grupos; siempre hay responsables de las cosas, evidentemente, y yo creo que están investigando la situación, pero el que se hayan ya desmarcado de todo esto yo lo considero como algo muy positivo. Por supuesto, los hechos en sí fueron muy tristes, porque ocurrieron en la iglesia, porque da la impresión de que estas personas, que organizaron lo que yo llamé una barbarie terrorista, lo hicieron con la intención de que ocurriera en la iglesia; uno no se explica, uno no sabe por qué fue así, pero parece que fue así. Uno se pregunta por qué, pero los hechos parecen indicar que ese fue el propósito, y como tal propósito, es realmente muy triste, porque la Iglesia hace una labor en todas partes, y aquí, en mi parroquia, igual; es una labor que busca la unidad entre las personas, el respeto a la dignidad de la persona humana, la promoción de la fraternidad, de la concordia entre todas las personas, y estos hechos, evidentemente, niegan todo lo que es el propósito mismo que tiene la Iglesia; no por parte de la Iglesia, porque las autoridades han reconocido abiertamente que la Iglesia no ha sido para nada responsable; ya lo han reconocido y lo han dicho así al arzobispo: que ni yo como persona, ni la Iglesia como institución, han sido para nada responsables; hemos sido víctimas en esta situación. Por otra parte, puede ser que estas personas que lamentaban y estaban sufriendo por el encarcelamiento de un familiar, y que venían a poner una Misa, quizás ellos también se excedieron; alguno de ellos me dijo que no, otros han dicho que sí, que traían carteles por la calle y que hubo gritería, y una situación de discusión muy fuerte, que es previa a lo que después vino, que fue la utilización de los gases y los golpes, y llevarse presas a las personas. Claro, si venían a una Misa, yo creo que no debieron utilizar este tipo de provocación violenta, o de provocación, sabiendo cómo son las cosas, porque aquí no hubiéramos negado en ningún momento celebrar esa Misa por un preso; lo hubiéramos hecho, como hacemos siempre nosotros; no nos negamos a celebrar la Misa por nadie; aquí celebramos Misa y oramos por todo el mundo, es decir, en espíritu de concordia, que es el propio de la Iglesia, que es la intención específica de la Iglesia. Por otra parte, evidentemente, frente a una situación como la que se creó, que fue quizás de alguna manera propiciada por estas personas –son opositores y tienen derecho a hacerlo, pues es una decisión personal de cada uno–, pero después fue ciertamente organizada por estos elementos (que no sabemos quiénes son ni de dónde vienen, como dice el Apocalipsis), que son representantes de la autoridad, pero que han hecho un mal uso de su autoridad, aplastando y después utilizando la violencia… Eso no lo podemos aceptar de ninguna manera, y la Iglesia no es equidistante cuando se dan situaciones en las que unos dan los golpes y otros los reciben: cuando se dan estas situaciones, la Iglesia recibe los golpes con los que reciben los golpes, y a los que dan los golpes tiene que decirles: “Basta; usted no puede hacer eso; usted no debe hacer eso; usted no haga eso”. Y es lo que ocurrió aquí; no nos hicieron caso, pero yo lo dije claramente: “Esto no puede ser”.
Ahora se disculpan las autoridades máximas, y uno lo acepta ciertamente; bueno, pues mira, si ellos se arrepienten, nosotros aceptamos ese arrepentimiento y esas disculpas por lo que se hizo mal hecho.
Yo creo que las autoridades máximas están haciendo investigaciones para deslindar las responsabilidades, lo cual me parece consecuente, porque cuando ocurren hechos así uno tiene que preguntarse quién es el responsable de lo que ha pasado, y a esa persona responsable hay que pedirle cuentas. Yo no pido castigo de nadie, pero sí que se eduque y se oriente a esas personas que tienen autoridad, para que no abusen de su poder más en una situación, en un sistema como el de Cuba, en el que todo el poder está prácticamente en manos del Estado, y de las personas que controlan todo lo que es la existencia y la vida del país, y, con más razón, mientras más poder tienen, más tienen que controlarse y menos pueden ser ellos los que provoquen situaciones como ésta, que después todo el mundo deplora, pero, mientras tanto, pues hacen muchísimo daño.
La otra cuestión es que, sin duda alguna, esto ha provocado mucho temor en las personas. Cuando hay tanto poder por parte del Estado, las personas se sienten muy indefensas frente a ese poder del Estado; y si el Estado, o aquellas autoridades que aparentemente están representado al Estado, provocan una situación como ésta, lo que se produce es –digamos así– una ola de temor más, de terror, y es lo que yo he observado en feligreses en estos días: por ejemplo, los niños que tenían que preparar las escenas de Navidad… Hay varios que no han venido; hemos ido a visitar a las familias; nos han dicho claramente: “Tenemos miedo de que vayan a golpear, o de que vaya a ocurrir una situación como ésa”. Y eso es muy grave; eso es sumamente grave; y eso el Estado tiene que tenerlo muy en cuenta, y que no se repita, porque después se quiere –como me decía, en esos mismos momentos en que estaban ocurriendo esas cosas aquí, la persona que se me presentó como autoridad, que era el teniente coronel no sé quién, porque ni me acuerdo del nombre que me dijo–, que yo tenía que salir a decirle a la multitud aquella –que muchos eran espectadores, pero los otros estaban allí dando los golpes y dando los gritos–, que yo tenía que decirle que la Iglesia y el Estado se llevaban muy bien, y que no había problema entre la Iglesia y el Estado… “Le pongo como ejemplo lo que está ocurriendo en este momento”, fue lo que yo le dije. “¿Usted quiere que diga eso, y al mismo tiempo que diga que el ejemplo es lo que está pasando?”… No se puede; estas cosas no pueden ocurrir.
¿Alguna de las personas que fueron detenidas en el momento en que ocurrieron los hechos, se encuentra detenida todavía?
No; gracias a Dios, ésa ha sido la mayor alegría que yo he recibido ayer, cuando las autoridades se disculparon y también le comunicaron al señor arzobispo que todas las personas han sido puestas en libertad; yo creo que eso también es un gesto muy positivo, que no debió haber ocurrido que las llevaran presas, pero me alegro mucho que las hayan puesto en libertad, y felicito a las autoridades que tomaron esa decisión realmente sensata.
Nosotros hablamos de la confesión, siempre decimos que hacen falta condiciones para la confesión: el examen de conciencia, el dolor de los pecados, la confesión de los pecados, el propósito de enmienda y cumplir la penitencia, son las 5 condiciones para una buena confesión; entonces, si ellos han reconocido que ha habido un error gravísimo, y que ellos han asumido, eso hay que felicitarlo; yo creo que también tiene que ir acompañado de un propósito de enmienda, es decir, que estas cosas no se repitan, y –que te conste– que el que no se repitan depende de que se les dé una clara conciencia a las autoridades, tanto a las policiales como a la seguridad del Estado, como a la que sea, a cualquiera que sea autoridad, de que no pueden violar los derechos de las personas, no pueden utilizar la autoridad que tienen para –digamos así– reprimir con violencia a las personas. Yo creo que eso es sumamente importante, y que llegue también el momento en el que todo el mundo reconozca que las personas tienen el derecho a pensar diferente, de expresar sus opiniones; eso es el principio fundamental para una buena convivencia ciudadana: no todo el mundo piensa igual; entonces, el que no piensa igual, ¿tiene que callarse porque la mayoría piense de otra manera? No dar un espacio para que la gente sea lo que es y diga lo que piensa, y poder expresarse o pueda disentir, ¿eso es legítimo?
Padre, ¿dentro de Cuba ha habido información sobre estos sucesos? La prensa cubana –la prensa escrita, la radio, la televisión– ¿han dado alguna información sobre lo que sucedió?
No, ninguna información; o sea, esto no es conocido en Cuba salvo, por supuesto, comentarios orales que suelen suscitarse en estos casos. En este momento, toda la ciudad de Santiago de Cuba sabe qué ocurrió; con todos los aditamentos que le pone cada cual; han dicho que yo estoy preso; han dicho que yo provoqué el incidente; han dicho que fue la Iglesia la que comenzó; han dicho cualquier cosa; no ha habido una sola nota de prensa para decir la verdad de los hechos.
O sea, la retractación o el reconocimiento, por parte de las autoridades cubanas, de que fue una acción indebida y que lo lamentan, ¿eso no se le ha dado a conocer a la población cubana?
No, para nada; ha habido reuniones de barrio de los comités de defensa [de la revolución, CDR] en las que incluso han dejado las cosas muy oscuras; no han aclarado nada; evidentemente, ellos están investigando; han llevado a la gente a Versalles [oficinas de la seguridad del Estado] para interrogarlos, y la gente se ha mantenido muy clara y muy firme; no nos vamos a conformar con sólo palabras: nos vamos a conformar con un diálogo verdadero y real, en esta patria que es de todos y no de algunos, haciendo comprender a las autoridades lo que es y no es aceptable.
¿Cuál era –si pudo usted apreciarlo– la cantidad de personas que estaban manifestándose a favor del preso político, y la cantidad de personas que fueron a reprimirlas?
En ese momento pude identificar como atacadas a unas 10 o 12 personas; unas señoras que estaban vestidas de negro… Todo fue tan atropellador y tan desagradable… Porque, ciertamente, la gente de paz no está hecha para ese tipo de cosas, y yo soy un hombre de paz aunque tengo la boca “dura”, porque digo lo que pienso; yo soy un hombre de paz… Esto me afectó muchísimo.
¿Cuál sería, pues, la proporción entre el grupo de los agredidos y el de los agresores?
El grupo de los agredidos eran 18 o 19 personas, por lo que después supe; el grupo de los agresores –es decir, cuando digo agresores, era la policía vestida de policía, la policía vestida de civil, ex combatientes vestidos de civil, y [agentes de la] seguridad del Estado vestidos de civil, y se podían identificar porque había más de 20 carros, entre carros de policía y de la seguridad acordonando toda la zona, y trajeron una guagua [ómnibus] llena de gente para reprimir– eran 200; alrededor de 200 los que reprimieron, y eran alrededor de 18 o 19 los reprimidos… Las personas que estaban mirando no sé cuántos serían, pero a mí me pareció que eran alrededor de 500 personas las que había, de las cuales una gran parte, que estaban en la acera del frente, se veía que estaban con los brazos cruzados, mirando, escuchando y mirando, muy asombrados de lo que estaba pasando… Y los que gritaban, los que daban, en fin, los que se abalanzaban, eran un grupo relativamente grande; después me dijeron que eran alrededor de 200; los espectadores ocasionales, los reprimidos, no sabían a qué atenerse; no recibieron ayuda externa; estaban asustados; no sabían lo que estaba pasando; había alrededor de 5 mujeres, niños, y hasta un niño con problemas locomotores. Yo acababa de llegar del Cobre, de una reunión de sacerdotes, y cuando oí los gritos salí despeinado, sin lavarme la cara y sin medias; me le acerqué a un policía, un tal “Chino” Carbonell, jefe de la policía, y le pedí que me dijera quién era la autoridad máxima; entonces, el teniente coronel que se identificó como autoridad me dijo: “Yo le pongo esto malo”, si yo no cooperaba con esa “pachanga terrorista”. Él me pidió que fuéramos a hablar a mi oficina, y yo le dije que en la iglesia no tenemos oficina, que lo que tenemos es un almacén lleno de tarecos, porque llevamos cinco años esperando la autorización del gobierno para arreglar el salón parroquial, que está a punto de caerse; está ruinoso; han venido inspectores y dicen que es peligroso; tiene ocho apuntalamientos; llevamos cinco años esperando autorización; y no por falta de recursos. Fue un diálogo de sordos, pues él estuvo atacándome y “cuqueándome” [provocando] todo el tiempo; esto fue hecho con la mala intención de implicar a la Iglesia.
Los familiares del preso salieron del parque La Alameda, cerca del puerto, hacia la catedral, donde se les unieron más personas; después subieron por la calle Aguilera hasta la Plaza de Marte, y de ahí hacia la iglesia; se quiso implicar a la Iglesia; yo tengo muchas preguntas que hasta el día de hoy no tienen respuesta; todo el barrio estaba afuera, pues era el día de la fiesta de Santa Bárbara y uno de los siete barrios que componen la parroquia es el de Santa Bárbara; esto fue a propósito, porque los familiares del preso caminaron toda la cuidad sin problema, hasta que llegaron aquí; no dejaban que nadie entrara o saliera de la iglesia; éstos fueron hechos que el mismo pueblo reprueba; estaban muy disgustados. La Misa de 4:30 p.m. con el arzobispo se llenó; la gente fue a apoyarme hasta con niños, venciendo el temor… Es muy consolador ver el apoyo de las personas; hay que vencer muchas cosas; la gente ha dado un paso al frente; la gente sabe que yo no causé esto, sino que soy una víctima más. El arzobispo me comentó que qué Misa tan bonita, que qué fervor había en la gente.
¿Cómo es que en un país hay una manifestación política donde los manifestantes recorren 25 o 30 cuadras, y la policía ataca frente a una iglesia? ¿Por qué decidieron que fuera aquí? Todos los 28 de octubre se celebra la fiesta de San Judas Tadeo y no pasa nada.
Ayer vino uno de los familiares del preso a pedir disculpas: que la intención de ellos nunca fue de violencia ni de perjudicar a la Iglesia. Hay muchas personas preocupadas de que si el templo fue profanado… ¿Qué más grande profanación que la de un ser humano, que es hijo de Dios… La profanación de personas indefensas? “El sábado se hizo para el hombre, no el hombre para el sábado”. Si profanamos el templo y las personas, estamos perdidos. Las autoridades tienen que tener claro esto: si se van a dar golpes, la Iglesia estará recibiendo los golpes con los que reciben los golpes, y diciéndoles a los que están dando los golpes: “No puede hacerlo; no debe hacerlo; no lo haga, porque este otro es tu hermano también”; o sea, la Iglesia no es espectadora que se cruza los brazos; no puede serlo; por eso esto no es una cuestión, digamos, de que yo protesto porque me han utilizado la iglesia para dar golpes: no, yo no protesto sólo por eso; yo protesto porque se estén dando golpes a personas, y porque se esté utilizando la violencia, cuando tenemos que buscar otros caminos; tenemos que encontrar otros caminos que no sean el camino de la violencia, que en el fondo impide que las personas vivan con dignidad y con libertad… Es el derecho que todo hombre tiene a pensar y hablar sin hipocresía, como dijo José Martí: ahí está la clave del asunto; ésa es la clave del asunto.
¿Tiene usted algún mensaje en especial que LVC pueda trasmitir a todas las personas que aquí, y en otros muchos lugares, han seguido estos acontecimientos, y se preocupan por la Iglesia de Cuba, y por sus feligreses?
Yo quisiera dar las gracias a todas las personas que se han interesado; quisiera darle las gracias a la prensa… Yo no he podido recibir mucha atención, pero, por las llamadas que me hacen mis amigos de España, de Estados Unidos... de muchas partes me han llamado, yo veo que se han enterado a través de la prensa, y que la prensa ha sido muy eficaz en dar el aporte que tiene que dar la prensa: de ser honesta, de decir la verdad, de decir lo que pasa, y también, de esa manera, te evita que los males de este mundo crezcan, porque eso ayuda a que todo el mundo tome conciencia, y que se vea que por ahí no se puede caminar, y entonces yo quiero darles las gracias a la prensa, y a las personas que se han interesado dentro y fuera de Cuba; me han llamado diplomáticos, embajadores de distintas naciones, gente humilde, sencilla, de aquí de la ciudad, de todas partes de Cuba, sacerdotes y religiosas; ha habido una respuesta, una reacción que yo agradezco profundamente. Por supuesto, la comunidad cubana del exilio también; muchísimos amigos que se han hecho eco de otros amigos, que están rezando, que están preocupados, y eso anima y ayuda, y al final yo creo que lo importante es que todos somos cubanos: tenemos que entendernos, tenemos que encontrar esos caminos de diálogo, de reconciliación, de fraternidad; superar los abismos que hemos podido nosotros mismos fabricar, por las torpezas de los seres humanos, los avatares de la historia… Las personas que están hoy no son responsables de lo que pasó ayer, y lo que pasó ayer fue fruto de lo que pasó antes de ayer, pero lo que no podemos es seguir cargando con los fardos de la incomprensión, de la violencia, de la intolerancia, de la falta de comunicación y de diálogo, y buscar salir de situaciones que nos dañan a todos y afectan nuestra humanidad, que afectan nuestra cubanía... Tenemos que salir de eso, tenemos que al fin encontrar un camino diferente, y aunque lleve tiempo y aunque sea por trozos, pero tenemos que llegar hasta allá. Yo les pido a los cubanos fuera y dentro de Cuba que hace falta mucha oración, porque hay muchos corazones que hay que cambiar; hay que aprender a respetarse y a mantener la cordura en casos difíciles; apelar a la humanidad de la otra persona: si todos nos guiamos por el “ojo por ojo”, todos nos quedaremos ciegos.