por Monseñor Carlos M. de Céspedes GARCÍA-MENOCAL/Fuente: www.palabranueva.net
INTRODUCCIÓN
1.Con frecuencia, a modo de oración, que no deja de ser disfrute y reposo interior, me gusta repasar los himnos latinos de nuestro Antiguo Breviario. Quizás sea “cosa de viejo” –eran los textos con los que orábamos cuando éramos jóvenes–, pero lo cierto es que me dicen más que los que nos ofrece hoy nuestro Breviario castellano. Del himno de Laudes de la Solemnidad de la Transfiguración de Nuestro Señor Jesucristo, tomo algunos versos para iniciar y contextuar con ellos mi reflexión de hoy. Lux alma, Iesu, mentium, /Dum corda nostra recreas, /culpae fugas caliginem, / et nos reples dulcedine./ Quam laetus est, quem visitas! /Consors Paternae dexterae,/ Tu dulce lumen patriae/ carnis negatum sensibus./ Splendor Paternae gloriae, /incomprehensa caritas,/ nobis amoris copiam /largire per praesentiam. Del himno de Vísperas, tomo también en préstamo una estrofa: Quaecumque Christum quaeritis,/oculis in altum tollite;/ illic licebit visere / signum perennis gloriae.
2. Traducidos aproximativamente al castellano, sin el vuelo poético que tienen en latín y que yo deseo poder alcanzar, estos versos de Laudes significan: Luz nutricia, Jesús, cuando vuelves a crear nuestros corazones, pones en fuga las tinieblas y nos llenas por completo de dulzor. ¡Qué bien alimentado está aquél a quien visitas! Copartícipe de la derecha del Padre, Tú, dulce luz de la Patria, negada a los sentidos de la carne! Resplandor de la gloria del Padre, amor incomprendido, concédenos, por tu presencia, la abundancia del amor! Y el verso del Himno de Vísperas: De cualquier modo que busques a Cristo, dirige los ojos hacia lo alto; allí mismo, sólo allí, te será posible ver el signo de la gloria perenne.
3.Quisiera ser capaz, también, de imitar, adecuadamente, los Strômata (Tapices, mantas, colchas armadas con retazos de variado aspecto, tapetes de la misma índole, propios para un banquete, etcétera), género literario muy socorrido que cultivaron los filósofos griegos y algunos Padres de la Iglesia, sobre todo los del ámbito helenístico, cuando querían agrupar en una sola obra temas de diversos géneros, extensos o no, sin necesidad de sujetarse a un plan estricto, pero sumamente profundos y articulados entre sí. Simbólicamente, así como los retazos diversos se integran en el todo de la pieza en cuestión, entretejidos por hilos sutiles; así también las reflexiones variadas de los textos incluidos apuntan hacia el todo de una antropología cristiana o de una visión cristiana de la sociedad civil y de la Iglesia. Los hilos sutiles son imprescindibles para la imbricación o articulación. Quien no los perciba, tendría la impresión de estar ante las piezas desordenadas de un rompecabezas. Este género literario ha sido bautizado también como Pradera, Banquete, Panal de Miel. Me quedo con el primer nombre citado, Strômata”. Cambios en Cuba, conversión, Eucaristía y Navidad son los retazos con los que intentaré coser mi strôma –colcha, tapiz, manta o tapete–, que no llegará a ser ni siquiera como la sombra de una sombra en relación con los de los filósofos y los Padres de Alejandría en el siglo ii.
CAMBIOS EN CUBA
4. ¿De qué cambios se trata? Pues de todos los cambios graduales y posibles, en todos los ámbitos, para que la Casa Cuba sea, en verdad, hogar para todos los cubanos que aspiramos a mayores cotas de participación responsable y de bienestar integral. La gradualidad excluye la imprevisión, la brusquedad, la improvisación y tantas otros modos de actuar que no suelen dar buenos resultados; pueden dar lugar a profusión de injusticias debidas a la precipitación y, con frecuencia, generan heridas y lastimaduras de diverso orden, difíciles de sanar. Por otra parte, el adjetivo posible excluye lo que resultaría imposible para nuestra realidad limitada, e incluye, en sí mismo, también la gradualidad ordenada y una cierta velocidad moderada y respirable. No la quietud absoluta, el empantanamiento, pero tampoco la carrera atolondrada que corta la respiración y mata. En ninguna sociedad que requiera cambios de diversa naturaleza, se puede pensar en realizarlos todos al mismo tiempo, simultáneamente. Ni con ritmos inalcanzables por la misma realidad que se desea cambiar, ni por la media de la población que los debe asumir, asimilar e interiorizar para que sean efectivos. No se podrían establecer los cambios desordenadamente, sin articulación, sin los hilos que conectan y cosen. Resultaría un caos. En hebreo equivale al tohû wabohû anterior a
la acción creadora de Dios, según el Génesis (1,1). Los judíos helenizados de Alejandría, en el siglo i o en el ii a.C., tradujeron la expresión como àóratos kaì ‘akataskeúasto (invisible y vacía o desordenada, sin aparejo) Los cristianos de occidente, del norte de Africa y del sur de Europa, allá por los siglos iii y iv d.C. tradujeron la expresión al latín como inanis et vacua (sin contenido o sin sentido y vacía). En buen castellano, creo que podríamos traducir como informe o confusa y vacía o desierta. La creación entera, antes de la intervención de Dios, era la Nada innombrable y gris. La creación continuada, en el tiempo, está en manos de las personas humanas. “Causas segundas”, diría un buen filósofo o teólogo escolástico, ya que la Primera y Trascendente será siempre Dios, Trino y Uno, el único Dios vivo y verdadero.
5. Ningún cubano de buena entraña y que se precie de serlo desea una Cuba caótica, desordenada, sin aparejos ni sentido. Vacía de luz y de contenido nutricio. Reducida a la Nada, porque las personas que vivimos en Cuba no nos ocupemos razonablemente de ella. Los cambios en Cuba, acerca de los cuales se ha hablado tanto en los últimos meses, no pueden ser reducidos a “cosas”, llámense estas estructuras de poder, reorganización de la economía, sustitución de responsables de algunos sectores de la administración pública, etcétera. Pueden y deben contener todo eso, pero no se pueden reducir a ello. Deberían realizarse, los que hubiere que realizar siempre con una óptica integral. Me parece que la cuestión de base para abordar los cambios con ese acierto es antropológica, ética y estética. Y me parece que a ésta, a la triple dimensión que he mencionado, se debe llegar para que los cambios no sean meros parches. La filosofía social marxista-leninista- stalinista que ha sustentado los últimos cincuenta años de nuestra historia republicana padeció los errores y las confusiones que no sólo en Cuba, sino prácticamente en todo lo que conocimos como “el bloque soviético” deterioraron la calidad de la vida humana, aunque no dejó de tener éxitos en algunos sectores, desarticulados con relación a lo más íntimo de la Persona. Así, con mayúscula. Aquel edificio se desplomó. Pero por razones de Historia y de carismas personales, Cuba sigue en pie. Maltrecha en algunos aspectos, desgarrada en otros, pero en pie. Con muletas, pero en pie.
6. Desde ese mantenerse en pie, contra viento y marea, a pesar de sus deterioros, la Casa Cuba, el hogar que soñamos, nuestra nostalgia de futuridad, es posible. El momento actual nos demanda una revisión efectiva, tarea en la que todos tenemos una responsabilidad. No es cosa de unos sí y otros no. Es cosa de todos sí. El debate acerca del pasado puede ayudar, pero creo que ya no es lo más importante. Se ha discutido mucho y se ha tironeado a nuestra Isla desde todas partes. Ya la cuestión está por delante, en el futuro, en la Casa que los ancianos podríamos dejar a los más jóvenes o... podríamos no dejar, si nos enfrascamos en cuestiúnculas personales y en pases de cuenta acerca de la faltas de luz que, por razones y por sinrazones, nos han afectado la visión imprescindible para ver la realidad. Si la llegamos a ver y sólo si la llegamos a ver, seremos capaces de su re-creación, mejor que de su restauración. ¡Tengo tanto miedo a las restauraciones en este ámbito, que no es el de la arquitectura, sino el del tejido social!
CONVERSIÓN
7. No se trata, pues, de defender una parcelita, un rinconcito que considero mío, una opinión o juicio personal; mucho menos de levantar trincheras interiores y erigir tribunales, pasar cuentas y lastimar. Se trata de reconstruir la Casa, que es de todos. Es nuestra. Ese esfuerzo común y razonable, a mi entender de persona humana y de cristiano y sacerdote por añadidura, nos está pidiendo un cambio, pero ya no sólo un cambio “de las cosas”, de las situaciones, de las estructuras, sino y sobre todo de las PERSONAS, del mundo interior de cada uno de nosotros. Es lo que, con lenguaje bíblico neotestamentario, solemos llamar metágnoia o metágnosis, y que, a falta de mejor palabra en castellano, solemos mantenerla como metanoia o traducirla como conversión. Si este fuera el lugar para un análisis histórico-lingüístico, nos daríamos cuenta de que la noción griega encierra una riqueza que trasciende el mero cambio exterior e interior. Los incluye, así como también el arrepentimiento, pero involucra el pensamiento, la afectividad y la voluntad efectiva de realizar el cambio, de ir por la vida por una ruta nueva. O sea, de llevar a la realidad el cambio mediante un compromiso existencial integral y, para ello, poner los medios adecuados. A nivel, quizás, sólo individual, san Ignacio de Loyola, en el Libro de los Ejercicios, pensaba en esto cuando nos propone la Meditación de los “tres binarios”, para concluir que sólo los del tercer binario son personas convertidas: los que se proponen un cambio en su vida, saben elegir los medios adecuados y los ponen en práctica a costa de todos los esfuerzos posibles. Aquí se trata de, hombro con hombro y pie a tierra, constituir un “ejército nacional” de hombres y mujeres del tercer binario!
RACIONALIDAD Y FE RELIGIOSA
8. Vivimos en Cuba, una sociedad pluralista. Un diálogo o debate nacional, que convoque y se proponga comprometer a todos los cubanos, creyentes de diversas confesiones y no creyentes, deberá asentarse en la racionalidad inclusiva y ecu-ménica. Pero, en el caso de los creyentes, todos tenemos una visión de la vida y de la sociedad articulada por los contenidos de la Fe que se profese. En este terreno, los católicos y los demás cristianos de diversas confesiones solemos tener no sólo puntos de contacto derivados de la racionalidad común, sino identidades articuladas por los contenidos de nuestra fe común en la Santísima Trinidad de Dios, en la Salvación operada por Jesucristo Redentor y por la gracia que deriva de Él y en la acción del Espíritu de Dios, alma de la Iglesia y fuente renovada y renovadora de su fidelidad y de su energía fraterna. Para los católicos, los ortodoxos, los anglicanos y para algunas confesiones protestantes, en el centro de todo ello, como misterio salvífico y sustento, canal místico de comunicación con la intimidad de la Santísima Trinidad, está la Eucaristía. Para nosotros es el centro de la Iglesia y de nuestra vida personal, la Eucaristía “hace” la Iglesia y hace nuestra existencia cristiana. En ninguna situación la Iglesia es más Iglesia que cuando se reúne en torno a la Palabra de Dios y al Pan y el Vino consagrados y compartidos; ni el cristiano es más cristiano que cuando forma parte activa de la asamblea eucarística, de la Misa.
EUCARISTÍA Y EXISTENCIA CRISTIANA
9. Ante todo, me parece importante que no olvidemos los cristianos que nos nutrimos de ella, que la Eucaristía es una realidad única, cuyos componentes están intrínsecamente articulados. Recurriendo a la casi siempre socorrida terminología escolástica, me atrevo a decir que en sí, quoad se, son indivisibles; solamente podemos separarlos con relación a nuestra comprensión, quoad nos sapientes. Por consiguiente, si multiplicamos la temática en torno a la misma, es por razones de sistematización conveniente para nuestra pobreza humana. Simplemente, para que podamos contemplarla desde diversos ángulos, ninguno de los cuales agota su realidad integral que, además, en su
esencia, es luminosamente misteriosa, o sea, trasciende nuestra comprensión racional por el exceso de luz que ella posee y que nuestros ojos del espíritu son incapaces de percibir en toda su intensidad.
10. Engarzada con todos los componentes de la existencia cristiana, la evangelización es la razón de ser y la realidad englobante y totalizadora de la vida de la Iglesia. Bajo ese sustantivo, evangelización, queda incluido todo lo que la Iglesia cree, celebra y realiza en actitud de fidelidad y obediencia amorosa al mandato de Jesús, el Hijo único de Dios Padre y Su único Mediador con relación a nosotros, las personas humanas; consubstancial con el Padre y el Espíritu Santo, que conjuntamente nos envían. Esto equivale a decir que si Jesús fundó la Iglesia en el momento cumbre de la Historia de nuestra salvación, lo hizo con los ojos puestos en la instrumentalidad de la misma con relación a la Redención del género humano, Redención que completa la obra de la Creación y nos empina el ser por encima de nuestras posibilidades naturales. La ins-trumentalidad de la Iglesia comprende el anuncio de la persona de Jesús y de Su mensaje; de la vida, muerte y resurrección de Jesús y del camino que Él nos reveló para que llegásemos a alcanzar toda nuestra estatura humano-divina posible. Ahora bien, la instrumentalidad de la Iglesia no se limita al anuncio, a la proclamación; su razón de ser abraza también, de manera igualmente sustancial, el sostén en el camino, el estímulo para el crecimiento y la actualización –siempre instrumental– de la Historia de Salvación. En el cumplimiento de esta misión, la Eucaristía ocupa el centro. Es el Sacramento, o sea, el signo eficaz, el signo que realiza lo que significa, a todo lo largo de la historia humana: Jesús presente, entregándose por todos nosotros y por nuestra salvación, propter nos omnes et propter nostram salutem, en todas las circunstancias que jalonan la historia de los hombres. Si toda la economía sacramental hace presente a Jesús en el corazón de la existencia humana, o sea, evangeliza, la Eucaristía lo hace de modo eminente.
11. Los Sacramentos y, con ellos, la Palabra, son las realidades que edifican la Iglesia histórica, de formas cambiantes, pero de núcleo inmutable. Conjuntamente, dada la estructura sacramental de la Iglesia, son memorial celebrativo del misterio pascual de Jesús cuyos actores son, simultáneamente, el propio Jesús y sus discípulos, es decir la Iglesia, Cuerpo Místico de Cristo Cabeza, indisolublemente unidos como lo están en el cuerpo humano vivo la cabeza y sus miembros. En esta estructura sacramental de la Iglesia, si el Bautismo celebra y significa el acceso a la vida verdadera que nos regala el Padre, por el Hijo, en el Espíritu, la Eucaristía celebra y significa la corona de esa comunicación inaudita de la vida de Dios, Uno y Trino, a la persona humana. Ella, más significativamente que los demás Sacramentos, hace presente a Jesús –y por Él a la Santísima Trinidad– en los
ámbitos históricos en los que la Iglesia se encarna, siempre a modo de Sacramento, ad modum Sacramenti. Y si evangelizar es, ante todo, hacer presente a Jesús, entonces la Eucaristía es fuente y al mismo tiempo cima de la misión evangelizadora de la Iglesia.
12. Tomás de Aquino, reflexionando acerca de la estructura sacramental de la Iglesia y, en particular, acerca del Bautismo y de la Eucaristía, llega a afirmar que el Bautismo encuentra su pleno sentido en la Eucaristía y que, a su vez, ésta resulta imposible sin la cimentación en la gracia bautismal. No olvidemos que en la historia de la Sacramentología y de la pastoral sacramental, el Bautismo, la Confirmación y la Eucaristía eran Sacramentos que se administraban conjuntamente, como rito de iniciación a la vida cristiana, rito que conservan las Iglesias orientales y que en la occidental conservamos por el momento para la iniciación de los adultos, después de un adecuado catecumenado. Por consiguiente, el misterio eucarístico, genuinamente vivido por los creyentes, está en el corazón de la misión de la Iglesia que, en principio, todo cristiano debe asumir en coherencia con los compromisos y gracias derivados de su iniciación a la existencia cristiana.
13. La dimensión evangelizadora de la Eucaristía, así concebida, se realiza en tres “espacios” o “momentos”: –en el “antes”, propio de la preparación espiritual y cognoscitiva en orden a la participación adecuada en el Sacramento; –en el “durante”, propio de la celebración litúrgica; –en el “después”, propio del compromiso evangelizador existencial. Para que esta dimensión evangelizadora se cumpla, es consecuentemente necesario que la catequesis previa sea la adecuada, que la celebración litúrgica despliegue su riqueza simbólica y que el compromiso existencial tenga muy en cuenta tanto la realidad misma de la Iglesia, cuanto la realidad del mundo en el que la Iglesia debe encarnarse, con el estilo de Cristo Cabeza, ad modum Christi capitis, no como estrategia derivada exclusivamente de cálculos humanos, apuntalados por la sociología, la sicología, las ciencias de la comunicación, etcétera. Y actuar eclesial y socialmente al modo de Cristo, nos introduce en el clima de la proposición, del diálogo fraterno, no de la imposición. La convivencia de los cristianos en una sociedad pluralista, como es nuestro caso, no debería dejar de tener en cuenta tanto la racionalidad común entre todos las personas, como la obligación de mostrar el Cristianismo que nos anima por transparencia de las personas cristianas y de la Iglesia que nos congrega, así como el servicio de proponer a la libertad responsable de todos el camino de Jesús como lo que es, el único que nos conduce a la plenitud del Ser.
14. La Eucaristía, lejos de separarnos del mundo en el que los hombres y mujeres se juegan su existencia, de las realidades sociopolíticas, económicas y culturales, es en sí misma y con relación a nosotros todos, un estímulo para reconocerlos y amarlos e ir a su encuentro con ánimo fraterno, sin ignorar las ambigüedades propias del momento en cuestión. Sin abandonar la actitud de discernimiento inteligente y valorativo, no la del discernimiento frío y legal del juez distante, sino la del discernimiento enraizado en la persona de Jesús y en los valores propios de Su Evangelio, discernimiento que acerca, congrega y salva. El distanciamiento congelado y el catastrofismo son realidades que en nada se avienen con la realidad de la existencia cristiana y, por ende, de la Eucaristía y con nuestra
participación consciente y responsable en la misma. Quien no ama y comprende –sea con el discernimiento señalado más arriba–, no se acerca al otro y, consecuentemente, es incapaz de evangelizar, o sea, de hacer presente –con su persona y palabra, penetradas por la luz de Cristo– la noticia buena, la única íntegramente buena, que no en balde la conocemos como Evangelio, con mayúscula. La pretensión de evangelizar en el distanciamiento y sin el amor discerniente es una contradicción en los términos, es un absurdo teológico y espiritual que, en el mejor de los casos, conduce a la esterilidad pues, ordinariamente, a lo que conduce es al engendro de monstruosidades. Lamentablemente, la historia nos puede ilustrar con algunos ejemplos.
15. Porque se trata de un sacramento, o sea, de una acción litúrgica eclesial y no simplemente de un acto de religiosidad individual, la Eucaristía fortalece nuestra inserción eclesial y nuestro compromiso evangelizador para con las realidades terrenales en medio de las cuales nos jugamos la vida cotidianamente. Si nuestra participación en la Eucaristía se realiza adecuadamente, la inserción en la Iglesia y el compromiso evangelizador para con las realidades terrenales no se limita a los aspectos formales y externos. Nos conduce a la esfera de la vida mística y se traduce en un incremento del amor a la Iglesia, del afecto eclesial, que debería vertebrar siempre nuestra participación en las tareas eclesiales y en las que, a falta de mejor palabra, llamaría extraeclesiales, incluyendo en estas la condición de fermento, sal y luz en el seno de nuestra sociedad temporal.
16. Por otra parte, resultaría imposible reflexionar acerca de conversión y de cambios de diverso orden, en los que todos deberíamos ser actores, si en el cimiento no se articulan estrechamente el amor a Cristo, a Su Iglesia y al “mundo” en el que la Providencia amorosa de Dios nos ha colocado. Casi está de más recordar que el amor a la Iglesia y a nuestro pueblo no se equipara a la ceguera frente a los errores y a los pecados de una y otro, que deberíamos saber reconocer y, siempre que nos sea posible, corregir; pero sí incluye la benevolencia y la comprensión a la hora de formarnos el juicio acerca de los mismos, siempre desde la conciencia de pertenencia y no de otredad. Para nosotros, esta Iglesia que peregrina en Cuba, y nuestro pueblo cubano, con sus luces y sus sombras, sus aventuras, venturas y desventuras, son nuestra Iglesia y nuestro pueblo.
17. Con motivo del XLV Congreso Eucarístico Internacional, celebrado en Sevilla del 7 al 13 de Junio de 1993, la Comisión Teológica designada ad hoc elaboró un documento titulado: Christus Lumen Gentium. Eucaristía y Evangelización. Dicho extenso y rico documento propone las siguientes razones de la centralidad evangelizadora de la Eucaristía y a ellas me remito hoy: -a) Porque es centro del Evangelio, ya que en el Evangelio aparece relacionada con la Pascua de Jesús, acontecimiento capital del Evangelio (cf. narraciones de la Institución, Mt. 26, 17 –25 y lugares paralelos); -b) Porque es el centro de la Iglesia, ya que en la Iglesia no hay otra acción tan fundante y referente como ella; -c) Porque es el centro de la vida del cristiano, ya que toda comunidad cristiana y todo cristiano personalmente considerado, refieren su vida rítmica y existencialmente a la Eucaristía; en ella se concentran y articulan los gozos y esperanzas, los logros y las frustraciones, y en ella la vida misma encuentra su sentido abriéndose a la existencia teologal; -d) Porque es el centro de la misión plena de la Iglesia, ya que en ella se expresa y realiza – siempre ad modum liturgicum – la misión cultual y celebrativa (Liturgia), la misión pastoral (Comunión) y la misión real (Justicia-Caridad); -e) Porque es el centro del itinerario sacramental, ya que la Eucaristía resume las etapas sacramentales que jalonan y sellan la existencia cristiana y por medio de ellas el cristiano realiza y expresa su incorporación ontológica al misterio de Cristo y de Su Iglesia.
NAVIDAD
18. Escribo estas líneas en los días finales del Año Litúrgico, después de haber celebrado la Solemnidad de Cristo Rey y disponiendo ya el meollo del alma y del corazón al tiempo de Adviento, a la celebración de la Inmaculada Concepción de la Virgen María y de la Natividad de Su Hijo, Nuestro Señor Jesucristo. Si bien es cierto que la celebración eucarística cotidiana nos sitúa de manera “evidente”, con la evidencia de la Fe, ante el Misterio Pascual, de muerte y resurrección redentoras, no es menos cierto que la contemplación de este Misterio no puede dejar de incluir el Misterio de la Natividad de Jesús, concebido en el seno de la Virgen Madre. Hace pocos días (10 de noviembre), celebramos la memoria de san León Magno, Sumo Pontífice desde el año 440 hasta el 461, del que casi me atrevo a afirmar que fue el más importante de los papas del siglo v. En esos mismos días nos correspondió referirnos a él en las clases de Patrología en el Seminario. Timoneó la nave de la Iglesia en medio de enormes dificultades, internas y exteriores. La palabra oral y escrita fue uno de los recursos para ejercitar su pastoreo, cuya característica más eminente fue, quizás, la moderatio. En más de una ocasión, en sus cartas y sermones que conservamos, aludió a esta imbricación entre Eucaristía, Misterio Pascual, Navidad y Virginidad de María.
19. Las celebraciones navideñas nos reunirán otra vez, no sólo en la celebración litúrgica, sino también en las celebraciones familiares y en los encuentros amistosos. Estos no deberían dejar dormida la nostalgia de esa futuridad de efectivo amor fraterno creciente, tantas veces mencionada, no sólo en el ámbito de la comunidad eclesial, sino extendido a todos los hijos de nuestro País, sin que las dificultades apagaran el impulso para esforzarnos en esa dirección. Los argumentos humanos en contra de tal impulso, deberían desplomarse ante nuestras convicciones acerca del poder de la gracia actuante. En esos días y siempre. Estas consideraciones que hoy comparto no deberían permanecer solamente en el ámbito de las convicciones intelectuales, sino que se deberían proyectar sobre toda la existencia contemplada y vivida dentro del clima de la Fe, la Esperanza y la Caridad. Clima presente siempre, pero renovado, rejuvenecido en las celebraciones de Adviento y Navidad y en la aurora de un Año Nuevo, que deseo sea para todos, realmente Nuevo.
CONCLUSIÓN. BREVE RECAPITULACIÓN
20. Reconozco que con frecuencia, por querer abarcar demasiado, ser explícito y dar razón de mis opiniones, puedo dificultar la compresión de lo que escribo. No sé si en este Tapiz que les acabo de ofrecer, las suturas y los hilos engarzadores se perciben con claridad. En resumen, lo que he tratado de exponerles es que en Cuba se habla de cambios de todo tipo. Y eso está bien, siempre que tengan algunas cualidades. Además, sostengo que de poco valen los cambios y no tendrían estabilidad suficiente, si no vienen sustentados por un movimiento de participación y conversión general, que siempre se apoya en la humildad y en la racionalidad del espíritu de concertación y de diálogo. Para los que tenemos Fe cristiana, la conversión es ante todo una renovación de nuestra fidelidad al camino de Jesús, que se sustenta por Su Gracia, cuyo canal más ordinario es la estructura sacramental de la Iglesia, de la cual la Eucaristía cotidiana es su signo más evidente. La ya inminente celebración de la Natividad del Señor nos abre a la contemplación de Su rostro, a la reiteración del amor fraterno como norma suprema de las relaciones humanas y a seguir adelante, sin desmayos, por Su camino. Aunque éste, ya lo sabemos, pasa no sólo por el pesebre de Belén, sino también por el Calvario y la Resurrección. Pero no hay otro que nos conduzca a la mayor estatura humana a la que podemos y debemos aspirar.