jueves, 10 de enero de 2008
por Yarelis Rico Hernández/ www.palabranueva.net

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Hijo de la humildad
A Olallo no le interesó la gloria; de hecho, nunca la buscó. Desde los 15 años emprendió una obra infinitamente piadosa y humanitaria que sólo perseguía aliviar el dolor ajeno. Sus afectos caritativos se volcaron de manera especial en los hijos de Camagüey, donde el recuerdo y la imagen del humilde religioso trascendieron los siglos, empeñándose en permanecer vivos, necesarios, imprescindibles…

No seríamos justos si intentáramos citar, uno por uno, los hechos por los cuales Camagüey conserva hoy con devoto amor el nombre y la memoria de José Olallo Valdés. Quizás, el más mencionado o conocido resulte aquel que relata la actitud compasiva asumida por el Siervo de Dios ante el cadáver del General mambí, Ignacio Agramonte y Loynaz. Se dice que con su propio pañuelo limpió cuidadosamente el rostro ensangrentado del patriota, ante los ojos asombrados de militares españoles y simpatizantes del bando colonialista.

Por supuesto, la labor de Olallo, por intensa, por escribirse diariamente, por sucederse sin pensar en tiempos ni distinciones, no encuentra espacio perfecto en una hoja ni en la más amplia o abarcadora biografía. Siempre se correría el riesgo de omitir detalles, olvidar hechos, cometer errores…

¿Quién es, en esencia, este hombre, a quien los camagüeyanos veneran; al que le ruegan para que alivie o sane a los enfermos; al que siempre han tenido como santo?

¿Cuánto de grande pudo hacer en vida para que aún hoy, a más de cien años de su muerte, su ejemplaridad sea motivo para una noticia en la prensa, una poesía en la literatura o razón suficiente para algo tan sencillo y sentido como nombrar una calle o una plaza?

Es preciso, importante, llegar al hombre que “la masa común –vox populi– que no entiende de estructuras teológicas ni especulaciones escolásticas, pero intuye el valor de las personas, captó, concibió y expresó a su modo la virtud y el apostolado de su Padre Olallo”1.

Héroe de la caridad
José Olallo Valdés murió el 7 de marzo de 1889, en la ciudad de Puerto Príncipe (hoy Camagüey). Tenía 69 años. Hacía entonces 54 que ejercía como enfermero, luego Prior, y siempre como humilde sirviente en el hospital de San Juan de Dios de la localidad. Se consagró al cuidado del enfermo, del necesitado, del más marginado, olvidado y pobre de los seres humanos cuando apenas era un adolescente. A los 15 años de edad decidió profesar en la Orden de San Juan de Dios y dedicar su existencia a sanar cuerpos y salvar almas.

Nació en La Habana, un 12 de febrero de 1820. A la vida llegó sin el placer siquiera del calor de una madre, quien le abandonó a las puertas de la Casa Cuna de San José de La Habana. Por ese entonces, la muerte de un pequeño tras otro llegaba a convertirse en un hecho cotidiano en las casas de beneficencia, lo que de se guro conmovió su alma generosa. Tantas angustias y su infinito deseo por remediarlas, debieron haber propiciado su temprana decisión de hacerse religioso hospitalario.

Apenas profesó, y marchó hacia Puerto Príncipe debido a la gran epidemia de cólera que diezmaba la población. En el hospital de San Juan de Dios de esa ciudad, se esmeró para servir a los enfermos como legítimo enfermero, abnegado religioso, humilde, complaciente y cuidadoso hombre de bien. Era, pese a su juventud, y según los testimonios de la época: “el Alma Mater del Hospital”.

Pero la epidemia de cólera de 1835 fue solo el primer peligro de muerte que enfrentó. Una brava adolescencia sirvió, únicamente, como prólogo a una vida que no anduvo en reparos para servir a Dios. Olallo apostó por una existencia consagrada al dolor humano, y se brindó a morir todos los días en la cruz junto al enfermo que agonizaba durante noches enteras. Asumió con humildad las más desagradables labores como botar orinales sucios, lavar paños ensangrentados y cargar cadáveres.

A los treinta y seis años lo nombraron Enfermero Mayor del Hospital de San Juan de Dios, pero el título sólo serviría para identificarlo ante sus superiores y autoridades de la localidad; para los pacientes y para quienes requirieron de su asistencia, era él, desde hacía mucho tiempo, el mayor y más consagrado enfermero. Así le describe Juan Torres Lasqueti, bienhechor del hospital por esa fecha: “De carácter bondadoso, dulce y afable por naturaleza, y de verdadera vocación para el desempeño de sus funciones hospitalarias, vive exclusivamente dedicado al cumplimiento de la fatigosa tarea de enfermero mayor, que no descuida ni de día ni de noche, sin dejar por eso de atender, curar y proporcionar hilas y medicinas a cuantos enfermos pobres y necesitados acudan a su celda en solicitud de sus auxilios (…)”.

Durante los 54 años que permaneció en el hospital camagüeyano, mantuvo su fidelidad a la Orden de San Juan de Dios, primero como súbdito, luego superior responsable, y los 13 últimos años de su vida como único hermano religioso de la comunidad en Cuba y América. El relato escrito da cuenta que solía mortificar su cuerpo con ayunos cotidianos e indispensables vigilias, las que prefería pasar junto a la cabecera de los moribundos.


Fray José Olallo Valdés se consagró
al cuidado del enfermo,
del necesitado, del más marginado,
olvidado y pobre de los seres humanos.
A ellos dedicó su existencia desde que era
un adolescente.


Otro testimonio de la época, bajo la firma del doctor D. Emilio L. Luaces y recogido por Francisco de La Torre en su biografía El Padre Olallo, refiere que el humilde religioso, luego de visitar a los enfermos y ofrecerles toda clase de auxilios, “enseñaba a leer y a escribir a los niños pobres de la barriada, en una escuela que tenía en el mismo hospital de San Juan de Dios”. Justo allí, en su hogar de siempre y con la entrega de todos los días, Olallo enfrentó brotes de viruela, fiebre amarilla y repetidas escenas de cólera morbo.

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Fotografía en traje civil del padre Olallo
realizada pocos días antes de su muerte.


A través de sus enfermos servía a Dios, y para ofrecerles una mejor asistencia, llegó a prepararse como cirujano, farmacéutico y dentista. Su pureza sin límites le convertía en el más respetuoso y comedido de los hombres, al punto de acatar conel mayor respeto todas las órdenes, no importaba de donde
procedieran. Solo una no acató jamás: Olallo intercedió con firmeza en nombre del Amor para oponerse a la disposición de no ofrecerle atención a los heridos que llegaban espontáneamente al hospital o conducidos por la policía sin previo conocimiento de las autoridades. Dijo que no aguardaría autorización alguna para salvar la vida de un desgraciado estando en sus manos, que él siempre cumpliría con su misión, aunque después hicieran con él lo que quisieran.

Fue, quizás, pobre de sueños; pero grande por hechos y virtudes. De ello pudo cerciorarse el señor arzobispo de Santiago de Cuba don Martín de Herrera, cuando conociendo las virtudes del hermano hospitalario, le propuso ordenarlo como sacerdote en poco tiempo. El humilde siervo, sin reparos, aunque cortésmente, le respondió que no era digno de tan alta distinción y prefería seguir con sus enfermos a quienes consagraría la vida.

Camino a la inmortalidad
“Ya el justo descansó. Fue su existencia admirable poema de heroísmo. Alma nacida al borde de un abismo, pura escapó de la atracción sombría, y a regiones de entera transparencia elevó su fe sincera y pía.”2

Hasta poco antes de morir se le vio sobreponerse a sus dolencias para atender y cuidar del prójimo, ya fuese pobre, esclavo o extranjero, en el mismo sitio de dolor y miseria donde, por épocas, llegaron a amontonarse en patios y pasillos doscientos y más enfermos, de los cuales morían más de 30 diariamente. Para cada uno de ellos, Olallo era unas veces el enfermero que luchaba por sanarlos y ofrecerles la mejor atención médica posible; y otras, las más, el religioso devoto que le ayudaba a morir en paz. No pocos le reconocieron como un ser iluminado ante el sufrimiento extremo. Algunos identificarían en él la paz de Dios, la ligereza y el dinamismo de los ángeles.

Porque su pueblo lo tuvo desde entonces como un cristiano con virtudes heroicas y le vio desempeñar acciones virtuosas con extraordinaria prontitud, facilidad y placer, con motivos supranaturales, decidió acompañarle en su última travesía terrenal. Su entierro se convirtió en una verdadera manifestación de duelo de todas las clases sociales de Camagüey. Las personas a las que había entregado su vida colmaron las calles para darle el último adiós. Una alfombra de flores abrió el camino hasta el cementerio.


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Momento en que Monseñor Adolfo Rodríguez firma las Actas finales de la Documentación del Proceso Diocesano antes de su envío a Roma (1990).


La prensa de la época se hizo eco de la triste noticia y sus principales titulares exaltaban las virtudes del enfermero consagrado, el fiel religioso, el varón justo. Le identificaban como modelo de la piedad, cual culto ferviente de un espíritu divino. El periódico El Pueblo reflejaría en sus páginas: “El Padre Olallo es de esos seres que al abandonar la vida dejan tras sí esa luminosa estela de bondad sublime, piadosa compasión, de inmaculada virtud, exenta de todo egoísmo, sin mancilla de hipocresía”.

Después de cumplirse cien años de su muerte, el recuerdo de fray José Olallo Valdés permanece fuertemente arraigado en el pueblo cama-güeyano, junto a la santidad de su vida y la confianza en su intercesión. Su tumba, erigida por el pueblo, es visitada diariamente por sus devotos, quienes además de sus oraciones, colman de flores su lecho.


En marzo de 1989, al celebrarse el centenario de la muerte del siervo de Dios, un celoso grupo de laicos, junto al señor obispo de Camagüey, monseñor Adolfo Rodríguez Herrera y hermanos de la Orden Hospitalaria de San Juan de Dios en Cuba, manifestaron su deseo de iniciar y llevar a cabo el Proceso de Canonización del padre Olallo; también ansiaban que se volviera a establecer en esa provincia una comunidad juanina.

Para marzo de 1990 se abriría el Proceso Canónico Diocesano, y un año más tarde se daba a conocer la Promulgación del Decreto de Aprobación por parte de la Congregación para la Causa de los Santos. El regocijo se hizo mayor con la apertura en la ciudad de Camagüey del Hogar de Ancianos Padre Olallo, dirigido por los hermanos hospitalarios. La Orden –gracias a Dios– retornaba a la región.

Para quien marchara “detrás de la inmortalidad sin presentirlo ni apetecerlo”3, para aquel que “prefirió entregarse todo entero al que gime en el lecho del dolor y la miseria”4, era, y es ésta, la gloria que premia su santidad en la tierra.

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Monumento funerario levantado
por suscripción popular dedicado
al padre Olallo en el Cementerio Municipal de Camagüey.

Fue fray José Olallo Valdés un hombre que, encerrado en su hospital, irradió calidad de vida humana y trascendencia divina a la sociedad de su tiempo, de modo que, todos con él sanaron un poco.

Así quisiéramos que fueran nuestros médicos, enfermeras, auxiliares…, conscientes y constantes, “patólogos y sociólogos”, educados y educadores, humanos y espirituales.
-No fue médico, pero su experiencia clínica, su amor al enfermo y su experto bisturí sanaron a cientos que, agradecidos, le acompañaron en su entierro.



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- No fue educador titulado, pero los niños y los adultos que se acercaron a él aprendieron “lo bueno, lo grande, lo infinito”, al decir de un testigo ocular.

- No fue político, pero sí patriota; lo demuestra el hecho de haber recogido con toda veneración al Mayor General Ignacio Agramante y haberle rendido honores como héroe de la patria, en situación política tan comprometida.

- No fue sacerdote, aunque se lo propuso el señor obispo, por no abandonar a sus enfermos; sin embargo, todo el pueblo lo llamó Padre.

- No fue predicador, aunque el eco de su ejemplo aún resuena en Camagüey.

- No hizo milagros en vida pero todos lo tenían por santo

H. Manuel Cólliga OH
Camagüey, 12 de febrero de 1989





Referencias
1 De La Torre, Francisco. El Padre Olallo. Un Cubano Testigo de la Misericordia. Barcelona, 1994.
2 “Corona Fúnebre”, dedicada a la memoria del inolvidable Padre Olallo. Puerto Príncipe, 1889.
3-4 Tomado de un mensaje inscrito en una de las lápidas que identifican el Monumento al Padre Olallo, en el Cementerio Muncipal de Camagüey.
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