lunes, 28 de enero de 2008
www.palabracubana.org/Periódico ecuménico cubano - Miami, Florida, enero de 2008


Palabras del P. José Conrado Rodríguez en el servicio religioso ecuménico cubano celebrado en la Catedral Episcopal de la Trinidad, en Miami, el 20 de enero de 2008 con motivo de la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos

Queridos de Hermanos y Hermanas:


Altar de la Catedral Episcopal
de la Trinidad, en Miami




Me siento profundamente honrado pro haber sido escogido entre los hermanos para predicar en este día tan especial. Porque siento como el menor de todos, y de alguna manera que Dios que, que escoge lo pequeño de este mundo y lo pobre de este mundo lo que es nada a los ojos de este mundo así me ha me ha escogido a mí para que les diga en esta tarde gris y sin embargo luminosa lo que Dios, nuestro Señor, habla y quiere decirnos a nosotros, cristianos de tantas iglesias, la inmensa mayoría cubanos, pero ciertamente hombres y mujeres que buscamos la verdad y la justicia.

El signo que tenemos católicos, protestantes, judíos, es el de unidad. Ir juntos del brazo para que el mundo reciba la buena noticia del amor.

Aquí estamos reunidos todos no para discutir precedencias, sino para compartir en la oración las fe que todos tenemos.

El Evangelio de hoy nos presentaba a Juan el Bautista qe sabía perfectamente que él no era el Mesías pero que señaló a Jesús diciendo “He ahí el Cordero de Dios , el que quita el pecado del mundo” Esa es la vocción de todas nuestras iglesias. Esa es la vocación de cada cristiano miembro de cualquiera de las iglesias: señalar a Jesús.

La Iglesia no es un fin en sí misma, las iglesias no son fines, son medios para que Cristo sea la presencia en el mundo y para que cada hombre y cada mujer de este mundo sea salvado por la gracia bendita de Dios de la que nos hablaba la lectura de San Pablo a los Corintios.

Pablo deseaba la gracia y la paz, anunciaba la gracia y la paz a la comunidad de Corinto. Él sabía bien que esa gracia y esa paz venían del Señor Jesús. Monseñor Román se ha referido al introducirme a una realidad de que el mundo debe ser despertado. A esta realidad de los cristianos somos un pequeño grupo, que entre la masa de gente que aún habiendo sido bautizada o teniendo algún tipo de signo religioso en su vida o vínculo con alguna iglesia, sin embargo, todavía no ha cambiado su corazón, no se ha convertido. Esa es nuestra misión.

Continuamente convertirnos a Jesucristo, continuamente convertirnos al Evangelio, y continuamente anunciar la salvación que nosotros mismos hemos experimentado. Eso fue lo que le pasó a los apóstoles. Andrés y Juan fueron a buscar a sus hermanos: “Hemos visto al Mesías y se los queremos decir Ellos fueron estos cuatro hermanos, fueron los primeros apóstoles del Señor.

Nosotros somos como ellos, no somos el Cristo, somos los servidores del Maestro, somos los discípulos del Señor.

Mis queridos hermanos y hermanas solo si ponemos a Jesús en medio podremos nosotros cumplir con la misión que Dios nos ha encomendado. Solo cuando Jesús sea el centro de nuestras preocupaciones, el motor de nuestras acciones, el objetivo último de nuestros actos solo cuando Él llene nuestra vida, nuestro corazón, nuestro pensamiento, nuestro amor, nosotros seremos lo que realmente debemos ser.

Hace muchos años un gran amigo, obispo de la Iglesia en estos momentos en Cuba, –él era sacerdote, estaba estudiando en Roma– se encontró a la Madre Teresa de Calcuta. Le dijo: “Madre, soy sacerdote de Cuba, por favor rece por nosotros, rece por Cuba”. La Madre Teresa se le quedó mirando con esos ojitos brillantes, amorosos y le hizo una sola pregunta: “Padre, ¿tienen la cruz?” El sacerdote dijo: “Sí, Madre, tenemos la cruz”. Ella dijo: “No necesiten que yo rece por ustedes”. La oración es fundamental, pero Dios muchas veces nos muestra y nos demuestra su presencia con la Cruz.

Sufrir por Cristo ha sido a lo largo de la historia el signo de los verdaderos cristianos. Seguir a Cristo hasta la cruz ha sido el objetivo de la vida, de la acción, de la preocupación, de la lucha de los verdaderos cristianos. No hay lugar Cristo sin cruz. Misteriosamente, quizá tampoco haya cruz sin Cristo.

Por eso, mis queridos hermanos y hermanas, todos hemos sufrido. Nuestro pueblo ha vivido una experiencia dura, difícil, triste, pero quizá nos ha faltado fe para descubrir que el Señor nos estaba llamando. Pienso que lo que han hecho en el exilio estos hombres de Dios, que son los líderes espirituales de esta comunidad, es un regalo para ustedes y para nosotros.

No sabemos, no conocemos los caminos de Dios. Nuestros caminos no son uss caminos muchas veces, nuestras sendas no son sus sendas. Tenemos que que aprender a despertar como decía Monseñor Román para que nos despertemos unos a otros, para que podamos comunicar la salvación de Dios.

Es lo que Cuba necesita. Lo decimos con nombres diversos, pero al final, la libertad sin Dios se convierte en libertinaje, la prosperidad sin Dios se convierte en egoísmo, al final, aun la justicia que no nace del amor se convierte en odio.

Necesitamos fe, ese es el despertador. Creer de verdad. Porque como decía San Juan Bosco, tengan fe y verán lo que son milagros.

Queridos hermanos y hermanas, apenas hace un mes yo vivía una experiencia que creo que todos conocen. Fue un día muy amargo para mí. Pienso que muchas veces como a Jeremías me ha tocado alzar la voz porque realmente no soy enemigo de nadie, de ninguna institución, ni de ningún gobierno. A mí no me define la palabra “contra”, en todo caso me define la palabra “por”, como a Jesús. El hombre para los demás, sin embargo, ver el odio, tocar con mis manos y ver con mis ojos como podemos ofender, abusar de los demás, los poderosos de los indefensos, los armados de los desarmados, los que tienen un uniforme de los que no lo tienen, aquellos que tienen todo el poder frente a los que no tienen ningún poder. Un momento muy triste.

Mañana es el Día de Martín Luther King, ese gran hombre de este pueblo y de esta iglesia cristiana de los Estados Unidos. Ese hombre que cambió la historia con lla fuerza del amor. Porque hay un antes y un después de Martín Luther King. Leí una carta que él escribió –no recuerdo los detalles, no he podido preparar mucho, mis libros están en Cuba, ustedes saben– una carta fuerte a un pastor que lo ausaba de “político” y él se defendio muy bien. “No aspiro a nada, pero la justicia es de Dios y cuando defiendo al hombre oprimido no estoy haciendo otra cosa que defender la ley de Dios, la Palabra de Dios, la dignidad de los Hijos de Dios”.

Quisiera unir a la oración llena de fe por la unidad de todos los cristianos el recuerdo agradecido de este hombre de toda la tierra.

Porque fíjense bien. Nosotros los cubanos tenemos un sentido de pertenencia, nos duele tanto Cuba, que a veces nos queremos distinguir y separar incluso de los demás. La primera lectura de hoy le hablaba a un pueblo parecido en esto a nosotros: a los judíos. Quizá por eso nos dicen los judíos del Caribe. Pero Isaías, y después Jeremías y después Ezequiel descubrieron algo muy importante: Dios no es exclusivista, Dios no es para unos pocos. Dios es para todos, Dios es para todos, Dios llama a todos, y Dios salva a todos. Los muros los levantamos nosotros los hombres cuando no somos fieles a Dios. Porque si somos fieles a Dios, jamás levantaríamos muros. Jamás tendríamos vallas para que llegue en uno u otro sentido el amor, la fidelidad, la justicia, la libertad, para mí, para el otro, sea quien sea yo, sea quien sea el otro.

Al fin y al cabo es tan sencillo el principio que Jesús nos enseñó: No le hagas a los demás lo que no quieras que los demás te hagan a ti. Hazle alo demás trata a los demás como tú quieres ser tratado.

Mis queridos hermanos y hermanas, nuestra oración se eleve como incienso en la presencia del Señor para que sea Él el que llene nuestros corazones del suave olor de su amor, y nos haga discípulos fieles de ese Jesús que vino no a ser servido sino a servir y a entregar su vida por los hermanos.

Que así sea.

Amén
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