por Orlando Segundo Arias/Fuente: www.palabranueva.net
Los primeros barruntos de lo que sucedía me llegaron, con la sordina que origina la distancia, a través de vecinos de los municipios del Sur de la ciudad, como algo que tendría que ver conmigo en algún distante momento y de lo cual me informaría entonces, sin prisa ni corre corre. Había comenzado el cambio de los equipos de frío en aquellos territorios y con ello los comentarios sobre entregas con algún grado de descontrol, receptores que abrieron los brazos para recibir lo nuevo que venía pero remolonearon y cerraron el bolsillo a la hora de iniciar los pagos y otras minucias, que incluían el desagrado bastante extendido a los “lloviznaos” (primeros refrigeradores que se entregaron en otras provincias y algunos municipios de la capital).
De aquellos días –han transcurrido dos años– recuerdo la angustia de una señora del reparto Ponce, en Arroyo Naranjo, quien no se decidía entre adquirir “el chino” o mantener su viejo General Electric. Los trabajadores sociales, que ya estaban sellando el territorio, la urgían a una definición y ella se debatía en la duda de si debía contraer una deuda de varios miles de pesos, demorando la decisión a la espera de si llegaba o no el visado de Estados Unidos, de una reclamación presentada por su hija para viajar a aquel país. Si compraba “el chino”, y le llegaba la salida, tendría que pagar el equipo antes de irse, y luego dejarlo. Finalmente la lógica le indujo a preferir la compañía del General Electric.
Como una mancha de aceite, la sustitución se extendió y mis alertas empezaron a sonar cuando el barbero, entre uno y otro tijeretazo, me informó que en los edificios próximos al estadio Latinoamericano los estaban entregando. El paso siguiente del proceso fue avanzar hasta la Esquina de Tejas y ahí tuve la oportunidad de apreciar una muestra del trance por el que debía pasar en los días inmediatos.
Los vecinos de los dos edificios altos allí situados, una vez comprobado por los visitadores que sus equipos congelaban adecuadamente, debieron bajarlos a la explanada que se extiende al pie de los mismos, al sol, de guardia junto a ellos, cuidando cada cual el suyo, en una numerosa y policroma manifestación de colores desvaídos sobre latas oxidadas, que incluían todas las marcas imaginables norteamericanas y rusas. Lo constaté poco después de las ocho de la mañana al concurrir a pagar la factura eléctrica. Pasadas las cinco de esa tarde, de regreso del Vedado, comprobé desde el ómnibus que todavía se mantenía el movimiento de personas y refrigeradores en la concurrida esquina.
Contrario por naturaleza a todo lo que implique moloteras, pensé para mis adentros que si en mi cuadra se repetía semejante circo, quizá fuera mejor quedarme con el viejo Minsk de 30 años, que funcionaba de maravilla con su máquina original. Pero, al menos en mi caso, las prevenciones resultaron infundadas, aunque entre la segunda inspección al equipo, vaciarlo, arrastrarlo hasta el camión de la chatarra y esperar la llegada de los vehículos que traían los nuevos, pasó el día.
Así, el flamante Haier de dos puertas quedó instalado como el más importante personaje del comedor hogareño y, hasta la fecha, el funcionamiento ha sido impecable, si bien aún no he podido medir su eficiencia, contra factura, en la disminución del consumo eléctrico. Más pequeño en capacidad total que los Minsk, le gana ampliamente a aquellos en las dimensiones del congelador.
Como todo espécimen de su clase, el Haier tiene sus peculiaridades, algunas sorprendentes, como el tamaño de la única gaveta para hacer hielo: seis pulgadas de largo por dos de ancho, casi un juguete. En días sucesivos pude conocer que incluso esa pequeñez es una concesión a los usos occidentales, ya que en China, Vietnam y otros países asiáticos –se excluye Japón– no se acostumbra beber agua helada, sino todo lo contrario, se toman infusiones de diverso tipo, pero siempre calientes. Así que aquellos que aún conservan sus viejos fríos, antes de entregarlos retírenles las gavetas de hacer hielo y también, las hueveras. En el caso de este último adminículo, sólo dispone de una de cuatro unidades, frente a los 17 del Minsk, para lo cual no he encontrado explicación entre las diferentes idiosincrasias orientales y occidentales.
Una vez pasada la contentura de los primeros días, llegó el momento de dejar de levitar y aterrizar, pisar terreno firme: dirigirme al banco y tramitar el crédito.
Aquí resulta oportuno exponer algunas consideraciones que contribuyan a situar, enmarcar correctamente el proceso de sustitución de equipos en su conjunto. Desde el punto de vista estatal, nacional, se trata de una sustitución o cambio de equipos altamente gastadores de energía, según los parámetros actuales, muy diferentes a los existentes hace 20 ó 30 años. Sin embargo, visto el asunto desde el ángulo del ciudadano, el individuo cabeza de familia, el cambio implica a la vez una compra que puede resultar incluso onerosa, y dadas las condiciones en que este cambio se efectúa, sin el pago de un valor residual por el equipo que se entrega funcionando, es más una compra condicionada a la entrega que un cambio. No es el único condicionamiento, como veremos más adelante.
La correspondencia entre los intereses del país, en este caso el ahorro de energía, y los de los ciudadanos individualmente considerados, no es algo que exista per se, debe buscarse y aproximarse unos y otros intereses lo más posible, logrando con ello el apoyo necesario a iniciativas de interés nacional. En general, cuando se ahorra energía disminuye el monto que las familias han de gastar en pago de electricidad, y esa es la función que cumple una tarifa eléctrica diseñada con ese fin. En ese ahorro confluye el interés nacional y el de los individuos aisladamente considerados, porque el ahorro de energía repercute directamente en el bolsillo de las personas.
No es igual cuando el individuo entrega un equipo gastador funcionando, por el cual recibe otro más eficiente con el que eventualmente disminuirá su consumo energético, pero donde lo que ahorre en electricidad será cuatro, cinco o más veces inferior a lo que deba pagar en mensualidades por el nuevo. Las cuentas, desde el ángulo del ciudadano, que quiere lo mejor para su país pero también para su economía personal o familiar, no están tan claras. Y eso no se compensa únicamente porque ahora disponga de un electrodoméstico nuevo.
El crédito es algo viejo en el mundo y también en Cuba. Las ventas a través de crédito comercial, son universalmente tan comunes, como lo fueron en la Isla hasta principios de los años sesenta. Las facilidades que se brindan al comprador son variadas y por ello, a quienes lo utilizamos en alguna oportunidad nos choca la rigidez de las fórmulas aplicadas en el país, en que todas las ventajas parecen acompañar a una sola parte, y no precisamente a quien lo recibe.
Si los problemas energéticos actuales son tan graves en el mundo que en Cuba se articulan políticas para posibilitar el ahorro de sus portadores, la ejecución de esas políticas bien pudiera contemplar que a aquellos que entregan sus equipos altos consumidores, se les apliquen medidas ajustadas en su filosofía, a lo que a nivel internacional, por ejemplo, y en el tema precisamente de los energéticos, reciben los países de Centro América y el Caribe, entre ellos Cuba, a través de Petro Caribe, con pago diferido de la mitad del importe por 25 años, sin intereses.
Eso sí sería equitativo. El país no debiera recibir de una parte un tratamiento preferente, y aplicar a sus ciudadanos otra vuelta de tuerca. No créditos cuyos intereses en el plazo de diez años se convierten en una abultada parte del valor total del bien adquirido; equipos que no se compran de motu propio, sino que el Estado toca a las puertas para ofrecerlo, porque es interés del país. Cero por ciento de interés, a lo sumo un simbólico uno por ciento. Es lo adecuado, es lo justo.
Los cálculos que siguen apoyando lo expuesto, en lo relativo a precio, intereses, etcétera, está referido al modelo de dos puertas y un ingreso de 265 pesos, poco más del salario mínimo de cualquier trabajador. Cada cual sacará sus cuentas según el modelo que le asignen, ingresos personales y el tipo de interés que le apliquen.
El precio de venta del refrigerador Haier es de 6 109,68 pesos, equivalente a 254,57 c.u.c.. A ese valor inicial, el banco impone un interés del tres por ciento anual, que se traduce en 969,69 pesos, para un precio total de 7 079, 37 pesos (294,97 c.u.c.), a pagar a razón de mensualidades ascendentes a 59 pesos, durante diez años, lo que hace un total de 120 letras.
El aparentemente bajo tipo del interés aplicado, conlleva que estos constituyen el 15,87 por ciento, en
números enteros el 16 por ciento del valor total del equipo. A aquellos que se les aplique la tasa de interés del 6 por ciento, la parte de estos sobre el valor del bien duradero dependerá del movimiento de sus variables específicas, es decir, ingresos personales, duración en años del crédito, que disminuirá en razón de letras mensuales más elevadas, etcétera. Otra relación interesante a calcular, es la parte que las mensualidades constituyen del ingreso del adquirente, en el caso analizado el 22,3 por ciento, o sea, una quinta parte del mismo, con lo cual lo que le resta de su ingreso lo coloca 20 pesos por debajo del salario mínimo vigente en el país.
Comparativamente, el Haier actual triplica el valor del refrigerador Minsk adquirido por el sistema vigente a fines de los años 70 y 80 de créditos a trabajadores: 2 000 frente a 7 079; con mensualidades entonces de 37 pesos para un 10 por ciento del ingreso personal de aquella fecha. Expresión por una parte de la elevación del costo de los bienes duraderos en el mercado internacional, la depreciación del peso cubano con relación a su valor expresado en bienes y el endurecimiento de las condiciones de crédito actuales.
Un elemento incomprensible, contradictorio con el propio concepto de lo que constituye el crédito, recogí en el banco de Arzobispo y Calzada del Cerro al momento de solicitarlo. Al interesarme por la posibilidad de pagar una pequeña parte del valor antes de obtener el crédito, a fin que lo cargado por intereses disminuyera, me respondieron que se podía pagar lo que uno quisiera, un tercio, la cuarta parte, la mitad, pero que había que partir del valor inicial más los intereses, porque “la máquina –léase la computadora personal con la cual trabajaba– no lo acepta de otra forma”.
De esa manera, la motivación de cualquier persona por hacer un pago que disminuya la deuda, pierde sentido al no ser reciprocado con la disminución del monto de los intereses. El ciudadano debe optar por no pagar adelantado o hacerlo, y que el banco graciosamente ingrese un dinero que no le corresponde, porque el interés, en la cuantía del pago adelantado, se le cobra sobre un crédito no utilizado. Nada, como decía mi abuelo, el banco nunca pierde.