Por Eduardo Mesa /http://www.lacasacuba.com
jueves 28 de febrero de 2008
(Este trabajo fue presentado en la Séptima Conferencia de Estudios Cubanos y Cubanoamericanos del Instituto de Investigaciones Cubanas (CRI) que tuvo lugar en la Universidad Internacional de la Florida del 21 al 22 de febrero)La idea central de este trabajo es reseñar los aciertos y desafíos de la Iglesia Católica en Cuba durante el pasado reciente y ese eterno presente donde se teje todo anhelo de futuro.
En los aciertos están incluidas actitudes y acciones concretas que intentan definir el quehacer y el talante de una Iglesia en la que participé activamente; una Iglesia a la que hoy valoro más y mejor en sus afanes, gracias a la forzosa distancia emocional y física que impone el exilio. En los desafíos considero actitudes y acciones que en mi opinión se debían asumir, potenciar o realizar.
No obstante les aviso que este trabajo está condicionado por mi cariño y gratitud hacia esa Iglesia que peregrina en Cuba, mi empeño en ser lo más objetivo posible está con toda seguridad lastrado por esos afectos. El orden de los aspectos que aparecen en esta reflexión esta dado, fundamentalmente, por lo que han significado en mi propia vida, si hay alguna lógica es aquella a la que el corazón invita.
Dicho esto comenzaré por valorar los aciertos que considero fundamentales:
a) Primer acierto: La Iglesia, espacio de libertad.La Iglesia en Cuba ha cultivado con celo su anhelo de libertad. Para ella vivir en libertad ha sido una vocación, un ideal, que se preservó y expresó en la permanencia y el servicio, en la exigencia del derecho a la libertad religiosa cuando los márgenes que dejaba el castrismo para estas exigencias era aun más estrechos y peligrosos que hoy.
Hablamos de una Iglesia que en su momento no cedió a las presiones de convertirse en Iglesia nacional (1) y luego, amparada por muchos años en el silencio, ha sido y es el único espacio de libertad que el régimen cubano no ha conseguido secuestrar o envilecer. A excepción del núcleo familiar más íntimo no existe en Cuba otro ámbito donde las personas puedan crecer en el conocimiento de su propia dignidad. No existe otro ámbito con la suficiente amplitud donde las personas puedan ensayar la sociedad civil y formarse para participar en ella.
La formación de un laicado que quiere vivir en libertad fue una prioridad en los años posteriores al E.N.E.C. (2) y continua siéndolo. Parte de la intervención de Mons. Juan García en la V Conferencia del CELAM expresaba lo siguiente: “También estamos empeñados en promover, principalmente desde la juventud y la familia, un laicado consciente de su vocación y de su misión en la vida de la Iglesia y en el mundo, para que participe en la edificación de realidad eclesial y social.”
Esta vocación de vivir en libertad continua presente en el quehacer de la Iglesia cubana y en una encuesta realizada recientemente con vistas a la preparación del actual Plan Nacional de Pastoral se constataba que “algunos hablan de la necesidad de dar formación en la Doctrina Social de la Iglesia y otros de la importancia de superar el miedo o de crear espacios de libertad, a fin de poder desarrollar la vocación social de todo hombre.”
No han sido pocos los espacios que se han creado en los últimos 20 años en cada una de las diócesis: Bibliotecas, Aulas, Talleres, Publicaciones, Centros de Formación; estos esfuerzos que no son exclusivamente religiosos y que constituyen un servicio a la sociedad cubana en general todavía no son, por razones obvias, suficientemente conocidos. Por solo poner un ejemplo en la Arquidiócesis de La Habana se han realizado durante años centenares de cursos que, desde la perspectiva de la Doctrina Social Cristiana, han promovido el conocimiento y la reflexión en torno a los derechos humanos.
Tengo, por otra parte, el convencimiento de que la lucha no violenta de los opositores cubanos, muchos de ellos raigalmente católicos o formados en algún momento en nuestras parroquias, está en gran parte inspirada en los valores del Evangelio. Así lo confirman las actitudes y gestos de la mayoría de ellos. Estos valores no estarían tan arraigados o simplemente no estarían si la Iglesia cubana no hubiera sido fuente de inspiración, referente de coherencia, si no hubiera anunciado a Cristo a tiempo y a destiempo, si la Iglesia no hubiera mantenido contra viento y marea sus catequesis, su misión puerta por puerta, su prédica incesante y esa invaluable promoción humana que se ha concretado en múltiples de proyectos a lo largo y ancho del territorio nacional.
b) Segundo acierto: El don de la unidadLa unidad de la Iglesia cubana más que una cuestión estratégica es un regalo de Dios, los católicos cubanos hemos tenido el privilegio de vivir una experiencia de fraternidad que remite a lo mejor del cristianismo, cuando “La multitud de los creyentes no tenía sino un solo corazón y una sola alma.” (Hch 4,3)
Vivimos sin bienes y confiábamos en la voluntad de Dios, (3)“éramos refugio uno del otro en esa burbuja que los jóvenes católicos en Cuba tenían (y tienen) que construirse para sobrevivir como seres vivos en ecosistemas hostiles”, esta “burbuja” de solidaridad se mantiene hasta hoy.
La persecución-marginación más o menos obvia, más o menos intensa en dependencia de las necesidades tácticas del castrismo provocó que viviéramos la fascinante experiencia de un cristianismo acrisolado por el sufrimiento y el silencio, despertando en nosotros un fuerte sentido de pertenencia que ha motivado el compromiso, a veces heroico (4), de muchos cristianos a permanecer en Cuba en aras de la Evangelización.
No obstante, en esta última etapa la Iglesia ha visto aumentar la continua sangría de fieles laicos y sacerdotes, en su mayoría jóvenes, que abandonan la Isla. El inmovilismo de los últimos años ha hecho mella en las expectativas de cambios socio-políticos generadas a partir de la visita del Papa, provocando una nueva estampida sólo contenida por la represión y los obstáculos de la reglamentación migratoria. A pesar de esto la Iglesia cubana ha adquirido una asombrosa capacidad de renovarse y (5) “estos años, posteriores a la visita del Santo Padre han sido de crecimiento y de revitalización de la Iglesia en Cuba…” (&hellip

“Algunos signos de esta vitalidad son: La creación de nuevas diócesis, el surgimiento de centenares de casas de oración en barrios y en pueblos sin templos, el compromiso de los laicos en ese empeño misionero, etc.”
Esta unidad que la Iglesia cubana ha testimoniado es cuestionada con cierta frecuencia por algunos analistas, uno de los temas preferidos por estos observadores es el perfil de los obispos cubanos, así vemos análisis que pretenden establecer quiénes son los conservadores y los progresistas, los que luchan contra el gobierno y los que servilmente se pliegan a sus decisiones, estableciendo una caricaturesca clasificación de obispos buenos y valientes ante los obispos malos y cobardes.
Se suma a esto que desde hace unos años se viene dando un paulatino relevo en la Conferencia Episcopal Cubana, relevo rutinario que obedece fundamentalmente a razones de edad pero que ha contribuido a alimentar la teoría de una “conspiración vaticana” que prentende sustituir a los obispos “sociales” por otros, más moldeables y afines al régimen. El que conozca un poco sobre la vida de la Iglesia en Cuba sabe que esto no es así: las corrientes teológicas disidentes y las disputas, sean episcopales, sacerdotales, laicales o de cualquier índole eclesial son lujos del mundo libre donde se disipa la certeza del maligno, un lujo que la Iglesia en Cuba, para bien o para mal, no ha tenido aún.
c) Tercer acierto: La Iglesia de la EsperanzaEn una de las reuniones preparatorias del (7) E.C.O. (o II E.N.E.C.) un obispo expresó que la Iglesia cubana estaba llamada ser la Iglesia de los pobres, de los negros, de los ancianos, de los enfermos porque los otros se marcharían del país. En aquel momento me pareció una exageración, la Iglesia se había fortalecido en los últimos años y me parecía que era una realidad dinámica, pujante y hasta cierto punto triunfal. Yo tenía la percepción de que aquella Iglesia era capaz de entusiasmar a sus fieles con la idea de permanecer en Cuba, de transformar la realidad con una acción evangelizadora cada vez más eficaz y explícita.
Las palabras del obispo me parecieron desproporcionadas, cinco años más tarde yo me había marchado del país, un buen número de agentes de pastoral que habían participado en ese proceso también se habían marchado y entonces comprendí aquella perspectiva que el obispo auguraba.
Después de todo el obispo conocía esta experiencia, la Iglesia había visto partir a mucha gente cuando los Vuelos de la Libertad, Camarioca y cuando ocurrió el éxodo del Mariel los templos se quedaron otra vez vacíos; este acontecimiento que marcó la década del ochenta fue traumático para una Iglesia que comenzaba a recuperar a sus fieles y que veía un tímido aumento del número de niños en sus catequesis.
Sin embargo, seis años después se celebró el E.N.E.C. que fue un renacer de la Iglesia cubana, que apostó por formar y motivar a un laicado que no era muy numeroso, pero sí cercano a los pastores y de probada fidelidad.
En estos años se priorizó, entre otras cosas, la formación de los laicos y se suponía que el considerable aumento de feligreses que experimentábamos permitiría engrosar cada vez más este laicado. No ha sido así y la terca realidad ha favorecido que desaparezca definitivamente cualquier ilusión de élite y que sean (6)“los pobres entre los más pobres” los llamados a permanecer y a edificar la Iglesia.
Han sido grandes las pruebas y duras las lecciones recibidas, pero la Iglesia ha continuado proclamando la Esperanza y el Amor, que todo lo espera. Aún en la hora presente, cuando asistimos al final de una etapa, invariablemente marcada antes o después, por el deceso político y biológico de Fidel Castro con su legado de incertidumbres, la Iglesia se empeña en “Sembrar vida y esperanza” y así lo hace constar en su más reciente Plan de Pastoral.
Quiere ser, en su trabajo diario, una Iglesia esperanzada y esperanzadora, ante un pueblo “amenazado por el desespero”, “la pasividad” y “por la desconfianza en el futuro”. Quiere proclamar (8) “un nuevo horizonte para que los cubanos tomen conciencia de que su futuro está habitado no por la desgracia sino por la gracia”.
La Iglesia que peregrina en Cuba, despojada de cualquier tentación de poder o triunfalismo continua al servicio de la nación, proclamando la Esperanza y la Vida y promoviendo las actitudes y acciones que de estos valores se derivan, lo hace en medio una realidad marcada por la exaltación de la muerte y por la frustración más profunda y generalizada de nuestra historia.
d) Conclusión de los aciertos e inicio de los desafíos:Estos “aciertos”, sin lugar a dudas incompletos, no pretenden en modo alguno definir el ser y el quehacer de una comunidad de creyentes, realidad viva y dinámica que desborda el marco de lo institucional. Por las mismas razones la enunciación de los “desafíos” también será incompleta y limitada. Para la elaboración de ambos bloques he tenido en cuenta los documentos más recientes emitidos por la misma Iglesia, la valiosa información que aportan las publicaciones católicas de la Isla y en menor medida el intercambio de impresiones con amigos que viven en Cuba, no obstante, todo lo enunciado anteriormente y lo que a continuación enunciaré no dejan de ser consideraciones personales, distantes de cualquier pretensión académica o magisterial.
h) Primer desafío: la espiritualidad.Desde hace algunos años hay una gran preocupación en la Iglesia cubana por la vida espiritual de sus fieles, es un tema que se ha tratado en Consejos de Pastoral de las distintas diócesis y en diversos encuentros y asambleas a nivel nacional.
Con la llegada de muchas personas en los años noventa la Iglesia se vio desbordada, no había suficiente formadores para poder atender adecuadamente a los que llegaban, en la mayoría de los casos sin ninguna formación religiosa previa y con realidades personales y familiares bastante complejas; no hubo un adecuado proceso de catecumenado, ni de integración en la vida de los valores del Evangelio.
Esta situación, que conocí de primera mano cuando participaba de la Pastoral Juvenil, no es exclusiva de los jóvenes; lo mismo ocurre, en mayor o menor medida, en otros sectores donde el desarraigo espiritual ha ido en aumento. La preocupación de los obispos al respecto es elocuente; así lo evidencia el “Mensaje de los obispos de Cuba a los sacerdote” fechado el 29 de abril del 2007. En dicho mensaje los obispos cubanos advierten a sus sacerdotes, en un mensaje hasta ahora sin precedentes en el contexto eclesial cubano, sobre la necesidad de la oración, la eucaristía diaria y la confesión frecuente. En uno de sus parráfos el documento expresa: “Ante este situación cultural, más que antes, se nos impone una mística integradora de toda la persona, así como la necesaria ascesis que las exigencias evangélicas reclaman y que ayudan al sacerdote a ser lo que es y a vivir con firme decisión el llamamiento que ha recibido del Señor.”
El Plan Global de Pastoral 2006-2010, dedica una gran parte de su Marco Doctrinal a reflexionar sobre el tema de la espiritualidad y muchas de las líneas de acción que se derivan de este plan pretenden potenciar una vivencia de la fe más cercana a la perspectiva bíblica del discípulo del Jesús.
No quisiera terminar este aspecto sin agregar que la necesidad de fomentar una espiritualidad integradora no es un desafío exclusivo de la Iglesia Católica, otras Iglesias y religiones que se practican en Cuba también tienen ante sí un hombre y una mujer, abrumados por la miseria y por las consignas, formados en un sistema que ha pretendido borrar de la vida diaria cualquier alusión a la trascendencia.
También es un desafío para los políticos y otros actores de la sociedad civil, que encontrarán un pueblo con un daño antropológico, como diría Juan Pablo II, también sin precedentes. No pretendo que la sociedad cubana futura sea una gran archicofradía de orantes y penitentes pero quizas nos convenga meditar estos versos de Dulce María Loynaz:
S
ólo clavándose en la sombra,
chupando gota a gota el jugo vivo de la sombra,
se logra hacer para arriba obra noble y perdurable.
Grato es el aire, grata la luz
pero no se puede ser todo flor…,
y el que no ponga el alma de raíz se seca. (10)i) Segundo desafío: La pobreza, la marginalidad, el abandono…En el año 1990 el Gobierno cubano declara que comienza un “período especial” con ajustes económicos. La realidad de los años ochenta, que comparada con la de años anteriores puede considerarse de cierta abundancia, desaparece de golpe y porrazo. Comienza un tiempo de grandes privaciones para todos los cubanos y de grandes desafíos para una Iglesia que también es pobre. El Estado benefactor comienza a desentenderse de muchas de sus obras asistenciales y la Iglesia comienza a articular una pastoral social que es tolerada, muy a su pesar, por las autoridades.
Esta pastoral social que afortunadamente funciona, a pesar de las limitaciones, tiene el desafío de una nueva marginalidad, caracterizada por la movilidad hacia las ciudades de personas que habitaban en zonas rurales; personas que se establecen en casas y poblados improvisados y que suponen un gran reto para la evangelización.
Otro elemento a considerar es el incremento poblacional de negros y mulatos, tradicionalmente cercanos a la Iglesia católica desde la religiosidad popular y el sincretismo, pero distantes del catolicismo comprometido y practicante. La evangelización del negro y del mulato precisa de una reflexión previa, de un lenguaje y una liturgia más inclusiva.
También cabría destacar en este acápite que Cuba ostenta uno de los índices de envejecimiento poblacional más grande del mundo; una población educada se resiste a tener hijos en un lugar así. Las personas mayores están sumamente desamparadas en la Cuba de hoy, los jóvenes se marchan y los viejos se quedan, para la Iglesia la asistencia y acompañamiento de tantos ancianos supone un reto de gran magnitud.
En los últimos años se han realizado considerables esfuerzos en el ámbito de lo asistencial y en lo que respecta a la promoción humana, funcionan con gran dinamismo la Pastoral de la Salud y la Pastoral Penitenciaria, al igual que Caritas, pero el progresivo deterioro de la sociedad cubana supera con creces cualquier proyecto unilateral de la Iglesia Católica.
Tiene ante sí la Iglesia ( que es la única institución independiente que funciona a lo largo y ancho de la Isla, de forma organizada, con un liderazgo visible y con un claro compromiso de servicio a la Nación) el desafío de convocar y concertar los esfuerzos de otros actores sociales para trabajar por la urgente recuperación de la sociedad cubana.
j) Tercer desafío: La reconciliaciónCon el anuncio oficial de la enfermedad de Fidel Castro se abre una perspectiva inédita en la historia del castrismo, su reciente renuncia a dos importantes cargos confirma esta perspectiva de cambio. No soy un analista profesional, pero Castro ni se enferma, ni renuncia y si lo hace algo pasa. Su muerte ya no es un acontecimiento improbable en manos de algún comando suicida, basta la rebelión de algún vaso sanguíneo.
La gente está quieta, pero en las procesiones piden la paz, San Lázaro, La Caridad, La Merced, son fiestas religiosas que convocan al pueblo, al de misa diaria, al del vaso de agua o del elegguá tras la puerta; la gente se emociona y pide la paz, está cansada de escuchar consignas con la palabra guerra, bala, fusil, cañon, batalla y acaso presiente el rencor callado del vecino que estuvo anoche afilando el machete.
En este sentido resulta ilustrativo el mensaje del Cardenal Jaime Ortega para la Navidad del 2006, dicho mensaje se titulaba “El Reino de Dios está cerca”; leyendo el texto se percibe que el Cardenal se esforzó para encontrar las palabras y el tono apropiado para hablarle a un pueblo cada vez más triste. Aprovecha la ocasión que le brinda la Navidad para animar al pueblo en la esperanza, para invitar a rezar por la paz; la exhortación del arzobispo no se refiere exclusivamente a la paz del espirítu, también invita a orar por la consecución de esa paz social ausente de Cuba desde hace décadas; advierte además“que para un cristiano no bastan para actuar (de forma violenta) las causas nobles o el bien subjetivamente u objetivamente considerado como urgente.”
Otra cuestión que está presente en el magisterio de la Iglesia cubana, es la preocupación por el alto consumo de alcohol y el creciente consumo de drogas, así como una violencia juvenil que recurre con gran facilidad al uso de las armas.
La suma de estos y otros factores que por razones de tiempo no es posible considerar me invitan a pensar que es la Reconciliación el más grande y urgente desafío para la Iglesia que peregrina en Cuba. Su presencia en todo el territorio nacional y su coherencia, conocida y respetada por el pueblo la convierte en un necesario y significativo factor en la moderación de unos cambios que, de un modo u otro, antes o después, ocurrirán.
El justo reclamo de justicia, todas las leyes y la minuciosa aplicación de las mismas no alcanzarán para juzgar el mal que se ha hecho. Es ilusorio pensar que la reparación de tanto mal, realizado durante tanto tiempo y con la complicidad de tantos, se podrá resolver sólo en los tribunales de justicia. En este sentido tiene el deber la Iglesia de animar a la sociedad civil a buscar cauces de sanación para esos sentimientos de rencor, frustración e incluso odio sumamente arraigados después de tantas décadas de humillación.
Citas y referencias:1- El 14 de marzo de 1960 un llamado “Comité de Unidad Revolucionaria” da a conocer una proclama que dice: “Es hora de que Cuba tenga una verdadera Iglesia Revolucionaria, unida a Roma en lo eclesiástico pero nacional e independiente en lo político de acuerdo con las orientaciones de nuestro máximo lider Fidel Castro”. Posteriormente con el apoyo del régimen, un grupo de católicos relanza el movimiento “Con la cruz y por la patria”. El sacerdote cubano Germán Lence, vinculado a este movimiento, es suspendido de sus funciones sacerdotales. (Cronología Histórica de Cuba 1492-2000, Manuel Fernández Santalices)
2- Siglas del Encuentro Nacional Eclesial Cubano
3- Testimonio de Carlos Payá Sardiñas con motivo de la muerte de Juan (el brujo) Gil (www.lacasacuba.com)
4-“Osvaldo Mesa in memoriam” (www.lacasacuba.com)
5- Instrucción Teológico-Pastoral, nº 17
6- Homilía de Mons. Pedro Meurice Estiú en la misa celebrada por el Santo Padre en Santiago de Cuba.
7- Encuentro Conmemorativo a los 10 años del E.N.E.C
8- III Plan Global de Pastoral 2006-2010, epígrafe 2.1.5 Sembrar vida y esperanza
9- Mensaje de los obispos de Cuba a los sacerdotes, 29 de abril del 2007, Domingo del Buen Pastor.
10- Poemas sin nombre, Dulce María Loynaz
Eduardo Mesa
La Habana, Cuba, 1969. Dirigió la Casa Laical: “Julio Morales Gómez” sede del laicado habanero y la revista “Espacios”, dedicada a promover la participación social del laico.
Coordinó la revista “Justicia y Paz”, Órgano Oficial Conferencia de Obispos Católicos de Cuba y el boletín “Aquí la Iglesia”. Formó parte de los consejos de redacción de las revistas "Palabra Nueva" y "Vivarium". Actualmente reside en Miami, es corresponsal de la revista "Misceláneas de Cuba", participa con su blog “La Casa Cuba” en diversos foros y publicaciones digitales y colabora con "En Comunión", un proyecto de la Arquidiócesis de Miami que busca una mayor comunicación y entendimiento entre los cubanos.