por Eduardo Mesa/www.lacasacuba.comEscucho en la radio una desafortunada comparación entre las Conferencias Episcopales de Cuba y Venezuela, lamento que perdamos el tiempo en comparaciones estériles.
En las últimas semanas varios obispos venezolanos, han denunciado el carácter totalitario del chavismo. Ante el cierre de Radio Caracas Televisión los obispos alertan a los chavistas, a la oposición y al pueblo venezolano en general del peligro que encierra la radicalización del llamado Socialismo del Siglo XXI.
Los obispos cubanos, a lo largo de estas cinco décadas, también han denunciado al régimen castrista, si alguien lo duda puede consultar el libro titulado “La voz de la Iglesia en Cuba, 100 Documentos Episcopales”. El impacto de estas pastorales que han intentado iluminar las conciencias de los católicos cubanos se puede analizar desde varias perspectivas y merecería la pena hacerlo con el detenimiento que el asunto merece. No obstante, las denuncias de aquellos pastores que afrontaron el advenimiento del castrismo no consiguieron impedir la implantación, ni la radicalización del mismo.
No soy tan optimista como algunos y rezo porque Chávez no logre el control totalitario al que aspira. Es cierto que la sociedad venezolana todavía no está totalmente paralizada por el terror; tampoco lo estuvo la sociedad cubana en los primeros años de Revolución y buena cuenta de ello lo dan los millares de presos políticos y la cifra de los que murieron en el paredón o en combate: todos pagaron un alto precio por su lucha. Esperemos que el chavismo no llegue a tanto.
Las sociedades que terminan secuestradas por un régimen de inspiración leninista son, en muy poco tiempo, paralizadas por el terror. En ellas los pronunciamientos eclesiales o civiles poco pueden hacer. Lo comprobé de manera definitiva cuando salió a la luz la Carta Pastoral “El Amor todo lo espera” que al ser respondida de un modo furibundo por los medios oficiales alcanzó una imprevista notoriedad, fue tal la magnitud del interés popular que sorprendió al régimen y a la misma Iglesia. Este mensaje, ampliamente divulgado, concitó la atención de los cubanos y generó una gran expectación., no sabemos como influyó en las conciencias de aquellos que lo leyeron pero hasta donde me fue posible saber no provocó ningún levantamiento popular.
Tengo, por otra parte, el convencimiento de que la lucha no violenta de los opositores cubanos, muchos de ellos jóvenes, está en gran parte inspirada en los valores del Evangelio. Así lo confirman las actitudes y gestos de la mayoría de ellos.
Y yo me pregunto: ¿ Ejercería tal influencia el Evangelio en los opositores cubanos de hoy si la semilla no se hubiera sembrado, si la Iglesia no hubiera mantenido contra viento y marea sus catequesis, su misión puerta por puerta, su prédica incesante? Qué bueno que Ia Iglesia cubana ha anunciando a Cristo a tiempo y a destiempo, Él es la auténtica libertad, su seguimiento, la verdadera liberación.
Es una pena que nos empeñemos en establecer comparaciones poco afortunadas, Cuba no es Venezuela, ni Polonia y si no los cubanos seríamos otra cosa distinta a lo que somos. En el arte de sacudirse una dictadura se pueden aprovechar las experiencias de otros pero no hay recetas pre establecidas.
La Iglesia cubana no debe ser comparada con nadie, nada tiene que demostrar. Sobrevivió con dignidad en los tiempos peores, cuando fue barrida de la vida cotidiana del pueblo cubano y de la historia. Eran los tiempos en que la tiranía, por miedo, simpatía u omisión, contaba con una amplia base popular. Esta Iglesia logró reconstruir una institución que había quedado en ruinas y a partir del Encuentro Nacional Eclesial Cubano (E. N. E. C.) celebrado en 1986, abandonó la pastoral de conservación que la había caracterizado para asumir una creciente actividad evangelizadora y humanizadora de la sociedad cubana.
Me gustaría citar este breve fragmento del discurso inaugural del Encuentro Nacional Eclesial Cubano (E.N.E.C.) que estuvo a cargo de Mons. Adolfo Rodríguez y que define con claridad las prioridades de la Iglesia cubana durante los últimos 20 años: “No aspira nuestro E.N.E.C. (nuestra Iglesia) a una reconquista de poderes, a un rescate de posiciones, favores o privilegios para la Iglesia. La Iglesia no quiere otra cosa que el espacio necesario para cumplir su misión; para dar también su juicio ético, moral, no político, aún sobre problemas no estrictamente religiosos, pero sí humanos, lo cual no constituye un privilegio sino un derecho y un servicio: el derecho que tiene el hombre a recibir la palabra de Dios y a iluminar toda su vida con la luz de esa Palabra. (&hellip

La Iglesia, en fin, espera que la fe deje de ser aquí un problema, una debilidad o un diversionismo ideológico; y que el futuro no se parezca al pasado.” La razonable mesura de las palabras de Mons. Adolfo Rodríguez no ocultan la firmeza de su reclamo.
La Iglesia en Cuba, fiel al Evangelio ha ido consiguiendo y agrandando espacios, sin contraer compromisos con el régimen que la desprecia y que intenta de forma permanente constreñirla al ámbito exclusivo del culto. Es cierto que no dice, ni hace las cosas como muchos quisieran, pero hace lo que por mandato de Jesús tiene que hacer, hace lo fundamental y lo hace bien.
Para que el futuro no se parezca al pasado aprovechemos mejor el tiempo. No dejemos que el mal nos convoque a la crítica facilona o amarga, él conoce nuestro dolor y está alerta.