por Eduardo Mesa/www.lacasacuba.com
Llega el calor, es el mismo calor de esos días en julio y agosto en que se celebraban las Convivencias de Verano que comenzaron en Guanabo y después se llevaron a la Iglesia del Carmen. Posteriormente se trasladaron a la Finca de Peñalver en Guanabacoa.
Yo participé en estos encuentros cuando se hacían allí, en la Finca de Peñalver, una casa atendida por las hermanas salesianas que fieles a su vocación nos acogían. Era un fin de semana una vez al año, pero te cambiaba la vida. Una experiencia de fraternidad, formación y oración que te fortalecía y motivaba.
En las Convivencias hicimos amistades duraderas y varios matrimonios cristianos salieron de aquellos encuentros. Éramos pocos y la Iglesia encontró la forma de que no nos sintiéramos solos. Además de tener momentos fuertes de oración, disfrutamos de ponentes de muy buen nivel, la formación que se impartía en esos días era más sólida de lo que sospechábamos.
Años más tarde, estando en las Pastoral de Jóvenes Trabajadores, me tocó preparar Convivencias con mis hermanos del equipo diocesano. Además de crear los contenidos y buscar las dinámicas apropiadas había que conseguir comida y transporte. Fueron varios veranos agotadores porque con los rigores del Período Especial la logística de aquellos encuentros se “resolvía”, muchas veces, en los últimos momentos. Valió la pena tanto trabajo, lo percibo hoy, cuando examino mi vida y veo con claridad el bien que me hicieron aquellos encuentros.
Una semana antes de irme de Cuba regresé a la Finca de Peñalver, ahí estaban las monjas, vestidas de blanco, con los hábitos inmaculados a pesar del trabajo diario. Repasé con la vista los albergues, la cancha de baloncesto, el comedor, los espaciosos pasillos con sus sillones que te invitaban a la conversación y al descanso. Ahí estaba la Capilla con su San Juan Bosco y su María Auxiliadora grande, que habían sido rescatados de algún colegio que les quitaron y entonces en silencio me despedí de mucha gente, de un tiempo generoso que siempre me acompañará.
A veces, en la noche, cuando mi esposa y yo aprovechamos para hablar un rato, concurren esos días que allí disfrutamos, y con frecuencia, la conversación se apasiona y nos sorprendemos discutiendo otra vez alguna cosa que discutimos ya, cuando teníamos diecisiete o dieciocho años y no podíamos imaginar tanta bondad recibida.
Entonces, descubro que afortunadamente aún vive lo que fuimos, que aquellas Convivencias no fueron un evento más en nuestras vidas, que debía quejarme menos porque he tenido, en medio del espanto, mucha suerte y algunos privilegios que no merezco.
Ojalá podamos regresar un día a la Finca de Peñalver y juntar allí a nuestros hijos y podamos contarles que con unas libras de arroz, espaguettis y unas latas de spam pasábamos tres días celebrando la vida y nada teníamos y nada nos faltaba.
En la capilla que trasluce el campo, que deja ver las palmas, en otra eucaristía volvamos a encontrarnos. Ojalá, algún día.