por Humberto Bombin/ Vitral no. 83
Desde Cuba
“Ver, juzgar y actuar”, versa uno de los principios de la Doctrina Social de la Iglesia para el análisis objetivo de la realidad, derivado del magisterio de la Iglesia y sus vivencias en la experiencia milenaria, a todos los hombres de buena voluntad.
La DSI aborda el análisis de lo que acontece en los ambientes junto con las relaciones sociales, eclesiales y religiosas en todos los niveles de la sociedad, para anunciar y denunciar todo lo que afecte a la persona humana y su dignidad al margen de criterios técnicos y tiene en cuenta, además, la sanación de los perjuicios en las personas de las víctimas y victimarios.
En Cuba existen hoy necesidades y prioridades de carácter económico, entre otras. La Iglesia, con sus medios de divulgación e información, tiene el deber y el derecho de anunciar y denunciar todo lo que afecte a la persona humana, la limite en el orden personal o en sus posibilidades humanas para avanzar hacia el logro de un desarrollo económico armónico, sostenible y éticamente aceptable.
El tema que abordaré se relaciona fundamentalmente con los salarios que revierten sus efectos y manifestaciones en el ámbito de las relaciones materiales y espirituales de la persona, sus conflictos cotidianos y sus derechos.
Para comenzar haré cuestionamientos constructivos, no confrontativos, siempre con criterios respetuosos basados en la práctica de los de a pie, como criterio de la verdad de todos los cubanos honestos que lo vivimos y conocemos por experiencia sensible.
Para estos propósitos preguntaría: ¿Cuántas personas en Cuba no sienten angustia e insatisfacción todos los meses en su centro de trabajo al firmar la nómina para recibir el pago como compensación por los esfuerzos laborales realizados? ¿Quiénes no sienten una angustia y opresión, aún mayor, al cobrar la chequera de jubilación luego de haber cumplido eficientemente más de 40 años de servicios laborales ininterrumpidos y casi siempre durante más de 60 años de vida? Y los que reciben pensiones por la Seguridad Social, ¿cómo se han de sentir al recibir las cifras más menguadas de todas?.
¿Alguien puede negar haber sentido, por mucho tiempo ya, esa gran angustia —mezcla de frustración, desamparo e impotencia— que produce saber que el dinero que cada mes recibiremos por nuestro trabajo, o por haber alcanzado la edad de la jubilación, no nos va a permitir, una vez más, sufragar siquiera el mínimo de nuestras necesidades exclusivamente alimentarias y que en solo unos días, antes de la semana, nos encontraremos sin un centavo en los bolsillos hasta el próximo mes?
Esto le ocurre y lo sufre hoy un número considerable de personas en Cuba, asunto del que mucho se habla; pero no en los medios de comunicación y difusión oficiales ni por los responsabilizados, elegidos por votación libre y secreta, con el deber y la obligación de responder a estas necesidades y encontrarle, entre todos, una solución definitiva e inmediata.
No se trata solamente de la veracidad incuestionable de estos planteamientos, sino de cómo es posible explicarse la supervivencia de tantos ante tamaña adversidad cotidiana.
No voy a hablar aquí de salarios, ni de precios del mercado agrícola y mucho menos del paralelo, o de la tiendas o mercados creados para la recuperación de divisas, ni de los aumentos del precio de productos de primerísima necesidad, ni de los impuestos con que son gravadas las pequeñas remesas en divisas convertibles o los regalos, que no todos reciben, pues todos conocemos bien el salario promedio devengado, —a pesar de los aumentos insuficientes de los mismos, por prestaciones y subsidios de ayudas de la seguridad social— y de los precios de los productos recientemente ofertados y de otros que se han disparado vertiginosamente sin ninguna correspondencia lógica con lo que se recibe, y mucho menos, por concepto de jubilación o prestación de seguridad social, pues estas personas lo sufren a una edad en que todo se torna más difícil.
Pensemos en el cúmulo de acontecimientos y conflictos reales de todo tipo que se derivan de estas limitaciones económicas domésticas, muy a pesar de los insuficientes esfuerzos realizados recientemente con los aumentos de salarios.
Enumeraré: Primero, sentimientos de frustración e impotencia por parte del que labora ante la familia, o sea, las personas más cercanas al que trabaja y que dependen económicamente de él, (hijos menores, esposa, abuelos, ancianos) que provocan estados de indignación y desamparo que conducen a caminos plagados de muy graves conflictos.
Segundo, la imposibilidad para los que no reciben remesas del exterior, o la que reciben les resulta insuficiente, mucho más aún, después del gravamen abusivo impuesto a las mismas, o quienes no se encuentran vinculados salarialmente con moneda libremente convertible, o no se dedican a alguna labor “lícita” o ilícita que les permita “resolver” sus necesidades más perentorias.
Otros, que no pueden adaptarse a ver insatisfechas sus necesidades más elementales, para compensar la ineficacia que se produce por concepto del cobro salarial, se lanzan a todo tipo de relativismos, casi siempre conducentes al delito, ya sea por el camino de la receptación de productos, o por la corrupción que conduce a la violencia que viene a complicar, aún más, su situación personal y la de su familia, al delinquir. Todo se agrava por las limitadísimas posibilidades existentes para desarrollar la iniciativa personal honesta.
La frustración y la impotencia conducen a las personas al estrés, a estados emotivos que desembocan en enfermedades depresivas que dañan el sistema nervioso central y dan origen a otras enfermedades de origen psicosomático y psiquiátrico como la psicosis y la esquizofrenia.
Las discusiones familiares por el agobio cotidiano, la insatisfacción y la marginación excluyente van conduciendo a la ruptura matrimonial y familiar, a la violencia de todo tipo, a la indisciplina laboral y social, a la evasión por medio de la apatía, incluso al síndrome de la estampida hacia cualquier lugar del mundo y mediante cualquier medio, al escape buscando refugio en el alcohol, en el juego, la prostitución, el jineterismo, la corrupción o las drogas, o cualquier otro tipo de desviación en el intento de alcanzar la supervivencia aunque sea ilícita.
Estas realidades desencadenan otras, que unidas a otras muchas, convierten esta situación de los salarios en una prioridad que debe tener una solución urgente e impostergable que debemos enfrentar y solucionar todos juntos, pues el asunto relacionado con los precios de los productos, lo realmente devengado y la imposibilidad de cubrir con dignidad las necesidades vitales, afectan cotidianamente a los de a pie, que constituyen la mayoría de nuestro pueblo.
Una propuesta constructiva y efectiva sería llevar a debate público, con claridad y transparencia, esta realidad y que las personas que tienen que ver con la esfera económica, los salarios, la política de precios, la producción agrícola y agropecuaria, expliquen a la población cuáles son los proyectos, planes y fechas inmediatas para alcanzar y resolver, de manera armónica, definitiva y sostenible, esta realidad agobiante que se convierte en locomotora destructora de los mejores valores de la sociedad.
Se trata de una penuria que hace mucho más de una década afecta a la mayoría de las familias cubanas y se hace más penosa y riesgosa cada día por las implicaciones del daño antropológico relacionadas con el deterioro e involución de las personas hacia conductas inmorales de todo tipo, cuyo daño es mucho más difícil de revertir, pues requiere de mucho más tiempo para su sanación y restitución, que los daños económicos.
Es hora ya de lograr, de una vez por todas, que el desarrollo armonioso y sostenido de programas participativos y de iniciativa personal, cooperativa y privada, permitan que la calidad de vida de las personas de este pueblo no padezca estas realidades dolorosas que hoy vivimos y alcance, con el concurso de todos, una solución inmediata, de manera que no se convierta en obstáculo al desarrollo humano en general, ni sea necesario un acto de magia, pues el desarrollo económico de un país debe ser sostenido, creativo y armónico en todas las esferas de la vida social, los servicios y la producción sin violentar la dignidad de las personas y, eso, es responsabilidad de todos los que compartimos este mismo cielo y esta misma tierra.
Nuestro pueblo creyente y nuestra Iglesia, inculturados en el Evangelio y la Eucaristía que proclaman “conoceréis la verdad y la verdad os hará libres”, no puede callarse ante realidades que implican el deterioro de la dignidad de la persona y se convierten en freno y detrimento de todo el entramado social.. Por tanto, este problema debe, y puede, ser solucionado entre todos, pronto, fundamentalmente por los que tienen la responsabilidad y el deber de gobernar y también de los gobernados, que somos al mismo tiempo los electores de los administradores de la justicia y de la vida pública, en un ejercicio que se realice para bien de todo nuestro pueblo, junto al cual se encuentra nuestra Iglesia peregrina, como dijera su Santidad Juan Pablo II, “misionera de la Verdad, la Esperanza, la Justicia y la Paz”.