por Félix Sautié Mederos/Vitral No. 83
Desde Cuba
Estimado lector de Vitral, la biodiversidad humana también está amenazada en nuestra época de tecnologías y comunicaciones. No es solo la biodiversidad de la Naturaleza que es externa a nuestras personas la que se encuentra realmente en peligro, somos nosotros mismos también los amenazados con una extinción total como especie pensante y única que integra ese conjunto al que denominamos naturaleza. Los seres humanos como criaturas que somos a imagen y semejanza del Dios único y trino, también estamos amenazados en nuestra alteridad, en nuestra posibilidad de profesar la fe que a plena conciencia podamos tener, así como de manifestar nuestra cultura, tradiciones y costumbres propias de la idiosincrasia nacional de la cual todos partimos. Por otra parte también los grandes poderes que pretenden controlar al mundo en que vivimos, nos escamotean el derecho inalienable a organizar y encaminar nuestras vidas respectivas en virtud del libre albedrío que como don supremo de los seres humanos nos otorgó la creación divina. Atravesamos épocas en que los grandes absolutismos ancestrales que han pretendido dominar a la humanidad, se han revestido de un empaque aparentemente humanista, desarrollista o neoliberal, tal y como lo harían los lobos con piel de ovejas introducidos en los rebaños para hacer sus fechorías. Estos absolutismos, muchas veces en las actuales coyunturas nos ofrecen futuros paraísos que apartados de toda fe y toda creencia podríamos construir si nos allanamos a la imagen y semejanza de un único pensamiento imperante que a su vez también es enfrentado por un contra pensamiento único. Además detrás de estos conceptos y mecanismos se pueden escudar con gran facilidad, los proclamados salvadores supremos que se nos presentan como los únicos a quienes deberíamos seguir dejando a un lado las respectivas identidades con que hemos sido traídos a este mundo, para contrariamente con nuestra naturaleza procedente de Dios, fundirnos en un todo único amorfo dentro del cual siempre seremos dependientes de un poder temporal al que constantemente tendríamos que estar agradeciéndole que nos permita vivir.
Esta es una de las mayores aberraciones del mundo actual, de la cual Cuba tampoco es una excepción ni mucho menos. Actualmente vivimos tiempos en que por todas partes se predica y se pone en práctica una secularización extrema de las sociedades en que estamos inmersos, dentro de las cuales se nos cosifica haciéndonos pasar desde la condición de sujetos con que fuimos concebidos por el Padre Creador a la de objetos dentro de una sociedad material que nos presenta un mundo de luces y colores, que puede uniformar nuestras alteridades respectivas y hacernos ciudadanos cada vez más egoístas y dependientes de los abalorios mundanos.
Ante esta situación carente de una verdadera espiritualidad de vida, en la que algunos triunfadores hacen gala de un individualismo feroz, cuando además se renuevan los llamados a la exclusión social de los emigrantes no solo de un país a otro, sino también incluso dentro de las propias regiones de un misma nación (unas más ricas y promisorias que otras), se alzan con su filo cortante las palabras de Jesús cuando le respondió a los escribas y fariseos que lo cuestionaban por comer y rodearse con publicanos, prostitutas, leprosos, samaritanos y pecadores en general, así como por trabajar y curar en el día sábado : “No he venido a llamar a conversión a los justos sino a pecadores” (Mateo 5,32 Biblia de Jerusalén). Esta no es la única vez en que Jesús plantea la universalidad de su gestión sobre la tierra. Es de destacar que precisamente cuando después de su resurrección, durante su encuentro final con sus discípulos antes de la ascensión a los cielos, entre sus últimas instrucciones les planteó un concepto muy preciso de reconocimiento a la diversidad de las naciones y les dijo: “Así está escrito: que el Cristo debía padecer y resucitar entre los muertos al tercer día y que se predicaría en su nombre la conversión para el perdón de los pecados a todas las naciones, empezando desde Jerusalén” (Lucas 24, 46-47. B.J.)
Dadas estas circunstancias, este proceder y estos llamamientos de Jesús, ningún seguidor suyo podría proclamarse realmente a favor de la exclusión, de la segregación ni del exclusivismo, porque quien es nuestro único y verdadero Maestro, se expresó y condujo durante toda su prédica y su vida terrenal partiendo del hecho de que si bien todos somos diferentes entre nosotros, también somos todos hermanos en definitiva.
Hasta la próxima carta.