Editorial de Vitral no. 83
Desde Cuba
La paz no es ausencia de guerra, tampoco es ausencia de conflictos. La guerra es la reacción violenta a los conflictos propios de la vida cotidiana. La paz es la vida en armonía con uno mismo, con los demás y con Dios, superando los conflictos.
Jesucristo es el más grande artífice de la paz. Los Evangelios muestran como vivió sin huir ni enajenarse de los conflictos de la existencia humana en todas sus dimensiones. Él no optó por la violencia, aunque echara a los mercaderes del templo con un látigo, Él siempre dejó la puerta abierta al que hacía daño a los demás, aunque le dijera a los fariseos “raza de víboras”, tampoco agredió a nadie, aunque dijera de Herodes que era un zorro y dejara claro que el César no era Dios. Cristo no dejó nunca de decir la Verdad y actuar en consecuencia, aunque esto fuera fuente de conflictos, porque el problema no está en el conflicto, sino en la forma en que se afronta. La Biblia tiene muchos ejemplos de ello: la serpiente tentadora del Génesis es parte del paraíso de la creación, el trigo y la cizaña de la parábola del Evangelio deben crecer juntos hasta el momento de la cosecha, Cristo no pide al padre que saque a sus discípulos del mundo sino que los libre del mal, y luego los envía a este mundo lleno de conflictos, a anunciar la paz y la realización plena del hombre y la mujer. Jesucristo enseñó a poner la otra mejilla, a perdonar al que te agrede y a amar al enemigo, al tiempo que advirtió que su mensaje sería fuente de conflictos.
Así, quién intenta vivir en armonía y afrontar los conflictos al estilo de Jesucristo puede considerarse dichoso, y podrá llamarse hijo de Dios a la manera en que Cristo lo es. Por eso vale la pena hacerse conciente de los conflictos en que vivimos y tener hacia éstos la actitud de los que trabajan por la paz, es decir, el empeño por identificarlos y resolverlos sin el recurso de la violencia. En ese sentido, aunque en Cuba no haya guerra como en otras partes del mundo, la construcción de la paz es una tarea imprescindible.
El primer lugar para la construcción de la paz es la conciencia de las personas, ahí están presentes los conflictos que luego se manifiestan en la familia y en el resto de la sociedad. La raíz de dichos conflictos es el pecado, que significa la ruptura con las personas y con Dios. Cuando dichos conflictos son superados la conciencia está en paz y entonces los esfuerzos de las personas se dirigen hacia la creación de belleza, riqueza y bien. Para que la conciencia esté en paz es necesario, entre otras cosas, andar en la verdad, manifestando coherencia entre lo que se piensa, se dice y se hace. Pero esta prerrogativa es difícil de cumplir cuando no se reconocen suficientemente derechos y libertades fundamentales como los de expresión o asociación, o cuando la persona no encuentra en el trabajo honrado la satisfacción de sus necesidades. Las personas que tienen que manifestarse de manera contraria a lo que piensan o creen justo se fracturan interiormente, generándose en ellas conflictos que luego tienen sus consecuencias en el trato con los demás. Cuando además dichas situaciones de injusticia no pueden ser denunciadas y cambiadas pacíficamente, se generan conflictos latentes, que aunque no se manifiesten, están presentes y un día pueden estallar. Sin embargo, aun en condiciones adversas, las personas pueden optar por vivir en la verdad, y actuar de acuerdo a su conciencia, aunque esto las pueda convertir en víctimas de la represión y la intolerancia, en este caso dicha persona es también acusada de conflictiva, cuando en realidad no ha hecho otra cosa que intentar construir la paz desde su punto de partida, el santuario de la conciencia. En Cuba hay un largo camino a recorrer en este sentido.
La tolerancia es otro atributo de la persona que resulta imprescindible, la misma implica el respeto al otro, con el cual hay que convivir y trabajar, aunque piense y actúe diferente. Cada persona es un mundo, pero dentro de ese mundo debe haber lugar para todos, y debe existir la certeza de que nadie tiene la última palabra sobre nada, solo Dios la tiene. La tolerancia nace del respeto al otro, que tiene su fundamento último en la certeza de que todo hombre es mi hermano porque ambos somos hijos del mismo Padre. Los cubanos tenemos que aprender a discutir sin agredirnos, a intercambiar criterios escuchando al otro y dejándonos cuestionar por él; tenemos que aprender a intercambiar libremente las ideas sin tratar de convencer a toda costa al interlocutor y, sobre todo, tenemos que a prender a decir lo que se piensa con claridad y sin miedo de lo que el otro pueda interpretar. Muchos también tenemos que aprender a no usar la violencia como forma de descargar nuestras tensiones cotidianas, las cuales encuentran cada vez más falso refugio en el alcohol o las drogas, que son fuente de conflictos.
La familia es la primera escuela de convivencia pacífica, es donde primero se aprende a tener criterio propio y manifestarlo, a aceptar lo diferente, a discutir y ponerse de acuerdo y a obedecer la autoridad. Pero para ello la autoridad de los padres debe legitimarse con el testimonio del respeto entre sí y a los hijos, así como con el peso de las buenas razones, los principios y valores irrenunciables, la experiencia compartida y el error reconocido. Pocas cosas enseñan más a los hijos sobre las herramientas de la paz que el hecho de ver que en una discusión su padre reconoce sus errores y rectifica su conducta, al tiempo que no renuncia nunca a los valores que cultiva. Mucho se aprende de la tolerancia de las diferencias y el diálogo continuo en la familia. ¡Cómo tenemos que aprender en esto los cubanos! ¡Cuántas rupturas familiares se han producido por infidelidad, violencia física o verbal, por razones ideológicas de todos los signos, por machismo o indolencia ante los problemas del otro! La familia necesita también condiciones sociales adecuadas que cuando no están presentes, son generadoras de conflictos y rupturas, como por ejemplo la dificultad de conseguir dignamente el sustento, que obliga a los padres a quitar tiempo de la atención a los hijos para dedicarse a segundos o terceros trabajos, incluido el marcharse a otros países a trabajar. La posibilidad de que los matrimonios jóvenes puedan conseguir su propia vivienda, o tengan la posibilidad de escoger el tipo de educación para sus hijos son otras de las condiciones que la sociedad debe garantizar a la familia. Más allá de la falta de condiciones, las familias deben cultivar su unidad y sus valores para que la convivencia en la paz del hogar sea prenda para la convivencia pacífica y el progreso de la sociedad.
El estilo de convivencia de las personas y las familias se manifiesta en primer lugar en la sociedad civil, la cual, si es sana, entonces se forma por asociaciones autónomas, interdependientes y articuladas, y no por grupos que pelean unos contra otros. La asociación libre y responsable bajo un adecuado marco jurídico, es una garantía para la paz y la prosperidad, porque los ciudadanos podrán resolver la mayoría de sus necesidades y sus conflictos mediante la autogestión.
El Estado tiene una gran responsabilidad en el trabajo por la paz. Por un lado le toca desarrollar un marco jurídico que garantice libertades y derechos fundamentales, así como los justos límites a éstos, para que la diversidad de personas y grupos de la sociedad encuentren lugar para desarrollarse. Por otro lado, debe cuidar el orden público en virtud de dicho marco jurídico. Sin embargo, la mayor garantía para la paz en la sociedad no está en lo adecuado del marco jurídico o lo sofisticado y eficiente que pueda ser el aparato policial, sino en los ciudadanos y sus costumbres. Si estos últimos son pacíficos entonces no serán necesarios ni muchas leyes ni muchos policías, así sucede en las sociedades más pacíficas del mundo. Si el Estado centra su gestión y sus leyes en las personas y su socialización, entonces su gestión tendrá éxito. En ese sentido es importante procurar que los instrumentos de castigo y rehabilitación de quien comete delito, sean respetuosos de la dignidad humana.
La diversidad de criterios, de formas de pensar y de actuar son una riqueza para la sociedad y ésta debe explotarse por la vía de los consensos y el respeto a las libertades, y no reprimirse mediante la exclusión y el combate, porque éstas son formas de violencia. Cuando la sociedad en sus leyes y su convivencia cotidiana asume este principio, entonces se convierte en pluralista y la violencia no tendrá uno de sus caldos de cultivo fundamentales. Ciertamente la paz puede mantenerse sin el pluralismo, si se mantiene un férreo control sobre toda la sociedad, ignorando o reprimiendo conflictos latentes. Sin embargo esto constituye un gran peligro, de la misma manera que lo es construir una casa sobre un volcán dormido, porque dicho control absoluto es muchas veces incompatible con el progreso y la justicia, y por tanto no puede sostenerse. Cuando éste cambie a formas más adecuadas, los conflictos latentes pueden estallar, a menos que en ese momento también se trabaje en eliminar las causas que los alimentan.
A veces el uso la violencia es inevitable, en la defensa propia o de los demás, cuando los instrumentos de la paz y la concertación se hacen inviables ante personas, grupos o Estados que se empeñan en agredir y violar la dignidad de otros. En ese sentido, a veces la guerra es inevitable. Por eso la Iglesia propone la doctrina de la guerra justa que implica, además de lo antes dicho, que las partes contendientes tengan igualdad de poder ofensivo, se respete la vida de los civiles, y tenga corta duración, entre otras características. No obstante la Iglesia nunca abandona la propuesta de diálogo y de solución pacífica de conflictos, aun bajo las bombas.
La Iglesia debe ser signo de convivencia pacífica y escuela de tolerancia y pluralidad. El Evangelio que está llamada a anunciar es su principal instrumento. Dentro de la Iglesia los conflictos son inevitables como lo es en cualquier organización formada por personas. También son inevitables los conflictos que se generan entre ésta y el resto de la sociedad debido al anuncio del Evangelio, que cuestiona y transforma toda persona, grupo o estructura social en el sentido de la libertad plena que Cristo practicó. Para la Iglesia es un reto asumir dichos conflictos ¿cómo ser signo de paz y comunión sin dejar de defender al pobre y al que sufre? ¿cómo anunciar la paz y la tolerancia al tiempo que se denuncia la injusticia y el pecado? Estas preguntas están siempre vigentes, especialmente en las condiciones actuales de nuestro país. De las respuestas que vayamos dando depende en gran medida la eficacia del anuncio del Evangelio.
Los cubanos somos por naturaleza trabajadores, pacíficos y religiosos, eso constituye un gran adelanto para nuestra convivencia. ¡Cultivemos pues esas virtudes! Sobre todo siguiendo el ejemplo de Cristo, entonces, podremos llamarnos dichosos.
*Dichosos los que trabajan por la paz, porque Dios los llamará hijos suyos (Mt 5, 9)