Félix Sautié Mederos
Vitral No. 84 www.vitral.org
Estimado lector de Vitral, la adversidad que se contrapone a lo específicamente humano que nos acerca a nuestro Padre Creador y la correspondiente falta de espiritualidad que se genera como consecuencia del mundo agitado y materialista que nos invade por todas partes, ha creado una conciencia tal de indefensión social en los seres humanos de todo el mundo que nos ha tocado vivir, que nos induce a la desconfianza así como a la duda permanente generada por un miedo sutil y extensivo en relación con lo que desconocemos y nos resulta novedoso.
Esta situación determina que ante cada nueva persona que se nos acerca, en muchas ocasiones, nos sentimos compelidos a la prevención de verla como a un posible enemigo en vez de tratarla como a un posible amigo.
Esta duda y desconfianza permanente en los demás, poco a poco se ha ido convirtiendo en una impronta que nos impregna a todos, incluyendo a aquellos que se previenen de la contaminación y de los daños que pudieran provocarle el encuentro y el relacionarse con esa persona. Poco a poco y desde tiempos inmemoriales estas prevenciones se han ido acentuando en las personas. Ese dicho popular que dice: “dime con quien andas y te diré quien eres”, además de su contenido positivo del cual no vendría al caso hablar en esta oportunidad, ha contribuido también, indirectamente, a la formación de una sociedad de prevenciones en donde vemos lobos por todas partes y en la que todos llegamos a recelar de todos.
Debo reconocer en este orden de pensamiento, que para que estas situaciones sean así, existen razones objetivas y hechos concretos que por lo dañinos de sus efectos sobre las personas de buena voluntad, dan base subjetiva y objetiva para las preocupaciones encaminadas a prevenirse de las malas compañía sobre todo en relación con los niños, jóvenes y demás personas que dependen de nosotros. En esto pienso que el problema es un asunto de balance y de encontrar el justo medio, que por demás para nosotros, los cubanos, por idiosincrasia e historia deviene algo complicado y difícil. Recordemos esa expresión del Generalísimo Máximo Gómez que dice que: “los cubanos o no llegan o se pasan”.
Bueno, y en estas circunstancias que les planteo me pregunto yo: ¿Cómo pudiera haber sido la vida de Jesús sobre la tierra, si como persona de buena voluntad se hubiera imbuido de estas ideas que a muchos nos parecen muy justas y preventivas? Se imaginan ustedes a Jesús rechazando a los publicanos, los cobradores de impuestos, las prostitutas, los pescadores, los cojos, los ciegos, los leprosos y todos los que en esa época de acuerdo con la tradición, la historia, las costumbres y las ideas que daban base a la Moral de entonces, eran excluidos del contacto social. A la luz del Jesús histórico y todo lo que se ha predicado por él en su momento y por quienes lo han sucedido desde entonces hasta nuestros días, ¿hubiera podido cumplir Jesús su misión terrenal como Hijo Unigénito de Dios y Dios verdadero él mismo, excluyendo de su acción redentora a los pecadores, a los despreciados e incluso a los malos?
Creo que este razonamiento debería hacernos pensar mucho sobre las actitudes que hoy asumimos en nombre de la moral y de las buenas costumbres en relación con las demás personas, así como de sus posibilidades subjetivas y objetivas de optar por el mal o, incluso, sobre la preocupación justa de que pudieran contaminarnos a nosotros y a quienes nos rodean con sus actitudes concretas.
En este sentido, quizás sería más propicio que tratáramos de cultivarnos profundamente en la virtud y sobre todo influir en la educación y formación de los niños, los jóvenes y las personas que nos rodean, para crear convicciones sólidas e inconmovibles que les permita enfrentarse por sí mismos a cualquier adversidad en la vida.
Para esto el trabajo sobre la conciencia, aunque es de más largo plazo y mayor dedicación, resulta ser, verdaderamente, más seguro y más efectivo, que las prohibiciones, los miedos y las prevenciones sobre el qué dirán.
Si todos lográramos afincarnos en la virtud individual y fuéramos más receptivos y abiertos hacia los demás viendo siempre al nuevo, al forastero, al desfavorecido e incluso a quien demuestra actitudes de haber optado por el mal, como a un posible amigo que acogemos y tratamos de ayudar, considero que podríamos alcanzar verdaderos logros en la paz, la tranquilidad y la estabilidad de la sociedad en que vivimos. La vida e incluso la atención con afecto y comprensión a los que han delinquido siempre nos han demostrado que aunque más riesgoso, complicado y difícil puede ser en la generalidad de los casos más efectivo. San Pablo en su Carta primera a los Corintios nos lo señala: “La caridad es paciente, es amable; la caridad no es envidiosa, no es jactanciosa, no se engríe, es decorosa; no busca su interés; no se irrita; no toma en cuenta el mal; no se alegra con la injusticia; se alegra con la verdad. Todo lo excusa. Todo lo cree. Todo lo espera. Todo lo soporta.” (1Cor., 13, 4 al 7 .B.J.)