viernes, 02 de mayo de 2008
Año XIV. no. 84 marzo - abril de 2008

Editorial de Vitral. No. 84
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Cada año los cristianos celebramos los misterios centrales de nuestra fe, en lo que es conocido como la Semana Santa y que tiene su punto culminante en la resurrección de Cristo.
Es todo un camino que comienza con la Cuaresma que nos conduce hacia aquel que es la fuente de la misericordia y que dirige su mirada a las multitudes hambrientas de alegría, paz y amor, sobre todo en los tiempos actuales donde la desolación, el desamparo, la violencia y la falta de una alimentación apropiada se enseñorean en tantas personas y de lo cual nuestra sociedad cubana no es ajena.
Durante esta Semana Santa, muchas personas, han visitado nuestros templos para participar en las celebraciones litúrgicas, otros han venido a buscar el guano bendito como un amuleto para ponerlo detrás de la puerta de sus casas, sin entender claramente el significado de lo que los cristianos celebramos y mucho menos el verdadero sentido de la religión y su relación con la vida del ser humano.
Esto desde hace muchos siglos es un polémico asunto que aún mantiene su vigencia: la relación entre Dios y el hombre, entre la fe y la vida.
A la forma de relacionarse el ser humano con Dios, se le llama religión, que viene de la palabra “religar”, es decir, estrechar vínculos, hacer y rehacer relaciones. Hay muchas formas de vivir la religión, por eso, muchos se hacen la pregunta ¿Hasta dónde puede llegar la religión en la vida de una persona o en la sociedad?.
Ante este cuestionamiento, algunas personas ven a Dios sentado en lo alto del Olimpo, sin interesarse en la vida de los hombres, es decir, un Dios lejano y desentendido de la vida cotidiana. Hay otros que creen que Dios es un gran castigador y un insomne vigilante que persigue al hombre para cobrarle todas sus maldades e injusticias, es decir, un Dios implacable, el eterno rival de la persona humana, que cela los triunfos humanos y no desea que la persona sea feliz.
Muchas otras personas reducen la religión al culto que le debemos a Dios, a las promesas y oraciones, es decir, una creencia para buscar una paz lejos de la realidad y recetas para una moral individualista, sin ningún compromiso interpersonal y social y sí con una gran carga de enajenación.
En la persona de Jesús se une lo humano y lo divino, la fe y la vida cotidiana de las personas. Tan es así que no podemos separar en la vida de Cristo lo religioso de lo civil. Es la misma persona que reza al Padre en el huerto de los olivos, la que enseña en la sinagoga y a sus discípulos a través de las parábolas, que tiene un oficio de carpintero, que pesca en el lago de Galilea y que dialoga con una mujer pecadora junto al pozo.
La verdadera religión, es la que tiene su fundamento, en un acontecimiento radicalmente nuevo en la historia de las religiones, la encarnación, es decir, Dios baja a la tierra y se hace hombre en las entrañas de una mujer sencilla y humilde de pueblo y se sacrifica por todas las personas.
Muchas personas de buena voluntad, incluso también muchos católicos pretenden identificar lo religioso con las prácticas rituales, con las oraciones, con las ceremonias dentro o fuera del templo, con las procesiones o con las obras de caridad de la Iglesia que ayudan a resolver problemas materiales o humanitarios.
Todo esto forma parte de la misión religiosa de la Iglesia, pero no la agota. La esencia de la religión cristiana ha sido resumida por el recordado Juan Pablo II en su primera encíclica Redemtor Hominis: “El hombre es el primer camino de la Iglesia”.
Por ello, la Iglesia, especialmente a través de los laicos, inspirados en el evangelio y en la Doctrina Social de la Iglesia pueden y deben penetrar todos los ambientes de la sociedad, no para confundirse con ellos, sino para potenciar todo lo bueno presente en esos ambientes y denunciar todo aquello que va en contra de la dignidad de la persona humana y anunciar con las palabras, la obra y la vida el Reino de justicia, de amor, de verdad y de paz que Jesucristo vino a inaugurar en el corazón de cada persona y de cada nación.
En la liturgia del jueves santo, Jesús nos dejó un mandamiento nuevo “Ámense unos a otros como yo los he amado”, y les lavó los pies a sus discípulos; aquí está la clave para una auténtica coherencia entre fe y vida: amor y servicio.
Cuando el amor y el servicio se convierten en la finalidad de vida, entonces se puede vivir en una familia donde cesen los insultos y la violencia, y se viva en un ambiente de diálogo, comprensión y corresponsabilidad y serán menos los hijos que lloren por el divorcio de sus padres.
Cuando el amor y el servicio se convierten en la finalidad de la vida, entonces se puede vivir en una sociedad donde los que dirigen buscan el bien común y no su bienestar personal, donde la justicia está respaldada por un cuerpo jurídico que respeta la dignidad de la persona por encima de toda institución y donde la corrupción no tiene posibilidad de existir.
Cuando el amor y el servicio se convierten en la finalidad de la vida, entonces se construye una sociedad desde la fraternidad y la solidaridad, donde se destierra todo individualismo, y se tiene en cuenta a los más débiles y vulnerables.
Cuando el amor y el servicio se convierten en la finalidad de la vida, entonces cada cubano deja de pensar en resolver su problema y todos comenzamos a pensar en resolver el problema de Cuba.
En la noche del sábado santo, los cristianos celebramos: ¡ la Resurrección de Cristo! Es la noche de la Gloria, del Triunfo, de la Victoria de la vida sobre la muerte. Por eso en esa noche , encendemos el fuego y cantamos el aleluya.
Con ese canto decimos que creemos en un solo Dios, que no lo confundimos con los hombres o los ídolos. Jesucristo nos enseñó que el verdadero Dios:
· No niega a la persona humana sino que su verdadera gloria es el hombre viviente.
· No niega su libertad sino que creó al hombre tan libre que lo puede rechazar y de hecho lo rechaza cómo ocurrió desde el principio.
· No lo manipula con la mentira sino que lo invita a buscar la verdad.
· No lo condena por sus errores, sino que desde la comprensión lo rescata de su tendencia al mal.
· No le hace pensar que hay un fatalismo del destino, sino que lo invita a ser responsable, siendo protagonista de su propia historia.
Al cantar el Aleluya decimos que creemos en un Dios vivo, por tanto, creemos en el carácter sagrado y prioritario de la vida de cada persona.
Somos portadores de una cultura de la vida que respeta todo ser viviente, eso significa que su integridad física, su personalidad moral y su participación cívica no pueden ser violadas, ni manipuladas, ni disminuidas, por ninguna persona, estructura o institución social, política, económica o religiosa.
Somos portadores de una cultura de la vida que nos hace aceptar y defender que la vida humana tiene un valor absoluto, prioritario y universal. Su carácter absoluto significa que todo lo demás se debe relativizar ante la preservación y el desarrollo de la vida humana. Su carácter prioritario significa que los intereses políticos, el desarrollo económico, el cumplimiento de las creencias religiosas, la opinión pública y los conflictos entre personas, familias y estados deben detenerse ante el carácter sagrado de la vida humana. Y su carácter universal significa que no hay sistema político y económico que pueda ser ajeno al valor sagrado de la vida.
Nada más lejos del espíritu de la Iglesia fundada por Cristo que la separación entre la fe y la vida, entre la religión y los asuntos temporales. Una alta enseñanza de la Iglesia Católica, la Constitución pastoral Gaudium et Spes dice:
“Los gozos y la esperanza, las tristezas y las angustias de los hombres de hoy, sobre todo de los pobres y toda clase de afligidos, son también los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los discípulos de Cristo, y nada hay verdaderamente humano que no tenga resonancia en su corazón” .

Pinar del Río, 23 de Marzo del 2008
Día de la Resurrección de Cristo
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