miércoles, 16 de julio de 2008

por Mons. José Sarduy Marrero, Camagüey


Si quisiera precisar mi reacción ante el escrito firmado por Gabriel García Márquez y publicado nuevamente en el periódico Granma del 28 de diciembre pasado no podría concretarla. Por una parte, me siento identificado con algunas de las observaciones del famoso novelista que, con el título de “Estas navidades siniestras”, hace acerca de la fiesta cristiana de la Navidad; por otra considero que la visión del autor carece de la transparencia, de la valoración que corresponde efectivamente a la realidad que se celebra y que su opinión, respetable como cualquiera otra, peca de parcial en muchos aspectos.

Está claro que las críticas no van dirigidas explícitamente a la esencia religiosa de la fiesta, pero me parece que olvida Gabriel —nombre bíblico que significa “hombre de Dios”, muy ligado al acontecimiento que celebramos— que más allá de las apariencias y del consumismo hay realidades de fe y humanos que no podemos olvidar.

Haciendo un paréntesis —en esta mi opinión— creo que podemos hacer críticas semejantes al Día de las Madres con sus postales y regalos, a las costosas fiestas de 15 años y de bodas, y si se quiere a las bóvedas funerarias y a las coronas mortuorias. Pero tras el jolgorio, las apariencias, el despilfarro y el consumismo —pienso en las numerosas y caras fotos de 15 con la jovencita escasa de ropa en una bañera, o en el Palacio de los Matrimonios de nuestra ciudad, las borracheras y las “broncas”— podemos encontrar la manera, posiblemente censurable, con que los seres humanos celebramos una ocasión feliz o por lo menos significativa, y que se expresa en nuestro argot popular con una frase peligrosa: “Eso merece un trago”, pero que tiene el sentido de brindar por algo que reconocemos como don o gracia.

Además de los parpadeantes bombillos de colores y el lechón asado, entre nosotros la Navidad es ocasión para que muchos se encuentren, se olviden viejas rencillas, y contemplando el arbolito multicolor o el Belén de anacrónicas figurillas se sienta el deseo de ser mejor y crezca la esperanza de un mundo de paz.

Gracias, hermano Gabriel, por señalar cosas desproporcionadas y advertir el peligro de la globalización de la cultura, pero no olvide que además del Santa Claus norteamericano, la Navidad se vuelve siniestra para los pueblos sometidos a la guerra y divididos por odios inútiles, para los niños abortados o hambrientos, para los presos injustamente encarcelados por pensar diferente, para los enfermos de los hospitales y los ancianos solitarios, en fin, lo que realmente afea y pervierte la Navidad no son los villancicos ingenuos nacidos del pueblo sencillo, no los ¬¬¬¬¬¬¬¬¬círculos de los aristócratas de la cultura, sino el sufrimiento de quienes como el niño de Belén, el Hijo de Dios, se vio obligado a nacer en un apestoso establo para dignificar la pobreza de aquellos que los hombres injustos fabrican.

En fin, quisiera pedirle ante su reflexión tan pesimista y parcial, que recuerde que muchas veces y en muchos lugares que usted conoce no se permite anunciar en los medios de comunicación masiva la verdad que celebramos, pero sí el ron en abundancia, el lechón o el pavo, y los bombillos y campanillas de colores…




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