miércoles, 16 de julio de 2008
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Gracias a ustedes por haber venido a esta conferencia de prensa en esta mañana.

Con un corazón agradecido y lleno de profunda humildad es que yo me presento ante ustedes en este día, cuando he sido nombrado por nuestro Santo Padre Benedicto XVI, obispo auxiliar de usted, Arzobispo John Joseph Myers.

A nuestro Santo Padre, yo expreso mi gratitud más profunda.

Y con usted, señor arzobispo, me siento profundamente conmovido por su confianza, y le agradezco su apoyo incondicional. Por sus años aquí en esta Arquidiócesis de Newark, donde usted me ha confiado varios proyectos importantes, siempre con una preocupación profunda por la justicia, por nuestros sacerdotes, y por las personas a las cuales hemos sido llamados a servir. Usted sabe que tiene mi obediencia. Yo he sido honrado al ser su representante ante las personas de esta arquidiócesis.

Estoy muy contento al ver al Arzobispo Gerety. Fue él quien me ordenó al sacerdocio en 1980, y quien, en 1985, ungió a mi moribunda madre. Como usted dijo, Arzobispo Gerety, en la mañana de mi ordenación: “Hoy, por primera vez, nosotros ordenamos a un refugiado cubano al sacerdocio para el servicio de la Arquidiócesis de Newark”.

Obispo Arias1, con su ayuda y oraciones continuaré su legado de servicio a la comunidad hispana de nuestra Arquidiócesis.

A los obispos de New Jersey, mis hermanos sacerdotes, religiosas/os y novicios, familia extendida y amigos, gracias por haber venido.

Aunque he pasado más años en Norteamérica que en mi tierra natal de Cuba, en mi corazón, me siento agradecido por ser un cubano, y por ser conocido como un cubano refugiado (en el exterior de Cuba). Por esta experiencia, aprendí que todo es un regalo, un regalo que viene de las manos amantes de Dios.

Por la Divina Providencia me siento profundamente conmovido porque, en esta audiencia de hoy, aquí está presente una Hija de la Caridad de San Vicente de Paúl2, que está visitándome para una asistencia médica, y quien me conoció cuando yo era un niño en Cuba. En ese tiempo ella era una novicia, y por más de 30 años, ella ha sido la cocinera de ese hogar de ancianas donde yo ayudaba a los sacerdotes cuando administraban la Sagrada Comunión a los enfermos del hospital.

Era esta comunidad religiosa, la que me alimentaba todos los días antes de irme a la escuela. Su superiora era Sor Mónica Cabodevilla, quien me enseñó en mi niñez y adolescencia; ella me preparó para el sacramento de la Sagrada Comunión en la farmacia de ese hogar. Sólo después de adulto, he venido a apreciar los muchos sacrificios que esta comunidad soportó para ser testigo del Evangelio sirviendo a los pobres en Cuba.

Mis maravillosos padres y yo vivimos en la comunidad cubana de Union City. Es bueno recordar que hace cuarenta años, su población parecía ser ciento por ciento cubana.

Mis padres siempre agradecieron que ellos pudieran encontrar trabajo en las fábricas, para ayudar a nuestra familia, que había quedado en Cuba. El edificio en donde yo crecí se volvió una familia maravillosa. Cuando voy a Union City es, para mí, volver a mi casa.

Cuando fui al seminario menor, mis formadores y compañeros de clase dedicaron su tiempo y esfuerzo para ayudarme a aprender inglés. Yo creo de verdad que no he recibido ningún apoyo y estímulo mayores que los que recibí de esos hombres jóvenes que, junto conmigo, fueron ordenados sacerdotes hace tantos años atrás.

De aquellos días, aún resuenan dentro de mí las palabras de la homilía de mi director espiritual: “Si quieres que tu fe sea fuerte, si quieres ver la cara de Cristo, no tengas miedo en hacer lo que hizo Tomás: toca el corazón herido de Jesús, en el dolor y sufrimiento de otros”.

Durante los últimos doce años he sido bendecido para ejercer mi ministerio como un sacerdote que trabaja con el enfermo, el moribundo y el que no tiene hogar. Es un privilegio estar con ellos. Yo he visto la cara de Cristo en ellos.

Me gustaría concluir con estas palabras:

Durante mi niñez (adolescencia) en Cuba, pude ser testigo de la comunidad de Hermanas que se reunían en la iglesia para rezar a las tres en punto. A esa hora ellas se arrodillaban y tomaban en sus manos un crucifijo. Y la oración comenzaba así: “Yo te adoro, mi Divino Salvador Jesucristo, por haberme rescatado”.

Por favor, oren por mí para que yo viva muy unido a la Cruz de Cristo. ¡Oren para que, en mi nuevo ministerio como obispo auxiliar, yo continúe proclamando y enseñando, con mi ejemplo, el amor de Cristo Crucificado, y que Él nos llama a eso!

Gracias.

Notas:

1. El Obispo Arias (agustino español) ha sido obispo auxiliar de Newark, encargado de la pastoral hispana, quien renunció por haber arribado a los 75 años.

2. Se refiere a Sor Milagros Quesada, quien se encuentra de visita familiar y reconocimiento médico en los Estados Unidos, y forma parte de la comunidad de Hijas de la Caridad que atienden el Hogar de Ancianas “San Francisco de Paula”, en La Habana.

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